08 febrero 2009

Arturo y los caballeros de la mesa cuadrada


Arturo sube al escenario. Sin temor ni dudas, sin un temblor de más, apenado pero contento, pero firme, músculos en tensión, sujeta unos papeles con la mano derecha, conquistado, sin duda, por lo vespertino.
Un foco lo deslumbra.
Arturo sujeta sus papeles. El público, ansiosa masa crepuscular, estigma en los oídos o sierra de podar jardines. 
Arturo sostiene sus papeles. Empieza a temblar su brazo. Brevemente desde los dedos hasta el codo. Luego poco a poco hasta el hombro y el pecho. Arturo abre la boca. 
Vuelve a cerrarla. 
Como los peces.
Alguien desde atrás le dice: 
venga empieza ya.
Se gira y sonríe nuestro héroe. Se le ve guapo. Se le ve mejor que Fabio de la Flor, mejor que Kim Novak, mejor que Lauren Bacall (puño cerrado), ¡Mejor que Ava Gardner cuando estaba enamorada de Mickey Roonie!
Pero abre la boca. 
Y la vuelve a cerrar. 
Apoya su peso en la pierna derecha. 
Murmullos inquietos entre el público. Desaprobación
Arturo empieza a leer un texto.
Triste, desgarrador. Al escucharlo uno siente que una mano te coge por el cuello, o que los camaleones ya no cambiarán nunca más de color. 
Una mujer ríe al fondo, en la barra, asoman sus cabellos electrizados, tiene un habano en la boca.
¡ja ja ja!
Pero si es un texto triste piensa Arturo mientras lee. Es un texto de amor, una oda final un cierre de telón de una obra de teatro absurda donde ninguno de los actores ha cobrado ni un duro para ser tan desgraciado.
Pero la mujer sigue riendo. El público se contagia, también ríe, brevemente, como un pájaro, graznando.
Arturo entra en crisis. Es un texto triste pero se ríen. Se derrumba su idea elevada de la literatura. ¿A quién le importa ya la literatura? Simulacros de la ceniza de una mentira que alguien nos obligó a oír. 
Temblor de brazo, sudores, guiños confusos, errores en la lectura y fin del texto. 
Silencio.
No hay aplauso. 

Los hombres de la primera fila lo miran sospechosamente.
Lo miran, lo observan, escrutan. 
Arturo coge el segundo papel. ¡Un texto divertido! Para explotar de risa, rodar por los suelos, jugar con la nieve hasta morir de frío. 
Oh, Arturo, pequeño poeta desgraciado. 
Desde la primera fila lo miran, lo miran inquisitiva, distópica, tenebrosamente. 
Trata de cubrirse con el papel para evitar las caras acusadoras. Empieza a leer. Es un texto para morirse de risa.
No habrá más insultos para nuestro poeta victorioso, Julius Caesar, Tiberio, Trajanus imperator. Morituri te salutant bajo los arcos de triunfo.
Lee.
Pero ahora nadie se ríe. Los chistes no se entienden, o lo que es peor, nadie le escucha mientras lee.
Silencio, murmullos. Un foco destruye su unidad contra las caras, el mundo se resume en espacios irrelevantes de materia oscura, en ángulos, formas. Y nadie se ríe del texto gracioso de Arturo. Entonces retortijones, inquietud, acentuación del tic nervioso en los ojos, movimientos absurdos. Problemas de vocalización.
Lo miran, lo observan, lo machacan con los ojos.
Errores de pronunciación, la erre se atraganta, no sale bien, lo machacan, al fondo ríe la muy puta, nadie presta atención a Arturo, nadie quiere saber de su historia, chin chin de copas, besos furtivos, bostezos, un estornudo que por un momento pareció una risa, tensión y distensión, Arturo tiembla, se deshace, fenesce, muere, Arturo cae hacia abajo, se apaga, pero lee, lee, lee, ni un ojo lo mira, ni una mano se tiende hacia él. Cuando todos salgan por la puerta le olvidarán, será un poeta más, temblando en la tiniebla del Moderno, se lo tragarán los grifos y los retretes. 
Arturo ha fracasado en la lectura literaria. Se marcha arrastrando los pies, bajo la lluvia los truenos los arrecifes. 
No importa. 
Los poetas son como el color amarillo. Están en la baja frecuencia de la vida. Tiemblan. Y si los miras fijamente se vuelven grises.
Lo que cuenta es que cuando llegue volverá a sentarse en su mesa, mirará por la ventana, y escribirá aún, todavía, hasta que algún día, no se sabe cómo ni con qué pretexto, por fin alguien necesite sus palabras.


The Walkmen - Four provinces

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