La despedida



Puesto que este era el final, y considerando que un final tiene que ser bueno, y si no es bueno, no es el final aún, convenimos en hacer una cena de despedida. En su casa, como no, puesto que la mía se hallaba en estado de demolición; y con sus padres, como no, puesto que los míos, habiéndome desheredado, hacía tiempo ya que se habían trasladado a cabo Polonio, al sur y lejos.
Me desperté ya por la tarde y, observándome en el espejo, vi cómo la piel de la cara se me caía a trozos y vi cómo ya no tenía cepillo de dientes -porque alguien me lo había robado- y cómo la lavadora estaba ocupada -por lo tanto no tenía ropa limpia- y cómo temblaban mis piernas cuando pensaba en ella -por consiguiente, no la había olvidado. Resolví, pues, de manera reflexionada, llamar a un amigo, el único que me quedaba en la ciudad, de nombre Benigno y de apodo Benigno.
Benigno, le dije, puesto que yo me veo imposibilitado, puesto que todo son señales que me rodean y me anuncian algo, y puesto que yo soy surrealista desde que leí a André Bretón en la adolescencia, convengo en que todo está muy claro: no debo asistir a la cena de despedida. En consecuencia, Benigno, ya que yo me veo bloqueado y reducido, te pido que asistas tú a la cena de despedida. Hazte pasar por mí. Di que tú eres yo, que tus labios son los míos, por si se tercia la ocasión de avanzar, y que tus pies son los míos, por si hay que escapar. Porque yo no la quiero volver a ver nunca más. Y, escucha esto, Benigno, pase lo que pase, a las 23:30, te marchas de casa y la dejas sola. Pase lo que pase.
Así fue como Benigno, vestido de smoking según la convención, acudió al día siguiente a la dirección que yo le había dicho. Incluía como estandarte un manojo de flores silvestres recogidas en el parque, una corbata chillona de su padre y un peinado con gomina de precisas curvas.
Llamó a la puerta, y dio la casualidad de que fue ella, precisamente ella, la culpable, quién abrió. Quién eres dijo ella. Soy Víctor, dijo Benigno, ¿ya no me reconoces?
Tú no eres Víctor.
Y por qué no, dijo él, si llevo una novela bajo el brazo, tengo una peca en la mejilla y camino agitando los brazos, así, como ves, agitándolos -y de esta manera irrumpió en la casa, con un movimiento de brazos y caminó por el pasillo hasta el fondo y abrió una puerta y la volvió a cerrar, era la puerta equivocada.
No eres Víctor, resolvió ella.
Su madre acudió al vestíbulo. Soy Víctor, dijo Benigno, he estado unos días en la playa y ya no soy reconoscible, pero soy yo, o acaso ya no recordáis las anteriores veladas, cuando éramos pobres, felices, muy amantes, y a la vez no lo suficiente.
Es cierto, dijo la madre, en el fondo de ti reconozco a Víctor, pasa pues, que la mesa está dispuesta.
No sin antes darle un beso a la dama, dijo Benigno, y acosó a la hija con los labios estrechamente cerrados. El beso se produjo en la mejilla, el olor, el de ella, penetró en su nariz. Cómo no amarla, a ella, la que usaba cada día una colonia distinta para confundir a los depredadores, para transformarlos de golpe en presa.
En la mesa de la cocina estaba el padre, que en cualidad de profesor de matemáticas, no fue capaz de distinguir las diferencias entre el verdadero Víctor y el apócrifo. Todo son líneas, y si no lo son, se trata de superficies, campos magnéticos apenas perceptibles. De momento es suficiente con intuir la verdad, o con profetizarla.
He hecho cocido, dijo la madre llenando el plato de Benigno, que sin esperar a nadie comió con una mano y con la otra buscó bajo la mesa las ilusorias piernas de la hija, bien formadas, una vez, en una barriga, anteriormente.
No encontrándolas, sacó la mano del interior de la mesa y se mesó el pelo.
¿Qué has hecho estos días, Víctor?, preguntó la hija, aún dudando de la autenticidad de aquel Víctor, más gordo, más moreno.
Escucha este silogismo, querida mía. La piedra es de mármol, tus ojos son de piedra, por lo tanto tus ojos son mármoles de Carrara, antiguas pruebas del taller de Miguel Ángel; oh tú, si yo fuera una prisión, tú serías un teléfono. Y aunque no me llamaras yo acudiría a los listines telefónicos, y te buscaría, buscaría tu nombre que presiente la oscura golondrina de los anillos que portas; me habían dicho, o creo recordar, que tus pechos eran más grandes.
¿Cómo?, dijo ella, la habilidad retórica la había desconcertado.
Pero el padre la interrumpió. La matemática posee la condición de la eternidad, dijo mientras tomaba cocido, y eso quiere decir que el conocimiento, en sí mismo, tiende hacia el infinito, con lo cual yo me sirvo un vaso de agua y me lo bebo y sé que siempre habrá un grifo para volver a llenarlo; así que, hija: lléname el vaso.
Ella se levantó y Benigno pudo observar la falda, no bien estampada pero bien ceñida, no bien escogida pero oscuramente curva. La manifestación de las curvas remitía a las carreras de caballos y de coches y de motos, a los astros que giran y a los asteroides que explotan por todas partes; suicidarse allí mismo no era una posibilidad, sino una obligación.
Estoy enamorado de su hija, anunció Benigno a los padres. Pero como la madre tenía la boca llena hubo un ligero atragantarse pero no contestación. Sí, en cambio, habló el padre, remitiéndose vagamente al teorema de Pitágoras para concluir que en el amor, como en los triángulos rectángulos, ambos catetos deben ser iguales si queremos que la hipotenusa tenga alguna clase de sentido.
Pero tú no eres Víctor, dijo ella.
Sí que lo soy, y aunque no lo fuera, ¿eso qué cambia?, si me abandonaste hace dos semanas por un hombre de empresa y con futuro, ¿eso qué cambia?, si esta es la noche de nuestra despedida, noche aciaga, nunca más nos veremos, nunca más habrá un cruce de miradas, ni siquiera una cercanía, ni un tren, ni una casa con patio y piscina comunitaria, hijos, nietos, o ronroneo de gatos en la ancianidad de los balancines; si no habrá viajes por el mundo, ni por tu interior, si me abandonaste. Ya no me quieres. Estoy desolado, concluyó Benigno.
Ella se ruborizó. Tin tin de vasija, de tenedores contra el plato, ascensión brutal de un silencio desde la barriga hasta el reloj de la repisa, crujido de ratas devorando, ampliación de los muebles y temblor de cristales, cualquier cosa recordaba a las canciones una vez bailadas, en antros, en discotecas lujosas; cualquier cosa recordaba al fragor de las olas, a su punta espumosa, al desvanecerse del vaho por la mañana.
Bueno, dijo ella, Víctor y yo nos vamos a la habitación.
Pero si no habéis terminado de comer, dijo la madre. Y yo aún diría más, dijo el padre, puesto que no existe ecuación simple que no pueda ser resuelta, me pregunto por qué la comida se queda en los platos, inconclusa, por qué las puertas no se cierran del todo, o bien para qué sirven las estanterías.
Fuimos a su habitación. Eran las 23:15. En 15 minutos Benigno debía desaparecer. Ella se tumbó en la cama y escrutó a Benigno. Has cambiado, Víctor, ya no eres el mismo, dijo. Tenía la curiosidad del Boy-scout, es decir, ninguna, sus palabras eran falsas, hablaba por hablar, como cuando amó por amar, en el pasado.
No te mentiría, empezó Benigno, si te digo que me recorre un escalofrío. Es cierto, he cambiado, ya no soy el que era ayer, pero venga, despídete de mí. (Si te atreves).
¿No nos veremos más?
No.
¿Nunca más?
Lo dudo profundamente. Di unas últimas palabras o haz el amor conmigo.
Ella se incorporó y encendió una vela. Se quedó pensativa. He estado pensando mucho, dijo finalmente.
¿Y qué has pensado?
(continuará... o no)




8 Comentarios:

rhinslumber dijo...

Cuánto dolor y cuánto humor. Dolor de barriga y colillas en el cenicero. Rilke burgués...

insomne dijo...

un despliegue casi onirico de literatura en el ambito cotidiano!
espero la continuacion a ver que pasa....!con este falso victor (?)je

Chity Taboada dijo...

Por qué siempre me río con tus delirios aunque me entren ganas de matarte? Espero la continuación y que sea buena.

Anónimo dijo...

que continúe, que continúe, no era el final bueno, no era

gil.

B dijo...

volem la continuació!

Anónimo dijo...

Estoy convencido de que Woody Allen necesita hacer el amor contigo. Procura evitarlo estos días, hace demasiado calor. Si vas a la playa, mira a tu alrededor. Si te quedas en casa, vigila la puerta. Si tienes pensado ir a un país tropical, a un país africano, a un país cercano o a un país lejano, quédate en Cataluña. No te muevas y nadie te moverá. Nadie es capaz de follarse a alguien que está parado. Sobre todo si ese alguien es hombre y si el sujeto activo es más viejo y más débil que tú. Le fallarán las fuerzas, se deseperará, volverá a Manhattan. Tienes una oportunidad fantástica de conocer Nueva York. Yo iría ahora, hay vuelos muy baratos desde allí

Un casto abrazo
Dimiter

Raul Monje dijo...

Nueva entrega de literatura C, una sola frase conseguida y sólo a medias, desolador.

Anónimo dijo...

E LUCEVAN LE STELLE


En esa misma secuencia su último trabajo la confianza de unos billetes futuros la vara de la sangre al recuperar al detener los caballos los verdaderos que lo abandonarían yo busco reinar en ese chico abandonar a mis reclutas evolucionados
terminar indagando pequeños detalles que me causen su dolor dirán que yo buscaba poco a poco el olor de su mujer impulsado no por nuestra semejanza sino por la sabiduría de no curar la certidumbre a saber oleadas músculos que todavía violentan lo que transporto leviatán diverso de primera mano que será llorado por desconocer su castigo ah la claridad de la horca como el amor voluntario tampoco aterriza pues ocasiona la abducción de la experiencia siempre decían guapo antes de dejarle los vasos obligan al espíritu yo al moverme defiendo sus dientes que compadecí y envidié esa envidia detenida desmenuzada al encontrarnos cómo lo dije ? una hipnosis alegre en esta cuerda sólo lo que es el firmamento residencia secuestro o testigo la resolución de una caricia no estudiada sus objetivos eran comprensibles y en su lugar encontraréis una obra con el cuerpo por delante cabeza hacia atrás inspirado por su tío ascendiendo

No vinculaba su experiencia a nada salvo a la fortificación que sin embargo responde a unos brazos solitarios advertid como él en los espectáculos una cubierta fácil un tiempo perdido y ahí quedó el caso sólo era justo al saborear la muerte palpitante de sus víctimas sería muy fácil ser casual ahora con la útil vengadora siglo octavo pero en ningún momento la temperatura engancha al animal suficientemente desarrollado que quede claro que él tenía una escritura empleó a los inocentes para construir la entrada en la entrada existe la recta más grande del país a la derecha surge lo que queremos un tronco secundario difunto idéntico al sonido y al cansancio tácito eso fue lo que relaté esta maraña dijeron me dijeron demasiado terrestre capullo otra cara más del prestigio pero les hacía caminar creedme en su propia lengua idénticos idénticos por la cuerda espinada devorados por sus propios restos unos cuantos nada más llegar se pusieron a excavar excavaron hasta morir una serie de guerras el peso de la lluvia me dicen otro de mis asombros que tampoco es exacto un cuerpo de textos ojo no intento explicarlo ojo aún está vivo y tú morirás tarde Leonard.