A
partir de las siete de la tarde los dibujos animados quedaban prohibidos. Así
lo había dictaminado mi madre. La programación arrancaba a las cinco y media,
poco antes de que regresara de la escuela. Nada más pisar el recibidor,
arrojaba la mochila al suelo. Más que una mochila era un carricoche con ruedas
que me habían comprado para que cuidara mi escoliosis, un trasto que me había
provocado serios problemas de adaptación en el liceo italiano, donde por
definición los alumnos cargaban con orgullo mochilas italianas coloridas Invicta de tirantes acolchados, correas
de tensión de alta resistencia, bolsillos laterales removibles y costuras que,
en el caso de los mejores modelos, venían de serie termo selladas, y que yo
envidiaba mientras arrastraba su mochila con ruedas avergonzado por las
protuberancias del empedrado, siendo objeto de todas las miradas, o eso creía; así
de solipsista era mi pensamiento, así de excesiva la conciencia del
remordimiento incluso a las ocho de la mañana cada día. Arrojaba la mochila al
suelo y corría hacia el salón a través de un largo y estrecho pasillo sin
volver la vista hacia atrás. Al fondo estaba la aterradora habitación de madre.
La puerta abierta se abocaba a una oscuridad terrorífica por no ser completa,
sino sinuosa y sugerente de formas.
En
el salón tenía mi propio sillón de orejas. Pasaba horas viendo la televisión si
me lo permitían, o bien leía de costado tras pasar las piernas por encima del
apoyabrazos. Con los pies alcanzaba a tantear el cristal de una pecera en la
que quedaban dos peces naranjas y solitarios. Me gustaba mirarlos. Daban
vueltas como dos contendientes temerosos de ser demasiado viejos para luchar. Encendía
la televisión y terminaba de ver un capítulo de dibujos animados para niños que
llevaba ya diez minutos en antena. Asistía al desenlace con un interés
desmedido. A partir de las últimas secuencias trataba de fabular el arranque
del episodio y todo lo que había ocurrido en mi ausencia. Aunque no había forma
de comprobar la veracidad de mis
fabulaciones, disfrutaba con ellas.
Después
arrancaba otra serie infantil y hacia las seis llegaban a casa mi madre y mi
hermana. Tenía siete años y aún asistía a la escuela primaria. Luego, los tres
reunidos en el salón nos dejábamos llevar por una programación que había sido
pensada para ofrecer una dificultad creciente: los episodios de cinco a seis
estaban dedicados a niños que aún no sabían ni escribir, ni leer, ni contar, y
después, de seis a siete, arrancaban capítulos más complejos pero desprovistos
de violencia. La violencia era el obstáculo y el final de la velada ociosa. Al
menor atisbo de ella mi madre se separaba de la tabla de planchar que solía
plantar cada tarde en el salón y, tras recoger el mando del televisor que yo
escondía bajo mi cuerpo en el sillón de orejas, lo apagaba y decía Por hoy ya
está bien, hemos terminado, entre nuestros lamentos.
En
alguna ocasión, sin embargo, mi madre se había despistado o ausentado y la
televisión había seguido encendida después de las siete. Entonces nos
quedábamos clavados en nuestro asiento con la vista fija en la pantalla. En
esas ocasiones había podido atisbar el arranque de un combate brutal entre dos
superhéroes con poderes, coloridas explosiones, palabras de venganza, la misma
clase de asuntos que eran motivo de conversación por la mañana en la escuela.
Eran conversaciones que yo escuchaba sin saber qué decir tras dejar mi
carricoche aparcado junto a las otras mochilas. Me tocaba o me pellizcaba los
nudillos de una mano con la otra. Trataba de simular con un silencio cargado de
breves monosílabos y expresiones falsamente emocionadas que yo también había
visto el capítulo de la tarde precedente. Mentía. Estaba obligado a ser tímido
por impostura siendo ya tímido por naturaleza. Deseaba sin desearlo que sonara
de una vez el timbre para entregarme al silencio obligatorio de las clases
preparatorias de latín de primera hora de la mañana. Sentía deleite y asco en
la declinación de los sustantivos que el profesor proponía, una suerte de
liberación en un nuevo encarcelamiento que prolongaba así, en lo que quedaba de
día, una superposición de actos no escogidos y tormentos no deseados. Porque
cuando sonaba de nuevo el timbre anunciando la hora del patio el placer que
sentía era equivalente al asco que me subía por la garganta al saber, a ciencia
cierta, que durante ese rato mis compañeros se intercambiarían cromos coleccionables
de los personajes prohibidos y simularían heroicas luchas en las que yo no
participaría por temor a ser descubierto, acusado y ajusticiado.
Cuando
mi madre se despistaba, mi hermana y yo asistíamos con la boca abierta al
despliegue de colorido de las explosiones en la pantalla y a los imposibles
movimientos de las quijadas rabiosas de los contendientes. Hasta que mi madre
aparecía o se percataba de lo que estaban emitiendo y apagaba el televisor esta
vez con un enfado descomunal dirigido exclusivamente hacia mí por no haberme autocensurado.
Naturalmente, la situación era insostenible.
Desde
la posición intermedia que ocupaba en clase, a primera hora de la mañana,
cuando tocaba lección de latín, podía ver una larga hilera de mochilas Invicta que arrancaba como una oscura
penitencia desde mi maltrecho carricoche hasta la cátedra de la profesora. Durante
el recreo acababa metido en el aseo de niños, encerrado en la letrina. Dibujaba
en las paredes visiones fantásticas que me era concedido imaginar por no
haberlas visto nunca, o tan sólo un instante, y dibujaba sobre las baldosas
monigotes que hervían en explosiones incandescentes, y dibujaba naves
espaciales que terminaban borradas por los signos de la destrucción que sabía
que ocurría a partir de las siete de la tarde y en todo el mundo y que, sin
embargo, nadie me permitía ver.
Así
nació en mí un sentimiento de lo violento tan autoconsciente como reprimido,
porque eso estaba prohibido. Y en los ojos de los otros veía el deleite
liberado del dolor que habían absorbido y que, por eso mismo, no era necesario
expresar más que en el terreno de la competitividad: mientras mis amigos
sublimaban lo que habían visto y entendían que de una forma u otra el objeto
del ámbito social no era la comunicación sino la superposición y el triunfo, yo
me balanceaba entre el poder devastador de una fuerza aplacada por imaginaria y
la candidez más pusilánime, encerrado con el conocimiento conocimiento de que
la bondad es tan inhumana como impostada cuando se conoce de refilón su
contrario.
Al
principio la mezcla se mantuvo estable y yo me limité a los dibujos. Trazaba
sórdidos monigotes sobre el papel y dibujaba abyectas escenas que
desconcertaban a mi madre, segura de no haberme educado en ese sentido.
Asustada
por lo que veía en los papeles que yo solía dejar abandonados en la mesa del
salón -violentas decapitaciones, niños empalados a través del ano- estrechó su
control e impuso severas normas y leyes que, de no ser respetadas, acaban en
tenebrosos castigos en las habitaciones oscuras que había junto al recibidor y
de las que yo tenía tanto miedo.
Allí
empecé a quedar castigado cada vez que mis pinturas representaban cualquier
atisbo de violencia. Dibujarás tan sólo pastorcillos y campos, paisajes de
égloga arcádica, jóvenes vírgenes que ordeñan a sonrientes cabras. En esas
habitaciones oscuras me sentaba en una esquina y me tapaba la cara para no
distinguir en la penumbra las formas mórbidas de lo que podrían haber sido
monstruos y enemigos. Lloraba y gemía apenas alzando el tono de la voz para no
molestar a nadie y contaba cada uno de los segundos que quedaban para que el
castigo se acabara. Al ser liberado salía del encierro en silencio y me tumbaba
en la cama con la cabeza vuelta hacia arriba, hacia el techo plagado de
estrellas fosforescentes que había colocado allí porque en otro tiempo había
preferido la astronomía, y me dormía.
La
transición empezó con un gesto, con un puñado de palabras pronunciadas casi por
obligación, por rabia. Eran las seis de la tarde y mi hermana pequeña acababa
de llegar y los dos mirábamos en silencio los dibujos animados de la tarde. En
la pantalla un cocinero japonés elaboraba una receta fabulosa que hacía
reventar de emoción a los comensales en un concurso de cocina. Inofensivos cartoons de media tarde. Y, sin embargo,
yo no los disfrutaba. Ni siquiera miraba el televisor. Tenía los ojos fijos en mi
hermana y veía cómo ella sonreía embelesada por la pantalla. Y no pude
soportarlo. Le dije De qué te ríes, y ella me miró extrañada. De qué te ríes si
no estás entendiendo nada. Ella contestó Sí que lo entiendo, claro que sí, y yo
sin dejar de mirarla inexpresivo añadí Qué vas a entender tú, si eres tonta.
Fue la primera vez que le hice daño. Insistí hasta convencerla de que era tonta
y de que no merecía estar allí a esa hora en ese salón viendo los dibujos
animados. Llegué a provocar su llanto por el simple mecanismo de la repetición,
Qué vas a entender tú; Eres demasiado pequeña para entender nada y, además,
eres tonta del bote. No podía parar. Me proporcionaba un placer liberador que
inmediatamente se convertía en culpa cuando ella lloraba. Un placer basado en
la destrucción que tenía un objeto y una consecuencia reales en el mundo, que
era palpable, físico y directo. No tardé en aficionarme a obtener ese sucedáneo
de recompensa, y la amabilidad que nos había hermanado en nuestra infancia,
quedó de pronto quebrada.