Que te voy a perder, ya lo sé. Y no estoy hablando contigo, hablo con mi cerveza, en el recreo de la escuela, claro, con dieciséis años, apenas eso, he engañado al personal del bar, fantaseo un poco con la idea de ser novelista. Pero antes prefiero ser imbécil, parecerlo, ir por la vida en los autobuses públicos hasta el barrio del Carmel para visitar a mi madre, a la cual quiero mucho, pero no lo suficiente. Pretendo ingresar en un sanatorio cuanto antes, es posible que tenga tuberculosis. Es posible también que sea tonto. El otro día me interrogaron en clase de latín. Traduje Troya por puta. Porque claro, oh, grandes hijos de Troya, eso en italiano significa oh, grandes hijos de puta, y yo lo sentía así, tampoco era para ofender a homero, ni a mi profesor, que me puso un cero, y mucho menos a mis compañeros de clase. Pero es que ella era una puta, aquella a la que amaba, entonces, y que salía con un tío cuyo apellido era Maccarrone, cosa insólita, desde luego; así que en la interrogación me vencieron las emociones y tuve que traducir Oh, grandes hijos de puta, mirándola fijamente a los ojos, por si no pillaba que me refería a ella; ella que concentraba a un gran porcentaje de la humanidad en su nariz, y no precisamente mi porcentaje. Eso le comentaba precisamente a mi amigo Eugenio Olivares, que estaba allí, en la ciudad, nadie sabe por qué, ni siquiera él; él, mi amigo, que me introdujo en la cerveza esa mañana, una Voll Damm, en el bar de la calle Aragón, junto a la tienda de bufandas y el frenopático. Eugenio Olivares me hablaba de una mujer a la que amó en Panamá hacía años (pero cuántos años, si él apenas era un niño entonces).
- La recordaba rubia y con ojos azules, y tenía una piel suave, ¿sabes? pero el otro día apareció en el metro de Barcelona y tenía el pelo negro, y collares, y ojos marrones. Ya no sabía nada de los tangos, lo había olvidado, y si le preguntabas por su vida actual, sólo te decía que no sabía quién eras, y que ni siquiera sabía quién era ella, suponiendo que ella fuera alguien (reseñable).
- Pero, a ver, Eugenio Olivares, ¿no has hecho los deberes para hoy?
- Pues no, amigo, y aquí estoy tastando una Voll Damm, tan tranquilo, como observas, porque al fin y al cabo eso es lo esencial, que me importa todo más o menos un pito, y nunca llegaré a nada.
- Porque si hubieras estudiado sabrías que una cuerda, por muchos nudos que le hagas, sigue siendo sólo una cuerda.
- Te entiendo, amigo, de hecho nadie más te entiende, así que dame las gracias.
- No veo por qué debería, al fin y al cabo entender es como encender un cigarrillo, oler una cerilla, tirarse el jabón en la cabeza; parece tan bonito y revelador que no te das cuenta de que no sirve para nada.
- Buena reflexión
- Creo que se acaba el recreo.
- Yo no lo creo.
- Sí, ha sonado la campana.
- ¿Qué campana?
- La del recreo.
- ¿Cómo la has oído? Por qué la has oído, y para qué, porque tú no me engañas, si la has oído es por algo, es porque quieres algo, o volver atrás, a clase, o volver a la escuela, en cuyo interior está la clase, o algo, ¿no?
- Sí, quiero enseñarle a la chica que tú y yo sabemos el nuevo músculo que me ha salido en la pierna, creo que con él tendré muchas posibilidades de muchas cosas, incluso podré conseguir un trabajo digno si lo muestro a los empresarios.
- Muéstrame ese músculo.
- Mira.
No me molesta demasiado decir que entonces casi todo lo que yo tenía se reducía al músculo de mi pierna derecha, que había tomado cierta forma sugerente y fibrosa.
- No es un músculo suficiente para conseguir nada, todo el mundo lo tiene más grande.
Y por qué iba a tenerlo todo el mundo más grande que yo, pensé, eso no era justo. Quería comprarme una bufanda, pero no me atrevía a decirlo. Tenía frío, pero aunque me atreviera a decirlo no hubiera dejado de tenerlo. Total, que estaba bloqueado.
Salimos del bar y volvimos a clase. Allí no había nadie, sólo el técnico de laboratorio hurgándose la nariz.
- ¿Dónde están todos? -le preguntó Eugenio Olivares al técnico de laboratorio.
- Han sido expulsados de la escuela.
- ¿Y eso por qué?
- ¿Y por qué no? digo yo.
- Está bien.
Fuimos al retrete para mirarnos en el espejo, sin embargo no aparecíamos reflejados en el espejo. Esto es un hecho que en su momento me preocupó lo suficiente como para comprarme unas cartas del tarot. Lástima que las cartas siempre salían invertidas y me anunciaban toda clase de desastres y enfermedades y agonías. Pero bueno, es que nunca seré feliz o qué, le dije a Euguenio cuando salíamos del baño. Yo no lo creo, desde luego, contestó él, y se apretó la corbata, pero no llevaba corbata, solo hizo el gesto de apretársela. Además, bajamos por las escaleras, no se acababan nunca, eran como de caracol. A nadie le importa esto. Lo interesante es que al llegar abajo, al patio, vacío y desierto, vimos a una pajarito que no podía volar. Nos pusimos detrás de una ventana, a mirarlo, y ahora podemos decir que hoy hemos visto morir a un pájaro desde una ventana. Daba pequeños saltos y trataba de emprender el vuelo, pero era incapaz, hasta que no ha podido más y se ha quedado quieto, esperando a que alguien hiciera algo por él. Hoy hemos visto morir a un pájaro desde una ventana. Porque no hemos hecho nada por él.
Y eso es todo, que cada uno derrama sus lágrimas por muchas cosas, o eso creo, y yo en cambio las derramo únicamente por mí. O eso creo.



4 Comentarios:
¡Haz el favor de resucitar al pájaro! Ya verás como eso te hará volver a ser feliz.
Un abraciño.
Chity
Ni caso. El pájaro es munición.
yo me voy hacer una camiseta que ponga simplemente PUTA, en serio no se ni cuando ni como, pero ya las he visto por ahí. No se cuantas se darán por aludidas????
ciao bambini.
¡¡¡Michael se realizó 13 operaciones estéticas!!!
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