¡Me han dicho que has muerto y no me lo creo!
- Pues créetelo- responde la lápida.
Daniel G. Verzoletto
No he sido yo el que ha muerto. Has sido tú. Y ahora qué hacemos con tu cadáver. Yo no sabía. Tú dijiste un día que querías que te lanzáramos al Sena. Eso dijiste, no creo que mintieras o que estuvieras borracho. Así que te pusimos en el coche y te llevamos a París. En un descampado incineramos tu cuerpo, o pequeño Dido de Cartago ardiendo en una pira junto al mar, pero no había mar. Los elementos de tu cuerpo eran básicamente la primera mitad de la tabla periódica. Te faltaba Ununbio y tungsteno, y en vida hablaste poco, y demasiado de los macarrones. Pero te queríamos, aunque no comieras ni hablaras mucho, aunque nunca llamaras a nadie (porque tú solo llamabas a brujas y te tirabas las cartas del tarot todo el día y sabías que tu vida era, fue e iba a ser una desgracia).
Y como te queríamos quisimos cumplir el deseo máximo que tuviste en vida, que tus cenizas flotaran en el Sena y, a ser posible, que algún vagabundo bebiera de ellas. Saint-Nicolas-des-champs o Châtelet, todo lo que suena a francés suena bien.
Y así llegamos al Pont Neuf, junto al Sena, con un recipiente de mármol que incluía tus cenizas y tu pin favorito; leer os hará libros. Libros os hará leer. Leer libros os hará.
Habíamos contratado los servicios de un poeta parisino para oficiar el funeral junto al Sena. Él se llamaba Baudelaire y tomaba opio. En su opinión, era un poeta famoso, pero ninguno de nosotros lo conocíamos ni teníamos ganas de conocerle. Y se presentó a la hora acordada en el puente, muy delgado, en huesos, como se suele decir, y lo primero que dijo fue que lo que tiene de fascinante el mal gusto, es el placer aristocrático de disgustar, y se puso la mano en el bolsillo y sacó un trozo de caca y nos dijo: véis, esto es una caca; ¡por qué no valoráis también la belleza de la caca!
¿Eh?
Porque yo he comido caca.
También habíamos contratado los servicios de un monaguillo llamado Robespierre, pero nos asustó su apariencia, pues tenía una cicatriz en el cuello, como si lo hubieran guillotinado en algún momento, antes, en el pasado, y porque tenía un cuerpo que no parecía ser el suyo, como si le hubieran cosido la cabeza en algún momento, como si la hubieran cosido en otro cuerpo, después, también en el pasado, porque tenía pechos y caderas de matrona imperial.
Ese era el cortejo fúnebre. Nosotros, tus amigos, Baudelaire y Robespierre, y luego un enano que medía setenta y dos centímetros y que murmuraba filosóficamente: en este mundo no se puede tener todo.
Te queríamos mucho, amigo nuestro, sin embargo no sabíamos tu nombre. Working class hero, eso fuiste tú en tu bar y en tu casa, en tu cama y en tu universidad. Y nos gustaban mucho tus cartas de amor, tanto que le dijimos a Baudelaire que recitara una de ellas:
Señorita, usted que está coronada por espigas de oro y que me escucha con dientes tan bonitos, me gustaría morderla... Me gustaría atarle las manos y colgarla por las muñecas del techo de mi habitación; entonces me arrodillaría y besaría sus pies desnudos, señorita, luz de mis entrañas, lolita de mi corazón.
Venga, que empiece el funeral, que hace frío, le dijimos al poeta. Y este fue el elogio de Baudelaire a nuestro difunto amigo:
Tú, amigo nuestro que has muerto, ¡vértigo desmayado, melancólico vals!, no sabíamos mucho de ti, ni siquiera el color de tus ojos, pues siempre los tenías cerrados. Y sin embargo, aún así podías ver. Por qué estamos tan tristes si hay tanta luz, me pregunto; si te vas sin perfumes ni perlas ni diamantes no es por nuestra culpa. Fuiste en vida un tipo interesante, sí, muy interesante, te gustaban aquellas y esas cosas, y amaste a aquellas y a las otras, viviste en ese lugar y viajaste por los otros lugares. También fuiste simpático y antipático, y lloraste cuando convenía, y reíste muy poco, porque a ti sólo te gustaban las películas de los hermanos Marx. Todo esto puedo decir de ti, con la absoluta precisión de no estar equivocándome. Oh, tú, que ya vagas por el hades, estuviste exiliado en el suelo, en medio de abucheos, ¡y caminar no te dejaron tus alas de gigante!
Ese gilipollas había estado fumando opio en los momentos previos al funeral.
Muy bien, muy bien, aplaudimos todos los amigos. Ahora que el monaguillo Robespierre arroje las cenizas al río. Robespierre titubeó un instante con la urna entre las manos y quiso decir algo, probablemente que era republicano, que había masacrado a mucha gente, y que en su época el Sena era de color rojo por la cantidad de asesinatos que cometió. Pero se calló, dio un paso adelante, abocándose al río. Soplaba un ligero vientecillo glacial. Abrió la urna. Vienes del polvo y al polvo vuelves, dijo, es decir, al agua vuelves, ¡al líquido amniótico!. Y lanzó las cenizas. Pero resultó, por uno de esos azares que no se alcanzan a comprender, que el viento cambió su rumbo, que de pronto las cenizas empezaron a volar, pero no hacia el río, sino hacia nosotros, que mirábamos expectantes.
Oh, vaya desaguisado, dijo lamentándose Robespierre. Y las cenizas, tus cenizas, amigo nuestro, se posaron en nuestras chaquetas y nuestras manos, en el interior de nuestras orejas o en el cordón del zapato. Ni siquiera esa última gracia pudiste tener, amigo nuestro. Me gusta decir eso: amigo nuestro, porque no sé qué más decir de ti. Quizá pueda decir que en esto consiste la vida, en un cambio de vientos constante, imprevisible, muchas veces, pero eso ya lo dijeron muchos. Lo que no dijeron muchos es, en cambio, que para eso sirven las turbinas eólicas, para pretender que siempre quede algo de los vientos que una vez nos golpearon y lueeeeego se... marcharon. Sigh.



3 Comentarios:
Jajajaja. Mejor Victor, mejor. Aunque deberías haber puesto otro final. Este es demasiado Lebowski.Me alegro que solucionaras lo de Robespierre. Era difícil.
Grande Víctor, siempre.
¡¡¡Michael vendió 750 millones de discos!!!
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