A Daniel G. Verzoletto
Daniel Berzolo acababa de estar en una contienda. Se enfrentaba a un poeta, en un bar iluminado con luces de neón con forma de araña. (Tú, la araña del amor, delicada criatura de luminosa belleza, ya sé que no hilas tu tela para atraparme y comerme).
Ambos amaban a la misma mujer. Te reto aquí y ahora a hacer una lectura, dijo el poeta.
Por qué, dijo Daniel Berzolo, que comía golosinas y vodka (White Russian).
Porque ambos amamos a la misma mujer, dijo el poeta. Esa mujer que se movía entre los sillones de cuero con una taza de café en los ojos, la misma que días antes dijo que estaba tan cansada del mundo, y enfadada, y que se había comprado un nuevo vestuario de ropa ancha y había celebrado el funeral de su piel. Nunca más me pondré morena, dijo un día por la calle y bajo el sol.
El que mejor lo haga tendrá el derecho de conquistarla, dijo el poeta, amanerado, en cuyo movimiento de dedos se resumía la teoría general de la gravitación universal. Porque caían y subían, y se tocaban la solapa o arreglaban la camisa, y después giraban las páginas de los libros como barcos sobre un mar revuelto.
¿El que mejor haga el qué?, dijo Daniel Berzolo.
La lectura poética.
Pero el escritor siguió mirando al frente. El desorden de las botellas alcohólicas en la estantería. La caja registradora que se habría y cerraba.
¿Te gusta mucho esa mujer?, dijo el escritor, el señor Berzolo, imitador de Roberto Bolaño.
¿Ella?
Sí.
La amo.
Berzolo apuró su white russian. Le gustaba apoyar el codo en la barra y arquear su cuerpo, o bien girar en el taburete hasta marearse.
Pues quédatela, dijo al final, y pagó la cuenta y salió del bar.
(Quédatela, haz con ella lo que quieras. Móntate en la montaña rusa y espera con fervor los loops, porque esa será la única oportunidad de ver sus pechos. O bien invítala al cine. Los poetas os movéis con soltura en las últimas filas).
Berzolo caminó por la calle hasta llegar a su casa. En el portal había un cartel.
Atención: vecino del 4A ha perdido un libro. Si alguien lo encontrara, se lo agradeceríamos mucho. Es El Alquimista, de Paulo Coelho.
¿Cómo se pierden los libros en los rellanos de los condominios? ¿Por qué Paulo Coelho es tan mal escritor? ¿Tengo hambre? Esas cosas se preguntaba Berzolo mientras entraba en su casa. En la ducha su compañero de piso se magreaba con una mujer gorda. Todos volvemos a nacer de las cenizas, aunque sea en los prostíbulos, aunque sea comprando salsa de tomate en el supermercado. Tarde o temprano ocurre. Berzolo puso agua a hervir y entró en su habitación y cogió un libro de Féliz de Azúa.
En el juego de puertas que hoy se me han ido abriendo (sin que en ningún caso me franquearan entrada alguna), se insinúa una amenaza.
Preferiría no hacerlo, pensaba Berzolo ante todas las cosas. Por eso había abandonado a la chica del bar y por eso no había buscado el libro de Coelho extraviado en las escaleras. Toda amenaza era rechazada con un golpe de pluma. Pero Berzolo no escribía nada. Sólo cartas tristes a sus editores anunciando el pronto final de su vida. Su vida, eclipse violáceo, melodrama barato, una de esas existencias que sólo saben subestimar los paisajes.
El agua hervía. Se arrastró hacia la cocina. Su compañero de piso se movía por el pasillo en traje de baño y en las noticias la humanidad se inquietaba por la desaparición de los cadáveres en las fosas comunes.
Puso el arroz en la cazuela y entonces llamaron al timbre. Abre tú, que yo estoy ocupado, dijo el compañero de piso. La reina de Estambul le esperaba desnuda en la bañera con sus axilas exuberantes y ese perfume como de insecto o antena parabólica.
Berzolo abrió la puerta y allí apareció la camarera del bar.
¿Tú?
(¿Tan pronto me amas? ¿Tan insignificantes fueron las palabras del poeta que tuviste que huir, dejar el trabajo, perseguirme hasta alcanzarme? Lo que está quieto es fácil cogerlo. Fácil es remediar cuando aún no han aparecido los síntomas. Lo frágil fácilmente se rompe. Lo menudo fácilmente se dispersa). Porque lloraba.
Yo, dijo ella con su cara roja como los semáforos -y sin embargo dio un paso adelante y entró en la casa.
Me llamo Daniel Berzolo, dijo él y pasaron al salón. Ya lo sé, dijo ella. Soy Paula, idiota. Entre sollozos. Oh, pero no llores Paula, yo no recordaba o no sabía tu nombre; la tristeza que más duele es la que pasa.
Pero Berzolo no dijo nada de eso.
Paula tenía una boca grande de tanto hablar en el bar o de tanto chupar la polla de los poetas de barrio. Y era delgada y tenía una camiseta de lunares y una diadema rosa en la cabeza.
Y lloraba.
Mira, dijo Paula, es que he perdido a mi gato.
¿Cómo que has perdido a tu gato?, dijo Berzolo.
¿No lo habéis visto por aquí? ¡Se ha escapado!
Pero Berzolo no lo había visto. Así que no se trataba de amor. Artemis, sabrás tú que en el bosque no todo lo que hay se puede cazar.
No lo hemos visto, lo siento. Y Paula se levantó y atravesó el salón y salió. Pues si lo véis, llevádmelo vivo.
¿Vives en el 4A?
Pues claro, ¿no te acuerdas?
De qué. (pues yo muero en el 6B, me cruzo las muñecas con cuchillos por la noche; sin embargo no sale sangre, brota esperma de mis dedos).
Berzolo se quedó solo. Desde la ventana de su habitación vio a Paula merodeando por el jardín con el cadáver de un yogurt en las manos, y buscando entre los arbustos los indicios de su gato. Si vivía en el 4A también era ella quién había perdido el libro de Coelho.
No sabíamos, Paula, que te gustaba la mala literatura.
Por la noche Berzolo leyó un texto de Robert Walser, y vio una fotografía del escritor tumbado en la nieve, con el sombrero sobre su cabeza, ligeramente ladeado. Su compañero de piso hacía el amor en la habitación contigua. La reina de Estambul combaba la cama hacia abajo y gemía estrechamente apegada a sus grasas. El mundo giraba. Pero nadie conocía su ruido.
Berzolo se despertó pronto, por la mañana. No desayunó. Bajó al bar. Allí estaba Paula, mercurial, llevando cafés de la barra a las mesas y regresando atrás con dinero, la muy puta. Un White Russian, dijo Berzolo, y se apoyó en la barra.
Te reto aquí y ahora a hacer una lectura, le dijo un poeta que acababa de entrar en el bar. Quién gane se quedará con la camarera. No era el mismo poeta. Era otro poeta. Por su manera de hablar probablemente escribía endecasílabos.
Puedes quedártela, dijo Berzolo, y apuró su White Russian y atravesó la ciudad arrastrándose hasta su casa. En el portal ya no había ningún cartel. Berzolo entró en casa y puso agua a hervir. Luego entró en su habitación y cogió un libro de Félix de Azúa.
Por el contrario, durante la juventud se deposita una fe africana en los libros; se leen con exaltación de monja salmantina, llegando incluso a la penitencia, inflingiéndose sublimes tratados sin comprender una palabra, por el mero ritual de haberlos deglutido.
Su compañero de piso estaba solo y vestido en el salón. Miraba la televisión y olvidaba su amor macilento y sudoroso. Berzolo puso el arroz en la cazuela y llamaron al timbre.
Oh, Paula, dijo Berzolo. Al final todo regresa y se repite. Has vuelto. ¿Está Matías?, preguntó ella. Se refería al compañero de piso de Berzolo. En el salón, dijo Berzolo (así que no vienes a por mí, será posible). Paula entró en el salón y saludó efusivamente a Matías. Se tocaban. Berzolo removía el arroz en la cocina. Luego entró en el salón y dijo
Paula.
Dime.
¿Encontraste a tu gato?
¡Sí! (y una mano se deslizaba bajo su camiseta de lunares).
¿Dónde estaba?, preguntó Berzolo.
Paula se rió. Cuando volví a casa estuve mirando por todos lados, y ¿sabes dónde lo encontré? (Matías le daba un beso en la mejilla, el cirujano se enfundaba los guantes y disponía el bisturí).
No.
¡Estaba dentro del cajón de mi escritorio!
Vale. dijo Berzolo, y se retiró a su habitación con su arroz.
Y mientras comía abrió el cajón de su escritorio y vio que allí seguía estando El Alquimista, de Paulo Coelho. Se encogió de hombros. Porque las horas pasaban sin descanso, el sol se movía hacia su zénit -pero eso es una ilusión, lo que se mueve es la tierra-. Cerró el cajón. En el misterio de su memoria se disipaba un recuerdo lejano de una vez en que estuvo en alguna parte y tocó algunas cosas, de una vez en que metió y sacó; era extraño ese líquido que manchaba las sábanas. Y soñaba con bajar cada día al bar y tomar White Russian, y comer arroz hervido y leer a Félix de Azúa. Pensaba morir de aquella manera, en medio de la nieve, con un sombrero ladeado en la cabeza. Robert Walser. Marcharse así, con el único conocimiento de lo que se ha leído. Porque total, lo vivido pa qué, si pasan dos semanas y uno ya ni se acuerda de lo que dijo; o si pasa un mes y lo que una vez fue amado ya no es más que una mancha de aceite en los dedos, un volcán frío, o la extraña eternidad imbécil de un poema.



18 Comentarios:
No sE si yo me sostengo por mI misma despuEs de leer esto. AngElica.(teclado inglEs, no hay tildes)
¿!Como has podido convertir una heroica escena de 15 segundos en este continuum de derrotas!?
No puedo hacer menos que indignarme y darte todas las gracias por esta Odisea dedicada.
Me gustaría decirte más, pero NUNCA en la vida había escrito tanto.
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En éste, Vic, no consigues con la ultima frase encumbrar todo lo demás. Mañana me invitas a un café y todo solucionado. Beso. Tu quimérico inquilino.
¿Por qué Lowry again? ¿Por qué cada vez que la veo la ataco? Leffebr! Leffebr!
Cada vez más alto y cada vez mejor. ¿ Y lo vivido pá qué? Esta historia me suena algo a antigua pero ahora, y no sé qué has hecho, me sabe mucho mejor.
Un beso!
C.
Muy bueno Víctor. Sublime por momentos.
Te leo siempre.
No te engañes.
No nos engañes.
Engaña.
B.
Siete comentarios ya son muchos. Es machista, todos los sabemos, los motivos dan igual.
"Porque total, lo vivido pa qué."
No añado ni ay.
"Paula tenía una boca grande de tanto hablar en el bar o de tanto chupar la polla de los poetas de barrio".
"Te reto aquí y ahora a hacer una lectura, le dijo un poeta que acababa de entrar en el bar. Quién gane se quedará con la camarera".
No sé, pero a lo mejor la mujer no es sólo un objeto para intercambiar. A lo mejor es que hay aquí un poco de misoginia.
Esto es literatura, considerar cuestiones como el machismo o la misoginia aquí me parece una equivocación. Pérdida de tiempo.
:-)
Preguntar la realidad sin intentar/ cambiarla,
eso es pasar por la vida sin/ romperla ni mancharla.
Chicho Sánchez Ferlosio.
Igual con la literatura, en mi opinión. Pero muy amable de tu parte la respuesta, Balcells.
En mi opinión, señor anónimo, me parece un error juzgar un texto literario según estos parámetros falsos de machismo, considerando además que el Señor Valcells juega mucho con personajes tanto masculinos y femeninos que se humillan y mutilan y burlan de todo. Igual que se pueden burlar de una piedra se pueden burlar de una chica, como es el caso. Creo que no hay que entrar en estos debates, si no a Henry Miller no le leería nadie. "... y la enana se pone muy acaramelada y al final muy celosa. Ha sido un día extenuante y camino de casa me tropiezo con la chupapollas de la hermana de unos amigos, que insiste llevarme a cenar."
Un Saludo ;-)
María de Miguel
Yo soy machista. Pero me gustan las mujeres enceradas y objeto. Pacto lícito. Líbido en mis manos hartas de pegar a mujeres. Destruyo hogares. Destruyo hogares. Tu madre no debió cogerme de la mano aquella tarde. Silencio.
Cervantes también era machista, pero creo que ni uno ni otro escribían en el año 2009. Balcells está usando un recurso literario, es evidente. Estoy de acuerdo en que la corrección política debe estar en otros foros, a pesar de que persisten discursos insultantemente misóginos a los que no vendría mal una revisión de género.
Por lo demás, enhorabuena por el blog.
Probablemente el cuento en sí lleva a pensar hacia cierto machismo y misoginia. Pero también creo que es un recurso literario. Hay un motivo por el cual el personaje habla de esta manera en algunos pasajes. Al final descubre en su cajón un libro que le une con esa mujer. Se entiende que hubo un pasado común entre ambos y que él habla desde una posición de odio y hastío (la repetición del día a día, el pretender haber olvidado y además una pequeña referencia al walser que quiere desaparecer en la nieve). Me parece un debate muy interesante. Encontrar los límites entre lo lícito y lo ilícito. El mismo texto esconde la imposibilidad de acusación contra el autor, porque hay algo detrás que justifica ese odio del narrador (que por lo general no corresponde con la realidad física del escritor).
Todos en algún momento hemos dicho "los hombres son unos hij..de..xx" o "las mujeres son unas chupa...", pero pocos convierten ese odio en violencia formal, por suerte.
Buen texto (yo sí quitaría lo de "chupapollas", pondría algo un poco más suave, le daría más fuerza a la revelación final)
ahora actualiza el blog!
La lección moral, política o religiosa que del símbolo se extrae es siempre función de la interpretación, no de la obra misma. Esta es en su espléndido aislamiento (dar sentido al mundo deja fuera de lugar toda ex-portación; no hay "exterior") absolutamente amoral (no inmoral).
Félix Duque. "La Fresca Ruina de a Tierra".
Después de las palabras de Félix Duque en gentil cita de rhinslumber me permito decir "me permito traer aquí" para traer aquí unas palabras de Borges:
"Quienes dicen que el arte no debe propagar doctrinas, suelen referirse a doctrinas contrarias a las suyas.
(...)
Mientras un autor se limita a referir sucesos o a trazar los tenues desvíos de una conciencia, podemos suponerlo omnisciente, podemos confundirlo con el universo o con Dios; en cuanto se rebaja a razonar, lo sabemos falible. La realidad procede por hechos, no por razonamientos; a Dios le toleramos que afirme (Éxodo, 3, 14) Soy El Que Soy, no que declare y analice, como Hegel o Anselmo, el argumentun ontologicum. Dios no debe teologizar; el escritor no debe invalidar con razones humanas la momentánea fe que exige de nosotros el arte. Hay otro motivo, el autor que muestra aversión a un personaje parece no acabar de entenderlo, parece confesar que éste no es inevitable para él. Desconfiamos de su inteligencia, como desconfiaríamos de la inteligencia de un Dios que mantuviera cielos e infiernos...".
Es un fragmento de "El primer Wells" (en "Otras inquisiciones").
qué buenos recuerdos me trae este texto...
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