24 marzo 2013



- Sí -dijo McCord-, no tienes que preocuparte más que una vieja que cruza la calle acompañada por un vigilante o por un boy scout. Porque cuando la atropelle, el automóvil no va a reventar a la vieja, sino al vigilante o al boy scout. Cuídate.

William Faulkner

09 febrero 2013

Television Man




A partir de las siete de la tarde los dibujos animados quedaban prohibidos. Así lo había dictaminado mi madre. La programación arrancaba a las cinco y media, poco antes de que regresara de la escuela. Nada más pisar el recibidor, arrojaba la mochila al suelo. Más que una mochila era un carricoche con ruedas que me habían comprado para que cuidara mi escoliosis, un trasto que me había provocado serios problemas de adaptación en el liceo italiano, donde por definición los alumnos cargaban con orgullo mochilas italianas coloridas Invicta de tirantes acolchados, correas de tensión de alta resistencia, bolsillos laterales removibles y costuras que, en el caso de los mejores modelos, venían de serie termo selladas, y que yo envidiaba mientras arrastraba su mochila con ruedas avergonzado por las protuberancias del empedrado, siendo objeto de todas las miradas, o eso creía; así de solipsista era mi pensamiento, así de excesiva la conciencia del remordimiento incluso a las ocho de la mañana cada día. Arrojaba la mochila al suelo y corría hacia el salón a través de un largo y estrecho pasillo sin volver la vista hacia atrás. Al fondo estaba la aterradora habitación de madre. La puerta abierta se abocaba a una oscuridad terrorífica por no ser completa, sino sinuosa y sugerente de formas.
En el salón tenía mi propio sillón de orejas. Pasaba horas viendo la televisión si me lo permitían, o bien leía de costado tras pasar las piernas por encima del apoyabrazos. Con los pies alcanzaba a tantear el cristal de una pecera en la que quedaban dos peces naranjas y solitarios. Me gustaba mirarlos. Daban vueltas como dos contendientes temerosos de ser demasiado viejos para luchar. Encendía la televisión y terminaba de ver un capítulo de dibujos animados para niños que llevaba ya diez minutos en antena. Asistía al desenlace con un interés desmedido. A partir de las últimas secuencias trataba de fabular el arranque del episodio y todo lo que había ocurrido en mi ausencia. Aunque no había forma de        comprobar la veracidad de mis fabulaciones, disfrutaba con ellas.
Después arrancaba otra serie infantil y hacia las seis llegaban a casa mi madre y mi hermana. Tenía siete años y aún asistía a la escuela primaria. Luego, los tres reunidos en el salón nos dejábamos llevar por una programación que había sido pensada para ofrecer una dificultad creciente: los episodios de cinco a seis estaban dedicados a niños que aún no sabían ni escribir, ni leer, ni contar, y después, de seis a siete, arrancaban capítulos más complejos pero desprovistos de violencia. La violencia era el obstáculo y el final de la velada ociosa. Al menor atisbo de ella mi madre se separaba de la tabla de planchar que solía plantar cada tarde en el salón y, tras recoger el mando del televisor que yo escondía bajo mi cuerpo en el sillón de orejas, lo apagaba y decía Por hoy ya está bien, hemos terminado, entre nuestros lamentos.
En alguna ocasión, sin embargo, mi madre se había despistado o ausentado y la televisión había seguido encendida después de las siete. Entonces nos quedábamos clavados en nuestro asiento con la vista fija en la pantalla. En esas ocasiones había podido atisbar el arranque de un combate brutal entre dos superhéroes con poderes, coloridas explosiones, palabras de venganza, la misma clase de asuntos que eran motivo de conversación por la mañana en la escuela. Eran conversaciones que yo escuchaba sin saber qué decir tras dejar mi carricoche aparcado junto a las otras mochilas. Me tocaba o me pellizcaba los nudillos de una mano con la otra. Trataba de simular con un silencio cargado de breves monosílabos y expresiones falsamente emocionadas que yo también había visto el capítulo de la tarde precedente. Mentía. Estaba obligado a ser tímido por impostura siendo ya tímido por naturaleza. Deseaba sin desearlo que sonara de una vez el timbre para entregarme al silencio obligatorio de las clases preparatorias de latín de primera hora de la mañana. Sentía deleite y asco en la declinación de los sustantivos que el profesor proponía, una suerte de liberación en un nuevo encarcelamiento que prolongaba así, en lo que quedaba de día, una superposición de actos no escogidos y tormentos no deseados. Porque cuando sonaba de nuevo el timbre anunciando la hora del patio el placer que sentía era equivalente al asco que me subía por la garganta al saber, a ciencia cierta, que durante ese rato mis compañeros se intercambiarían cromos coleccionables de los personajes prohibidos y simularían heroicas luchas en las que yo no participaría por temor a ser descubierto, acusado y ajusticiado.
Cuando mi madre se despistaba, mi hermana y yo asistíamos con la boca abierta al despliegue de colorido de las explosiones en la pantalla y a los imposibles movimientos de las quijadas rabiosas de los contendientes. Hasta que mi madre aparecía o se percataba de lo que estaban emitiendo y apagaba el televisor esta vez con un enfado descomunal dirigido exclusivamente hacia mí por no haberme autocensurado. Naturalmente, la situación era insostenible.
Desde la posición intermedia que ocupaba en clase, a primera hora de la mañana, cuando tocaba lección de latín, podía ver una larga hilera de mochilas Invicta que arrancaba como una oscura penitencia desde mi maltrecho carricoche hasta la cátedra de la profesora. Durante el recreo acababa metido en el aseo de niños, encerrado en la letrina. Dibujaba en las paredes visiones fantásticas que me era concedido imaginar por no haberlas visto nunca, o tan sólo un instante, y dibujaba sobre las baldosas monigotes que hervían en explosiones incandescentes, y dibujaba naves espaciales que terminaban borradas por los signos de la destrucción que sabía que ocurría a partir de las siete de la tarde y en todo el mundo y que, sin embargo, nadie me permitía ver.
Así nació en mí un sentimiento de lo violento tan autoconsciente como reprimido, porque eso estaba prohibido. Y en los ojos de los otros veía el deleite liberado del dolor que habían absorbido y que, por eso mismo, no era necesario expresar más que en el terreno de la competitividad: mientras mis amigos sublimaban lo que habían visto y entendían que de una forma u otra el objeto del ámbito social no era la comunicación sino la superposición y el triunfo, yo me balanceaba entre el poder devastador de una fuerza aplacada por imaginaria y la candidez más pusilánime, encerrado con el conocimiento conocimiento de que la bondad es tan inhumana como impostada cuando se conoce de refilón su contrario.
Al principio la mezcla se mantuvo estable y yo me limité a los dibujos. Trazaba sórdidos monigotes sobre el papel y dibujaba abyectas escenas que desconcertaban a mi madre, segura de no haberme educado en ese sentido.
Asustada por lo que veía en los papeles que yo solía dejar abandonados en la mesa del salón -violentas decapitaciones, niños empalados a través del ano- estrechó su control e impuso severas normas y leyes que, de no ser respetadas, acaban en tenebrosos castigos en las habitaciones oscuras que había junto al recibidor y de las que yo tenía tanto miedo.
Allí empecé a quedar castigado cada vez que mis pinturas representaban cualquier atisbo de violencia. Dibujarás tan sólo pastorcillos y campos, paisajes de égloga arcádica, jóvenes vírgenes que ordeñan a sonrientes cabras. En esas habitaciones oscuras me sentaba en una esquina y me tapaba la cara para no distinguir en la penumbra las formas mórbidas de lo que podrían haber sido monstruos y enemigos. Lloraba y gemía apenas alzando el tono de la voz para no molestar a nadie y contaba cada uno de los segundos que quedaban para que el castigo se acabara. Al ser liberado salía del encierro en silencio y me tumbaba en la cama con la cabeza vuelta hacia arriba, hacia el techo plagado de estrellas fosforescentes que había colocado allí porque en otro tiempo había preferido la astronomía, y me dormía.
La transición empezó con un gesto, con un puñado de palabras pronunciadas casi por obligación, por rabia. Eran las seis de la tarde y mi hermana pequeña acababa de llegar y los dos mirábamos en silencio los dibujos animados de la tarde. En la pantalla un cocinero japonés elaboraba una receta fabulosa que hacía reventar de emoción a los comensales en un concurso de cocina. Inofensivos cartoons de media tarde. Y, sin embargo, yo no los disfrutaba. Ni siquiera miraba el televisor. Tenía los ojos fijos en mi hermana y veía cómo ella sonreía embelesada por la pantalla. Y no pude soportarlo. Le dije De qué te ríes, y ella me miró extrañada. De qué te ríes si no estás entendiendo nada. Ella contestó Sí que lo entiendo, claro que sí, y yo sin dejar de mirarla inexpresivo añadí Qué vas a entender tú, si eres tonta. Fue la primera vez que le hice daño. Insistí hasta convencerla de que era tonta y de que no merecía estar allí a esa hora en ese salón viendo los dibujos animados. Llegué a provocar su llanto por el simple mecanismo de la repetición, Qué vas a entender tú; Eres demasiado pequeña para entender nada y, además, eres tonta del bote. No podía parar. Me proporcionaba un placer liberador que inmediatamente se convertía en culpa cuando ella lloraba. Un placer basado en la destrucción que tenía un objeto y una consecuencia reales en el mundo, que era palpable, físico y directo. No tardé en aficionarme a obtener ese sucedáneo de recompensa, y la amabilidad que nos había hermanado en nuestra infancia, quedó de pronto quebrada.
[...]


28 agosto 2012

El nadador


[Relato / Borrador]


¿Qué es aquello que Píndaro dice en su
alabanza? Recuérdamelo, si lo sabes. Es
cuando dice que el agua es lo mejor, y
a continuación ensalza el oro, acertadamente,
en el comienzo de la más bella
de sus odas.
Luciano


- Si es posible, compra el pan cuando vuelvas -dijo padre ya apoltronado en el sofá mientras examinaba  los botones del mando a distancia con la gafas levantadas sobre la frente. Asentí y salí de casa sin despedirme, con lo necesario para ir a la piscina. Un sol jabonoso impregnaba las calles a esa hora, poco después de la comida, y la carnicería seguía abierta. El olor gelatinoso de las tripas llegaba hasta la portería de casa. Los moscardones extendían su reinado a lo largo de la calle. De los ganchos colgaban tiras de lomo ahora oscurecidas por el calor y el contacto del aire, y sobre el mostrador había lenguas de toro, cráneos irreconocibles de ovejas y vacas desprovistos de ojos, partes, ancas, patas como prótesis operables y fragmentos de animales salvajes cazados de noche en los Pirineos. Unos metros más adelante, el olor de la carne se mezclaba con el aire de cloro y cerumen que expulsaban los grandes ventiladores de la trasera de la piscina. Había niños jugando al baloncesto en un patio anexo. Sus desplazamientos, gritos y saltos acrobáticos desplazaban a las palomas, que se desprendían del suelo asustadas y al unísono como frutos maduros. 
Entré en las instalaciones de la piscina y saludé a la vieja empleada a través del cristal enrejado. Buenas tardes, señora. Ella, que se encontraba en ese momento enfrascada en la lectura de una novela, no levantó la cabeza. Con un dedo apoyado sobre la página dirigía el rumbo de la lectura; con la otra mano sujetaba un lápiz para señalar las frases conjeturales. Introduje el dedo en el detector de huellas dactilares y esperé la conocida señal: "Entre". Pero la señal no se produjo y nada ocurrió. Separé el dedo, lo miré y lo froté contra el jersey y volví a posarlo en el detector con idéntico resultado. Nada. Me giré y dos veces le dije a la recepcionista: no funciona, sin que la mujer despegara los ojos de la novela. Y cuando lo hizo se quedó mirándome desconcertada. Vuelve a intentarlo, dijo al fin, a veces falla. Asentí, me giré y volví a intentarlo: "Entre". Se desbloqueó el torno. Sonriendo para mí me dirigí hacia el vestuario. Antes de girar por el recodo volví la vista hacia la recepcionista. Contra todo pronóstico seguía mirándome con el lápiz alzado a media altura y la novela sobre la mesa, abandonada definitivamente. En el rostro dibujado un cierto torcimiento de boca. La lengua pulsaba su labio inferior queriendo surgir de debajo como cosa encantada, o como una magia.
Naturalmente, en el vestuario, la típica competición, las consabidas miradas y enrojecimientos. Un pito por aquí y otro por allá, la mano musculada del patriarca mesándose el pelo frente al espejo, la quijada fija y endurecida, Schwarzenegger de toda la vida; o bien las gotas de sudor y de agua, los pelos de las piernas no depiladas reunidos como estalactitas tiernas, los calcetines, los calzoncillos, la morbidez de la goma de un zapato y el ojo final que te escruta inclinado hacia adelante mientras simula estar trabajando en los cordones. 
Me coloqué el bañador y guardé la ropa y los zapatos en una taquilla. Cogí la toalla y el gorrito de látex negro y me encaminé hacia la piscina a través del vestuario; mis sandalias de baño sonaron sobre el embaldosado como los zuecos de un potro. Antes de entrar en la piscina, me detuve frente al espejo de las duchas para comprobar el estado de mi figura. Aún hay barriga, pensé desconsolado. Me separé del espejo y entré en la zona acuática.
Atención: obligatorio ducharse. Dejé la toalla sobre una barra metálica y, despojándome de las sandalias de baño, entré en las duchas. No tardé en percibir, entre los chorros de agua y vapor, los ojos de un viejo reseco que sostenía una pastilla de jabón a media altura. Parecía desaprobar alguna cosa de mí:  había dejado de frotarse y ahora aguzaba la vista expectante mientras la alcachofa moldeaba su escaso pelo como una lluvia indeseada. Creí que la tensión habría de resolverse en un gesto amable, acaso en una risa, que en mi cara quedaban polvos de talco o que mi afeitado había resultado ser particularmente irregular ese día. Pero el viejo no hizo gesto alguno. Me retiré de la ducha inquieto y apenas mojado. La piscina se extendía a lo largo de cincuenta metros bajo un techo suspendido del que colgaban luminarias naranjas. A la izquierda unas gradas vacías subían desalineadas hacia arriba y se perdían en la oscuridad. Es normal que en la piscina la gente se mire, pensé. Cada uno aprovecha la oportunidad de descubrir lo que en la calle se le oculta. No pasa nada. En las duchas son habituales esa clase de escrutinios despiadados. No es la primera vez.
Me coloqué el gorrito en la cabeza y el sonido del agua y de los nadadores quedó diluido y mezclado en ecos distantes. De los ocho carriles disponibles, siete estaban ocupados. Decidido como siempre a nadar solo y sin ser molestado avancé hacia el carril disponible. Me acerqué al trampolín, enmarcado entre dos corcheras de argollas rojas, y realicé con desgana algunos ejercicios de calentamiento con brazos y piernas, inclinaciones diversas y maniobras crujientes. Después, sin estar del todo tonificado, me lancé de cabeza al agua.
Se rasgó como una seda. Arranqué a nadar crol y sentí la frescura y el embrionario placer de saberse envuelto, flotante. En los primeros compases imprimí toda la fuerza de que disponía y no tardé demasiado en atravesar la piscina. Debajo, las baldosas azules se sucedían una tras otra señalando el rumbo y la velocidad de mi impulso. Las piernas se dejaban llevar por los brazos. Tren inferior relajado, pies vueltos hacia dentro y dedos en punta; el compás de la brazada movía arriba y abajo las caderas. Por unos instantes sentí que no tendría que hablar con nadie más el resto de mi vida, y eso me gustaba. Nadar me ayudaba a relajarme. Atravesé la piscina y cuando toqué el borde me aferré al trampolín y cogí aire dispuesto a volver a arrancar. Pero algo me detuvo.
Sobre el trampolín había un nadador a la espera de lanzarse al agua. Los dedos de mis manos agarrados a la plataforma rozaron la punta de sus pies. El hombre miraba al frente y las luminarias naranjas del techo de la piscina se reflejaron en sus gafas acuáticas como sendos soles crepusculares. Estaba inmóvil, hierático y firme como un sacerdote sacrificial. De pronto, inclinó la cabeza hacia mí sin que su rostro dibujara expresión alguna y se quedó mirándome con la cara ladeada, como quién examina las particularidades de un insecto que acaba de aplastar y que aún se retuerce agonizante con las patitas al aire dispuesto a recibir un remate que sólo por crueldad no se le concede.
Asustado me impulsé con las piernas hacia atrás y arranqué a nadar hacia el otro extremo de la piscina siguiendo la línea marcada por las corcheras rojas. Apenas podía verlas: no tenía gafas de buceo y bajo el agua el cloro me picaba en los ojos y al levantar la cabeza para tomar aire las gotas descolgadas de las pestañas me impedían distinguir bien lo que ocurría a mi alrededor. Cuando llevaba unos cuantos metros a buen ritmo dejé de pensar en el hombre del trampolín y empecé a pensar con deleite en lo que me esperaba tras el ejercicio: un baño caliente en el jacuzzi del gimnasio, la relajación total envuelto en burbujas masajeantes. Mi cabeza dignamente peinada emergiendo del caldero hirviente de un chamán africano que entona canciones rituales. El gesto violento de una égida que me aplasta hacia dentro y me ahoga entre la profusión de pompas. Me detuve.
Había recorrido apenas veinticinco metros pero sentí la repentina necesidad de detenerme y mirar hacia atrás. Allí estaba. Sobre el trampolín seguía de pie el hombre. Y me observaba inexpresivo. Fue entonces, al comprender que me había parado para mirarle, cuando se tiró al agua en un salto majestuoso y liso, sin salpicaduras. Emergió a unos veinte metros de mí y trazó dos brazadas que lo impulsaron hacia donde yo estaba a una velocidad inusual. Lo primero que pensé fue que no tardaría más de veinte segundos en adelantarme. Sin embargo, al fijarme en su brazada noté que había introducido algunas variaciones en su técnica perfecta para mantenerme bajo vigilancia todo el tiempo. Me miraba desde esas gafas de buceo reflectantes mientras avanzaba sin cesar. Ahora estaba a quince metros de mí. Me volví y me impulsé con ambos brazos tratando de adoptar una postura hidrodinámica. Aceleré con un arrebato que puso en aprietos mi tensión arterial y sin apenas levantar la cabeza para respirar seguí hacia adelante maldiciendo el no haber traído gafas de buceo. Con los ojos por completo abiertos bajo el agua veía la línea difusa impresa sobre el fondo del agua que me indicaba la dirección a seguir. No podía volverme hacia atrás y tampoco podía mirar al frente. Concentré toda mi sensibilidad en tratar de percibir cualquier variación que pudiera producirse a mi alrededor y así fue como sentí en la cola un temblor creciente, una perturbación no producida por mis pies: el nadador. Me estaba dando alcance.





19 agosto 2012

Aletheia

[Relato / Borrador]

"¿Hacia dónde vas, doncella bonita?"
"A ordeñar, señor", contestó Gotelind.
Eduard Mörike


Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, comenta el padre de mi amigo. Asiento a través del retrovisor interior del coche y él mantiene la mirada fija en mis ojos mientras avanzamos por la autopista. Nos acaba de recoger en el aeropuerto y nos dirigimos hacia su casa. ¿Recuerdas cuando íbamos con tus padres a los bungalows de la playa?, pregunta. Eso no lo recuerdo. Sí, hombre, pasábamos el día en esas calas contiguas, nadando de una a otra por mar abierto, ¿te acuerdas? Allí te hiciste un corte debajo del dedo del pie. Asiento, ha quedado una cicatriz. Mi amigo calla. Diviso su mano colocada sobre el apoyabrazos. Recorre los botones de las diferentes emisoras: cambiamos de una pieza de reggae a un silencio que se rompe aturdido: Prokófiev. Deja que suene esto, inquiere su padre. Menudo coñazo, contesta mi amigo, su hijo. Toda la crueldad que pueda darse se muestra con calma, piadosa en su violencia. Desde la ventanilla del coche veo niños jugando a la pelota en los descampados y grupitos en los portales de los commies que se mueven erráticos como bailarines rusos en decadencia. Aparecen los primeros rascacielos hoteleros bajo el segundo concierto para violín, opus 63. El padre de mi amigo se remueve inquieto sobre el asiento como quién pronto va a ser homenajeado. Creo que la última vez que nos vimos fue cuando fuimos todos juntos de viaje a Roquefort, ¿Te acuerdas? El pueblo del queso. Asiento pero lo único que recuerdo de ese viaje es un campo de fútbol y el sonido de cencerros. Os perdísteis y os estuve buscando durante dos horas, por lo menos, asegura el padre de mi amigo. Resurge en mi memoria su rostro de pronto desfigurado insultándonos en italiano: "Pecoroni! Siete un bel paio di stupidi pecoroni!", su rostro enrojecido y la boca desencajada como un bardo de las minas. La imagen es turbia. Igual que en sueños, como medio dormido, uno camina de día. Y en mi recuerdo el padre de mi amigo porta una corona de espinas. El paisaje cambia. Ahora atravesamos las extensiones verdes de parques públicos que median entre la zona obrera y los barrios ricos, donde el padre de mi amigo tiene una casa con piscina a la que nos invitaba a merendar y a bañarnos cuando éramos niños a pesar de lo fría que estaba el agua. Pero mis recuerdos son confusos. Es posible que los ojos del padre de mi amigo me estén perturbando allí, colocados en el intervalo de tiempo del retrovisor interior: parecen elementos autónomos o flotantes, y es posible también que mi amigo con su silencio sea el culpable de esta deriva melancólica. La casa no ha cambiado mucho desde entonces, asegura el padre de mi amigo. En ese momento el coche inclina su morro hacia abajo en el acto de entrar en el garaje y lo último que acierto a ver desde la ventanilla antes de que todo se oscurezca es a una matrona gitana rebañando a su hijo en la fuente pública en una suerte de ritual o bautismo pagano, antes de seguir su recorrido por el barrio en busca de limosna y algo de caridad de los malparidos que toman el sol, con sonrisas someras, en el borde de piscinas privadas exhibiendo un insultante placer que no sienten. 
En el ascensor más espejos y un largo recorrido hasta la doceava planta. Mi amigo, totalmente sonámbulo, espera en silencio mientras su padre busca la llave para entrar en casa. De espaldas, el padre de mi amigo parece un empresario degenerado. El pelo despeinado y un extraño temblor en el pulso pero no en el corazón; dificultad para abrir la puerta mientras suelta su perorata de apestado: me acuerdo de aquella vez, dice en tono confidente para disimular la incapacidad de abrir la puerta de su propia casa, de aquella vez en que fuimos juntos en barca por la Costa Brava y tú te lanzaste al mar sin darte cuenta de que estaba infestado de medusas. ¡Ja, ja! Se abre la puerta y entramos en un vestíbulo en el que predomina el blanco y lo impoluto. Es entonces cuando, mientras el padre de mi amigo se acerca a un canastillo para depositar las llaves, una cucaracha marrón aparece por el quicio de la puerta de la cocina y salta sobre su entrepierna. El padre de mi amigo reacciona con un espasmo desconcertado y la expulsa de su cuerpo con un movimiento espasmódico de la pelvis. Hostia puta, susurra al aplastarla contra el suelo. Se mesa el pelo y me mira con expresión de disculpa. Perdona, creía que habíamos acabado con ellas. Sólo entonces enciende la luz del vestíbulo y allí nos encontramos los tres, padre hijo y yo, espíritu lejano, frente a un espejo horizontal que atraviesa todo el vestíbulo y, según parece, se prolonga hacia el salón tras el recodo de una puerta. A través de su reflejo veo la mirada del padre de mi amigo que me escruta y a mi amigo, avergonzado, que busca refugio con el rostro vuelto hacia los zapatos. ¿Vamos a la habitación?, sugiere por fin mi amigo. Bueno hijo, le interrumpe su padre, espera un momento, que hace mucho tiempo que no veo a Víctor, ¿Por qué no tomamos algo en la terraza los tres? La frase parece bastar para convencer a mi amigo, que se deja llevar hasta un balcón desde el que se contempla una vista magnífica de la ciudad y el mar a lo lejos.
Como te decía antes, arranca de nuevo el padre de mi amigo al regresar de la cocina con una bandeja repleta de refrescos y diversos tipos de galletas de chocolate, me tuve que lanzar yo mismo al agua para sacarte de allí, te habías quedado encogido y a flote atenazado y tembloroso y rodeado de medusas. Muerdo una galleta pastosa que parece haber sido expuesta demasiado tiempo al aire libre. No lo recordaba, acierto a decir con la boca llena. Eso parece perturbarlo: que yo recuerde poco o nada, absolutamente nada de lo que él, en cambio, da la impresión de haber atesorado y moldeado con cuidado a lo largo de este tiempo. Bueno, no pasa nada, añade y se encoge de hombros y se queda inmóvil mientras yo sorbo una suerte de mezcla poco afortunada de leche y cacao. Mi amigo da forma con sus dientes de roedor a una galleta de dinosaurio. ¡Ah!, dice de pronto el padre de mi amigo, tengo algo para ti, Víctor. Se incorpora y desaparece en el interior de la casa. 
Desde mi posición veo que de las paredes del salón cuelgan trofeos de caza menor: la cara impávida de un jabalí, algo que parece una liebre y, al fondo, dos colmillos. Animales, naturalmente, no alimentados con el grano, sino  con la posibilidad de recuperar su existencia. Disecados, mullidos y con ojos vagamente relucientes. Ahora que estamos solos aprovecho para mirar a mi amigo, al que descubro escrutándome con una expresión taciturna. Cuánto tiempo ha pasado, ¿no?, le digo, pero no parece dispuesto a prodigarse en palabras. Calla y come, eso hace sin más motivo que el del pretexto. Consulto el reloj y cuando levanto la vista el padre de mi amigo ya está aquí de nuevo. Trae consigo un libro. He escrito una novela, anuncia orgulloso y se sienta junto a mí. Y te voy a regalar un ejemplar, por supuesto, ¿Qué te parece? Asiento con la cabeza y me sonrojo, alargo el brazo para cogerlo pero él me detiene: espera, que te lo dedico antes. Aparta algunas cajas de galletas que pueblan la mesa, saca de su bolsillo un bolígrafo que seguramente tenía preparado de antemano y medita unos instantes antes de aplicarse en la escritura de unas palabras en los folios inaugurales. Mi amigo me mira ahora con suspicacia. Sabes, dice el padre de mi amigo de la manera más campestre, no te hubiese dicho nada si no fuese porque eres uno de los personajes de este libro. ¿Cómo?, acierto a preguntar. ¡Ja ja ja!, ríe mientras garabatea una extensa dedicatoria. Desconcertado, inclino la cabeza ligeramente para tratar de ver la solapa. A lo lejos, en los bordes de la ciudad, crecen campos alfombrados de flores silvestres, hectáreas de hierba y de geranios y de albahaca y de arnica que se extiende por los bordes de la ladera miocénica de Montjuic, donde en ocasiones es posible encontrar algunos pseudomorfos como la pirita, el oro de los tontos. Pieles misteriosas, es el título del libro. 




18 agosto 2012


Hubo otras evidencias de que la religión estaba siendo bastardeada. El evangelista Billy Graham fue a Londres con la esperanza de poder detener el pecado en Inglaterra. En el proceso, casi fue devorado por el pecado en una calle del Soho.


Oído en el documental de George Harrison (Martin Scorsese) 


14 julio 2012

Presentación de una familia


- A ver, déjame a mí, que tú no te aclaras.
Nadie le había explicado a Lucía que los tomates hay que limpiarlos antes de cortarlos. No tenía ni idea de que la ensalada cargada de pesticidas es peligrosa para la salud. Pero su madre sí que lo sabía. Se lo habían enseñado desde pequeña. Eso, y pocas cosas más. Y no quería dejar pasar la oportunidad de hacérselo notar a su hija para que ella, como mínimo, sintiera un poco de vergüenza:
- Es que eres una patosa.
Vergüenza que habría de sumarse a la culpa que le había hecho sentir poco antes, cuando preparaban la mesa. Lucía había colocado los cubiertos de manera incorrecta y ella le había dicho que a pesar de los años y el tiempo que habían invertido en educarla, parecía no haber aprendido nada en absoluto, de ninguna manera, nada, como si el objeto de toda educación consistiera, básicamente, en saber colocar la mesa en las casa ajenas y en saber colocarse la servilleta sobre las piernas como un signo de distinción y elegancia.
En esa casa nada cumplía la función que se esperaba. El reloj no servía para informar acerca de la hora, sino para determinar como un sargento desdeñable, de bigotillo facha y tripa opulenta, el comienzo y el final de las tareas que la madre tenía que cumplir a lo largo del día sin interrupciones y a tiempo para poder sentirse completa, más o menos realizada, y libre. Y ni siquiera era su madre. Lucía la llamaba así porque era muy pequeña cuando ella llegó para ocupar el lugar que había dejado vacante su verdadera madre, muerta de un ictus fulminante mientras regaba el jardín pocos meses después de haber parido a Lucía. No era su madre. El instinto se lo recordaba cada vez que la miraba: esa cara simiesca no tenía nada que ver con la suya.
Y los cojines que se habían escogido para decorar el sofá no habían sido seleccionados para resultar cómodos, sino para parecer bonitos. Eran inútiles, ninguna cabeza podía apoyarse en ellos sin lamento. Las cortinas compradas en Turquía no podían descorrerse porque, según madre, le daban un toque oriental a la casa que nada, ni siquiera las acrobáticas palizas que de vez en cuando recibía de su marido, podía otorgárselo. Así era esa mujer apócrifa. Así leía los libros sólo para fardar de que los había leído y así pregonaba a gritos su profunda repulsa por el gobierno de turno: necesitaba mantener un enemigo ficticio que la reforzara en los momentos de debilidad. Porque era una desgraciada. Y aunque le dolía reconocerlo, le gustaba ridiculizar a Lucía. Algo en la ofensa la calmaba; entonces se sentía bien. Disfrutaba con ella, ejercitaba la sutileza de los golpes dados y soñaba con el día en que sus palabras llegaran a ser dolorosas y nadie lo percibiera. Llamaron al timbre.
- ¡Abro yo! -anunció padre levantándose del sofá a duras penas, fatalmente gordo, mantenido con vida por la gloria de un cuádruple bypass y calcificado por el tabaco del que ahora sólo podía disfrutar los sábados por la tarde, si había fútbol. Atravesó el salón apoyándose en la estantería de ficción -Frederik Pohl, Jack Vance, Harry Harrison, Larry Niven, Philip J. Farmer- y se detuvo para coger aire en el umbral del recibidor. Quién sabe por qué se agita en sueños la cabra. Habían llegado Erik y su novia, Martina. Traían unos bombones y parecían dispuestos a alegrar el ambiente. Lucía apenas levantó la cabeza por encima del hombro desde la cocina a modo de saludo. No es que no soportara a Martina. Ella le parecía bien. Pero como ocurría con su madre, había algo en la cara de la novia de su hermano que le recordaba a ciertos tableros de billar que ocupan los bares nocturnos y que nadie utiliza. Sentía todo el tiempo que, de alguna forma, esa chica sobraba, o quizá lo contrario y peor, que faltaba, como el tornillo que se echa de menos en toda operación de bricolaje. Nadie sabía nada de ella. Su boca sólo pronunciaba tonterías; a veces emitía pequeñas sonrisas de animal que vive acorralado y no es capaz de comprenderlo. Qué sabía su Erik de ella, esa era una buena pregunta.

Madre, con su habitual elocuencia impostada, los recibió con vozarrón de júbilo y no dejó pasar la oportunidad de buscar cierta complicidad burlándose de Lucía, el único método que conocía para trabar afinidades:
- Si os lo cuento no lo creéis. ¡Lucía no sabe que la fruta hay que lavarla antes de comerla! ... es que...
- ¡Ja ja ja! -la carcajada salió de la boca de Martina, fuera de lugar, feroz y desatada.




12 julio 2012

Recuerdos de una noche de Kif


Tánger, una mano de niño me entrega una piedra de kif; sé feliz, dice en español a través de la cancela y se retira corriendo y dándole patadas a un balón. Piazzini recuerda tumbado en la cama  la costa demacrada de Shangai, el espantoso puerto industrial donde los buques de carga esperaban su turno. Recuerda el continuo crepitar de los motores y los pausados balidos que parecían haber salido del cuerno de un indígena aterrorizado por la pronta invasión del bárbaro. Piazzini se ha bajado los pantalones de tal manera que puedo ver sus calzoncillos de color; creo que no se ha dado cuenta de que estoy mirándole y con una mano se frota el pubis mientras habla: Era medio china, medio española, Sara. Con ella visité la Ciudad Prohibida para confundir el esplendor de las ruinas imperiales con el mío, más modesto y barcelonés. Piazzini ha vuelto a abrocharse el pantalón y ahora se apoya en el respaldo de la cama y mira con firme determinación la pared, en cuyo centro cuelga la imagen iconoclasta de otra religión. ¿Tú sabes que en esta misma habitación durmió Kerouac? El escritorio sobre el que apoyas tu mano despreocupada sostuvo páginas enteras que nunca llegarás a igualar, me dice. Ella tenía ojos de búho, continúa Piazzini, pálidos y verdes. Aunque te escrutaran daban la sensación de estar anegados en agua, como la extensión frágil y apenas profunda de un pozo en vías de secarse. Piazzini se revuelve en la cama y estira el brazo para coger el cigarrillo de kif que le paso. Da una calada y adopta su pose habitual de enterado al que le sobran las experiencias. Pasé por su cuerpo sin pena ni gloria y volví muchas veces a su piel con la impresión de haber olvidado algo en él. Tenía la sensación inequívoca de haber perdido algo: unas llaves, unas monedas o un botón. Piazzini expulsa el humo de la boca con descaro y reproche. Porque al despertar junto a ella, continúa, y al querer abrazarla me topaba siempre con un amasijo de sábanas, cubrecamas y almohadas que parecían ocultar a un maniquí o a un muerto. No respiraba. La tocaba y abría los ojos de golpe con la enérgica continuidad de un parpadeo, como si no hubiese dormido. ¿Qué has soñado?, solía preguntarle. He soñado contigo, contestaba para luego levantarse y entrar en el baño. La cosa va muy mal si la mujer a la que amas sólo has podido verla desnuda a menos de diez centímetros. Piazzini suelta una risotada de desdén. Siéntete feliz cuando se pasee desnuda a metros de ti, confiada, relajada, sin que le importe que la contemples bien. Supongo que fue ese extrañamiento, la penetración distante de esa otredad que mediaba entre nosotros, lo que nos unió. Piazzini se incorpora para devolverme el cigarro de kif y vuelve a tumbarse tras colocar la almohada en vertical. Tengo la firme convicción de que un espectro solía situarse entre ella y yo cuando paseábamos por los caminos del parque Yuyuan, un espectro burlón, frío y contagioso que nos obligaba a callar y a caminar bajo los árboles atemorizados por las aves rapaces y los bichos que pudieran descolgarse de las ramas y atacarnos. Por supuesto, ese miedo a ser heridos era una proyección sublimada. Qué otra cosa podía ser, si no. Pásame eso. Piazzini reclama con la mano el cigarro que yo aún no he podido probar: he estado escuchándole y, al mirar de pronto por la ventana, he visto a un grupo de gaviotas sobre el mar que me han entretenido. De todas formas le devuelvo el cigarro y él, al cogerlo, se levanta de la cama y se acerca a la cómoda. Hotel barato, el Continental, a pesar de Burroughs y Kerouac. Puede ser que en esto se cifre la perdurabilidad de las cosas, continúa, en el hecho de que exista un vínculo, por decirlo así, tan frágil como para estar siempre en peligro... Bueno, son cosas que se me ocurrieron al leer el Tao Te King que ella me regaló cuando celebramos nuestro primer aniversario. Sí, recuerdo bien esa noche: el vestido de encaje cubierto por una bufanda roja de cachemir y el estampado de las medias que representaba a un dragón que sube por la entrepierna. Por supuesto, yo no le regalé nada. Es más, ni siquiera recordé que ese día era nuestro aniversario y eso pareció turbarla. Durante la cena adquirió una leve inclinación de espalda que yo asocié a un mal gesto realizado durante la práctica de su deporte favorito, el béisbol. Sin embargo, se trataba de pesadumbre. Pesadumbre por mi equina estupefacción inmóvil y mi adolescencia asumida como estado de alma. Con el cigarro en la boca, Piazzini levanta su maleta y la coloca sobre la cómoda, ladea la cara y me mira y un mechón de pelo le atraviesa la frente. Fue entonces cuando levantó de pronto la cabeza, continúa, y me soltó esa pregunta: ¿Dónde te gustaría que te enterraran cuando mueras? Por un momento la miré desconcertado; no comprendía el mecanismo que la había llevado a eso. No lo sé, contesté, y de inmediato le devolví la pelota: ¿y a ti? Sara no estaba de broma. Para ella eso era importante. Lo noté en sus ojos: se hicieron estrechos como una amenaza de ahogo. Yo quiero que me entierren en Tánger, sentenció y acto seguido cogió la servilleta, la espolvoreó en el aire y la dejó caer sobre su regazo como una manta que no pretende abrigar, sino ocultar. Piazzini abre la maleta y busca en su interior. Caen al suelo camisas y pantalones, un cinturón. Por fin encuentra lo que buscaba. Con sumo cuidado extrae una urna de cerámica en cuya superficie blanca hay bordados de oro. Pues aquí está, dice, y aquí estamos, añade levantando la cabeza y asintiendo hacia mí. Vamos a enterrarte, concluye sorbiendo del cigarro de kif que, sin embargo, se ha apagado en su boca entretanto.  



24 junio 2012

El puente sobre el río de orina


No sería capaz de aceptarlo. No bastarían todos los años de regalos y sumisiones para ablandar mi rechazo. Y aunque gozásemos de momentos de cercanía, éstos coincidirían siempre con el reposo que sobreviene después de cada pelea.
Lo supe cuando mi padre me la presentó en el interior de un coche. Nos llevábamos diez años. Recuerdo la incómoda tapicería. El reposacabezas había sido colocado para sostener la nuca de otra persona y ahora tenía que lidiar con mi cráneo de hijo apócrifo. 
Bajábamos por la calle Viladomat sin frenos hacia el puerto. A esa hora los vecinos paseaban a sus perros. Los regueros de orina se derramaban por los arcenes. Ella apretaba el acelerador a medida que mis contestaciones luchaban por disimular la hostilidad natural que me caracteriza. Me cago en mí, veintiséis años de conflicto, espasmo e idiocia tiranizada; no pude evitar la sequedad de la frase concisa, el monosílabo ofensivo. Recuerdo el movimiento de la lengua pulsando cada una de mis muelas mientras ella me hablaba. El baile táctil: cuando estoy nervioso una fuerza desconocida me obliga a limpiarme la boca.
Sonaba la radio. Ella me preguntaba por mis estudios. Los años baldíos en el Liceo Italiano. Yo evitaba contestar. Decía sí o no y a través del retrovisor que nos separaba contemplaba la cara desesperada de mi padre. Figura totémica. El gran submarinista. La piel cubierta por un sudor fetal que no correspondía tanto al calor que hacía –era invierno- como al deseo no reconocido de inventar un plan para regresar a la infancia donde todo fue mullido y fácil, indigno de ser masticado.
Siempre he creído que a mi padre no le hará falta la muerte: se desvanecerá en la impalpabilidad mucho antes.
Su conducción era precaria pero desapasionada. Adelantábamos a los coches entre bocinazos y derrapes; esos eran los únicos sonidos descifrables en nuestra representación de títeres dolidos.
Y por fin desistió. Dejó de hacerme preguntas repentinamente. Yo no tendría tanto interés por la psicología si alguna vez fuese capaz de imponer mi voluntad. Sentí vergüenza y resentimiento cuando se dio por vencida. Tras haber fracasado conmigo se dirigió a mi padre. Le habló a través del retrovisor. Trataron de decidir cuál sería el restaurante en el que cenaríamos esa noche. La expresión tergiversada de los dos fue lo que me impulsó a levantar el volumen de la radio con el pretexto de que estaba sonando una de mis piezas favoritas.
Eso es mentira. Mis piezas favoritas nunca suenan en la radio. Ellos a su vez alzaron el tono de la voz. Qué restaurante visitaríamos, qué precios, qué película sórdida terminaríamos por ver en los multicines del puerto deportivo. Seguí subiendo el volumen de la radio. Ni siquiera recuerdo qué canción sonaba. Sus voces forzadas bordeaban peligrosamente la pulsión obvia de la declaración sexual. Esa es la forma de crueldad que prefiero. La que se recubre de pretextos, la que parece en todo momento necesaria y justa.
Lo que había detrás de las ventanillas, el mundo, sucumbió tras el sonido de los altavoces. Ellos vociferaban y yo luchaba desesperadamente por destruir esa conexión. Daba igual que la conversación se cifrara en la dialéctica inútil de las cosas mundanas. Ni siquiera en ese ámbito toleraba que mi padre y ella estuviesen de acuerdo. En el intento de esconder la ternura de la que me avergüenzo y el afecto que me asusta he acabado por ser lo que soy, un paria desconfiado que se revuelca asustado por las noches. 
No busco en la agitación sin razón la razón para agitarme. Como una bala cuyo destino es el polvo de un disparo errado cruzábamos la calle ensordecidos. Busco en el témpano de hielo de los glaciares una hendidura que me cobije. Sé de la consistencia transitoria del frío y no me importa. Busco en el paisaje un solar vacío libre del trazo agrimensor donde al menos quede el resto calcinado de lo que fue una roca. Quiero encontrar el lugar donde se representó una tragedia familiar sin trascendencia, acontecida hace mucho, que diga algo de lo pusilánime de la mía. Busco un túmulo, la tímida forma de un altar, el panteón breve sobre el que arrodillarme y decir, si se me concede, el deseo irrefrenable que siento cada día de amar como lo hacen las piedras: con peso y quietud, dulce arrogancia sin mensaje.




05 junio 2012

Mujeres y tabacos




En sus accesos de misoginia, el médico solía clasificar a las mujeres según el tabaco que consumían: la raza Marlboro-que-no-sea-de-contrabando leía a Gore Vidal, pasaba el verano en Ibiza, consideraba a Giscard d'Estaing y al príncipe Felipe muy atractivos y a la inteligencia un fastidio; el tipo Marlboro-de-contrabando se interesaba por el diseño, el bridge y Agatha Christie (en inglés), frecuentaba la piscina privada de Muxaxo y consideraba la cultura un fenómeno vagamente divertido cuando iba acompañado por la afición al golf; el género SG-Gigante apreciaba a Jean Ferrat, Trouffaut y el Nouvel Observateur, votaba Socialista y mantenía con los hombres relaciones al mismo tiempo emancipadas e iconoclastas; la clase SG-Filtro tenía el póster del Che Guevara en la pared de la habitación, no conseguía dormir sin comprimidos y acampaba los fines de semana en la laguna de Albufeira conspirando acerca de la creación de un núcleo de estudios marxistas; el estilo Portugués-Suave no se pintaba, se cortaba las uñas a ras, estudiaba Antipsiquiatría y sufría pasiones oblicuas por cantantes de protesta feos, con camisa de Nazaré desabrochada y nociones sociales perentorias y esquemáticas; por fin, el lumpen del tabaco de liar languidecía al son de los Pink Floyd en tocadiscos a pilas junto a la Suzuki del amigo de ocasión, adolescentes haciendo propaganda de los amortiguadores Koni en las espaldas de las cazadoras de plástico. Al margen de esta taxonomía simplificada se situaba el grupo de la Boquilla, menopáusicas dueñas de boutiques, de anticuarios y de restaurantes en Alfama, tintineantes con sus pulseras marroquíes, salidas directamente de los esfuerzos de los institutos de belleza a los brazos de hombres demasiado jóvenes o demasiado viejos, que les ajardinaban las melancolías y las exigencias en dúplex de Campo de Ourique, inundados por la voz de Ferré o de los muñecos de Rosa Ramalho, y donde las luces indirectas teñían los senos gastados con una penumbra púdica y favorable. 


 Memoria de Elefante, Antonio Lobo Antunes



22 marzo 2012

Franco piensa en un detector de disidentes




Un relojero de Ávila le había hablado de una especie de contador Geiger que él había inventado para detectar trufas y luego se podía perfeccionar para detectar disidentes. El relojero era un loco perdido por la biogenética y sostenía que los disidentes lo son por determinadas deficiencias cerebrales. A los melancólicos les falta yodo y basándonos en este principio podría llegar a determinar cuál es la carencia cerebral que determina la aberración política. Bastaría con tipificar la carencia en el masón, en el comunista y en el socialista y traducirla en una frecuencia de onda. Yendo por la calle con el aparato empezaría a sonar un timbre en cuanto se pusiera a su altura cualquier aberrante. Después se trataría de comprobar la longitud de onda y la identificación estaba hecha. Nunca he sido un crédulo pero jamás me he negado a dejar que las cosas siguieran su curso para ver su resultante. Así que le dije a mi ayudante que diera toda clase de facilidades para que el relojero desarrollara sus experiencias, porque en carne viva sentía yo la herida infligida a la patria por el robo de patentes como la del autogiro y el submarino y el tren articulado. Meses después mi ayudante me contaría compungido que el relojero había huido al extranjero llevándose el fondo económico que le había otorgado para sus investigaciones. ¿Y el reloj de trufas? Se le ocurrió preguntar al especialista de agricultura. Era un simple despertador suizo algo sofisticado, confesó entre azoramientos y sin atreverse a mirarme a la cara. 


Manuel Vázquez Montalbán


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