El relato "La vida de Tim Glass" publicado en el suplemento cultural "la Miranda" del Diario de Ibiza:
Entrada 350
Anoche, unos abriles granas capitularon
ante mis mayos desarmados de juventud;
los marfiles histéricos de su beso me hallaron
muerto; y en un suspiro de amor los enjaulé.
Espiga extraña, dócil. Sus ojos me asediaron
una tarde amaranto que dije un canto a sus
cantos; y anoche, en medio de los brindis, me hablaron
las dos lenguas de sus senos abrasadas de sed.
Pobre trigueña aquella; pobres sus armas; pobres
sus velas cremas que iban al tope en las salobres
espumas de un mar muerto. Vencedora y vencida,
se quedó pensativa y ojerosa y granate.
Yo me partí de aurora. Y desde aquel combate,
de noche entran dos sierpes esclavas a mi vida.
César Vallejo
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In our gun
Now there's no time to start anew
Nick Drake
Cuando salió de la fábrica lo amordazaron, le vendaron los ojos y lo metieron en el maletero del coche. Sintió el motor como se sienten algunas canciones, luego baches de ciudad, fuerza de gravedad lateral en cada curva y al final un temblor continuo de camino rural, sin asfaltar.
Abrieron el maletero y lo arrastraron por el suelo. Descuidadamente, aprovechaban cada paso para darle puntapiés en los costados. Él sintió con las manos el tacto de la nieve, su frío como de bosque, a veces sus manos palparon rocas erosionadas y musgo. Lo subían por una ladera. Luego lo apoyaron contra algo metálico y unas cuerdas, unos nudos, apretaron sus pies y su torso contra el suelo. Antes de marcharse le quitaron la venda de los ojos. Ellos iban encapuchados. El vaho salía de la tela justo donde debería haber estado su boca. Pero lo primero que vio no fue eso, sino un bosque de abetos oculto como detrás de un papel translúcido, la niebla. Y después comprendió que lo habían atado sobre unos raíles de tren.
Uno de ellos sacó un teléfono y se lo llevó al oído. El señor Molinari, dijo, ya está empaquetado. Luego colgó. Él se agitó, trató de desprenderse de los nudos, pero era imposible. Quiso hablar, pero cuando movía la boca, la mordaza penetraba en ella y lo ahogaba. Pero si yo no soy el señor Molinari, quiso gritarles, ¡Os habéis equivocado de persona!, pero el grito salía de su boca transformado en el sonido lejano de un barco; yo sólo soy un trabajador de la fábrica de muñecas. Cierto, él no era el señor Molinari. Pero ya no había tiempo para esa clase de claridades. Los secuestradores bajaron por la ladera y se alejaron. A lo lejos parecieron pingüinos, luego cucarachas paseando de la mano, al final sólo puntos que polinizaron los árboles.
Él giró la cabeza. La vía de tren se extendía en curva hasta desaparecer en un túnel. En el otro lado, otro túnel. Se retorció como un gusano, recordó vagamente los azulejos del baño de su casa, la tranquilidad del inodoro cuando se caga con una buena novela entre las manos. El viento soplaba con un ruido sordo de impresos traspapelados, los mocos se le helaban en el bigote. Pronto llegaría el tren, supuso. Tenía la cabeza puesta de tal manera contra el raíl que las ruedas lo guillotinarían y entonces su cabeza rodaría un rato por la ladera, consciente de sí misma como una pequeña bola de nieve con pelos, hasta que la sangre dejara de tener su sentido móvil y fugaz, ya coagulada en el cerebro.
Qué clase de mafioso sería ese señor Molinari, se preguntaba, qué clase de traición había cometido para merecer una muerte así. Una ofensa, una deuda, un lío de faldas. En cualquier caso no pagaría esa deuda. Otros, él, la pagarían por él. El forcejeo era inútil, se cansaba. Desistió. La niebla bajaba de las montañas sin geometría, confundiéndose con la nieve, haciendo muros. En ese momento hubo de recordar el día en que su padre lo llevó a conocer la nieve. Hay una primera vez para conocer el mar y la nieve. Para el resto de cosas no hay primera vez, porque en el preciso momento en que se descubren, ya hay ansia de segunda vez superponiéndose, tapándolo todo. Mierda de soledad, se dijo, lo vuelve a uno loco. Y ahora qué, se decía, y ahora qué, cuando escuchó un cloqueo en el frío metal del raíl. Cloc, cloc. Joder, el tren, se dijo, y no era mal hablado, era más bien la clase de persona que en vez de utilizar la escoba recoge las motas de polvo del suelo con los dedos y las mira de cerca y de lejos, y las tira educada, solitariamente a la basura; qué crimen, qué crimen pudo cometer y en qué momento lo habían confundido con otro, si bastaba con mirar sus ojos un momento para comprender la languidez desapasionada de cada gesto, la manera temerosa de sujetar los cubiertos o o el olor a axila, a sala de espera de aeropuerto de segunda, que desprendía su cuerpo. Cloc, cloc, oía, acompasado, mecánico, le vinieron a la cabeza autopistas y puentes, engranajes, movimiento melódico de pozos petrolíferos, su madre tejiendo jerseis para los nietos que no venían ni vendrían, a ver, se dijo, mierda de soledad, a ver, antes de morir debo recapitular mi vida, pero le venían a la cabeza imágenes inútiles de quioscos visitados una vez, de la charcutería donde solía comprar, del sofá de su casa, que albergaba cada noche su cuerpo frío, entregado al televisor, joder, recapitular, eso tengo que hacer, cloc, cloc, nada salía del túnel, aún; mi vida, haber nacido en una clínica privada, primer recuerdo La visión de la abuela, senil, gritando Quiero comerme un tubo de escape mientras le acariciaba el pelo y luego otra vez imágenes de aceras, de pasos de cebra cruzados tantas veces, no, no, antes de que llegue el tren, volver a los puntos claves de tu vida, piensa en tus amores, qué amores, en las muertes, los abandonos, las conquistas, pero qué, al margen de graduarse en el instituto, sin universidad, falta de vocaciones claras, qué, la fábrica de muñecas, la repetición de la cadena de montaje, su trabajo, ensamblar cabeza tras cabeza sobre el cuerpo de las Barbies, me van a guillotinar, mi vida, imágenes de pelotas de fútbol que rodaban, caras de muñecas, impávidas, con la sonrisa tan pintada, a las que besaba a escondidas en los aseos de la fábrica para conocer, saber de los besos que no había dado; Agua mineral apilada en la despensa, galletas, la cazuela hirviendo, huevos duros, no, no, piensa en lo esencial, piensa, cloc, cloc, cloc. Y así estaba, inmóvil entre la nieve, sobre los raíles, así estaba, calles, charcuterías, quiero comerme un tubo de escape, gritaba su abuela, los ojos grandes, cercanos como cíclopes, de las muñecas de la fábrica, pero nada más que trivialidades, sofás, agua hirviendo, arrastrarse por pasillos, inmovilidad en camas, sábanas, lavadora y fugas de agua, nada más, y todo para qué; eso era lo que había que recapitular, eso, pensaba, girando la cabeza y abriendo los ojos hacia el tunel, cloc, cloc, eso, cuando de pronto apareció del túnel una cabra, no un tren, sino una cabra gris, atormentada por la vejez, cuyos pasos rítmicos golpeaban el raíl, cloc, cloc, como un metrónomo.
No hay tren, pensó, era sólo una cabra. El animal, al salir del túnel, subió por la ladera husmeando entre las piedras, luego levantó la cabeza y lo miró, emitió un balido tenue antes de ser tragada por la niebla. Aún me queda tiempo, pensó, pero el tren podría venir por cualquier lado, en cualquier momento. Yo no soy el señor Molinari, se han equivocado conmigo, le gritaba a la mordaza y volvió a forcejear, en vano, el misterio de las montañas no se desentrañaba, imposible ver las cumbres, el cielo, o el sol. Volvió a detenerse, exhausto, rendido a la evidencia del silencio del bosque, un búho, nada más que ese viento helado que adormecía sus extremidades.
Así se hizo de noche, sin descensos o crepúsculos, llegó como llegan los mensajes inesperados, y no había tren. Quizá se había quedado dormido, no lo sabía, pero seguía atado, sin poder moverse. Ya no distinguía los agujeros de los túneles, la nieve le pareció sólo una moqueta de agencia de viajes, un animal húmedo que espera el deshielo. Ni rastro de los hombres más allá de la vía férrea. ¿Cuántas horas habían pasado? El corazón le latió entonces de otra manera. Demasiadas, pensó, para que esta sea una línea de ferrocarril transitada. Empezó a reírse por dentro. Sus secuestradores, ya manifiestamente inútiles desde el principio, también habían cometido la tontería de atarlo a unos raíles fuera de servicio. Si no hubiera tenido una mordaza, su risa sería un eco, los pájaros se asustarían, y los osos. No todo estaba terminado. Tarde o temprano alguien lo rescataría, podría volver, indemne, al trabajo, a casa. La alegría le subía del torso a la cabeza, porque ya no sentía las piernas ni los brazos. Volveré, pensaba, y todo cambiará, esto es una señal, mi vida cambiará, doy gracias a Dios, ya no más ausencia de amigos, ya no más películas de ciencia ficción en la alta madrugada. Estoy aquí para vivir, se dijo, y eso voy a hacer, ¡vivir! Qué regocijo, qué fiesta sin salones ni chucherías se estaba dando a la altura de su pulmón, todo era tan agradable, ese viento, esa niebla suspendida que ahora le parecía un humo festivo de discoteca. Sólo tengo que esperar, se dijo, y se relajó, cerró los ojos, y se durmió.
Dos semanas después, con el deshielo, un pastor cruzó la vía con sus ovejas para bajar a los pastos del valle. No fue él, sino sus ovejas, las primeras que vieron el cuerpo inerte y machacado por los buitres que yacía, atado, sobre la vía. Algo, un lobo pirenaico, quizás, había descuartizado la pierna congelada. Bueno, pensó el pastor tras comprobar que el hombre estaba muerto, al menos, gracias a la congelación, este pobre diablo no sintió que se lo comían.
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Nostalgia de lo duro
Para María
Olvidaron colocar la escalerilla, de modo que quedaron flotando en alta mar, alrededor del barco, sin poder volver a subirse a él. Ella buscaba calles y signos de gaviotas o certidumbre de costas a lo lejos. Él miraba hacia abajo con miedo a las medusas, los atunes o las barracudas. Encogía las piernas, no se veía el fondo y de momento flotaban; el pensó Recuerdo los árboles, cuando mi padre me llevaba a caballito, y recuerdo cuando mi padre me devolvía al suelo y las cosas quedaba otra vez por encima, las mesas y las estanterías, qué conquista la del suelo, pero qué inigualable iba a ser, pensaba, conquistar la superficie de las mesas, los altillos, los techos, para esconder y descubrir, alternativamente, para extenderse hacia arriba y dejar de lado los suelos, las aceras, territorio de las inundaciones y la muerte.
Ella pensaba Vaya mierda de idea esta de navegar en alta mar, no sé cómo no nos quedamos en tierra, cómo echo de menos las ciudades cuando estoy en el mar, los amigos, las partidas de naipes, el teléfono, descolgar, colgar, hablar una y otra vez de lo mismo sin afán de respuesta o conciencia de la noche.
Pero iba a anochecer y entonces qué, cenarían una medusa, encontrarían a los cangrejos tan lejos de la costa o se los tragaría una ballena. Por qué demonios tuviste que olvidarte de la escalerilla, dijo. Te olvidaste tú, contestó él. No, fuiste tú. Joder, el cielo está hecho sólo de viento o qué, hay inmovilidad allí, o qué, porque no dejan de cambiar los colores, las nubes se hacen de la nada y se deshacen en la nada, eso es filosóficamente imposible, piensa Mi dolor es igual, mi deseo de soledad es igual, aquí, ahora quiero vivir, pero no hace mucho quería morirme, cuando comíamos marisco en la cubierta y la marea nos mecía y hacíamos fuerza con los músculos para burlarla y yo le miraba las piernas que una vez me apretaron.
¿Qué hacemos ahora?, dijo ella, a dos metros. No sé, voy a dar una vuelta al barco, a ver si veo por dónde subirnos. Braceando giró la esquina y ella se quedó sola con el crujido de la madera. Piensa Esa vez en el bar todo cambió, cuando yo tenía el cigarrillo en la mano y no había ceniceros y él dijo: pues pide un cenicero, y yo me giré llamé al camarero, que vino con ojos impávidos de ternera y le dije: un cenicero, por favor, y el camarero contestó: señorita, en este bar está prohibido fumar, señorita, señorita, y al mirarle a él, humillada, comprendí que sabía desde el principio que allí no se podía fumar, que lo había callado a propósito, para verme toda la cara roja de vergüenza.
Él nadaba por estribor, ya no la veía, quizá, entretanto, ella se había hundido. Cualquier cosa podía pasar en los entretantos. Buscando un punto de apoyo vio la cajetilla de cigarrillos que sobresalía por la proa. La había dejado allí, antes, piensa Como cuando niño, ya no la alcanzo, por mucho que me eleve, no la alcanzo ya y quiero fumar y ahora ya no hay suelo, solo pies que luchan en lo negro. No había puntos de apoyo, sólo algunas bolas hinchables que, supuestamente, protegían al barco de los golpes. Oye, gritó, desde el otro lado. Le llegó una respuesta amortiguada: qué. Ven aquí. Ella tardó treinta segundos en aparecer por la esquina de la proa, braceando, exactamente el mismo tiempo que duró su primer beso, el más longevo, largo, dado una noche de invierno contra las ventanas de su casa. Si te sujeto desde abajo quizá tu puedas alcanzar esta bola y agarrarte y subir. Bueno, dijo ella, no del todo convencida, piensa Lo que más echo de menos de tierra firme es poder matar bichos a pedradas, con pisotones, encontrar la resistencia de la tierra, la de las camas, apoyar los codos en las mesas, vaya, echo de menos las mesas, me doy cuenta ahora de lo poco que las quise, ahora, porque aquí sólo doy golpes escurridizos, uterinos, el mar se abre cada vez y se cierra sobre mi mano, no le duele ni cruje, aquí el hombre no puede cometer asesinatos, porque el mar no lo consiente, porque el mar es quién los comete, o los peces.
Ella se acercó a él, él la cogió por la cintura y trató de izarla sobre el agua. Sirena, tu bañador te va pequeño. Él piensa Es la primera vez que le cojo con tanta fuerza la cintura, me duele que no sea por amor, sino por miedo a la muerte, pero no, es posible que todo lo que haya cogido en mi vida haya sido por miedo a la muerte, sólo por eso, y si esas cosas las he dejado, abandonado en algún sitio, ha sido porque sabía que esos objetos, esas personas, ya no podían salvarme, ni matarme.
No alcanzo, gritó ella, impúlsame con más fuerza. Él se hundió, abrió los ojos bajo el agua y le pareció ver cachalotes y mierda cósmica, plancton que formaba constelaciones móviles, una anciana tejiendo su mortaja, la muerte es por dentro y ocurre antes de que cese el corazón. Se impulsó con todas sus fuerzas, imprimiendo potencia en sus piernas, como cuando corría, hacía atletismo o iba al trabajo surcando largos pasillos del metro, se impulsó y la lanzó hacia arriba, a ella. Qué tristeza la de la mano que se alarga para coger algo y no lo alcanza. Ella piensa Como cuando era pequeña y no alcanzaba las galletas que había en la despensa, madre sabía ponerlas fuera de mi alcance. Al fin y al cabo empiezan a pensar las mismas cosas, el mar los une, no son conscientes, ahí está la hermosura, en la inconsciencia de lo que se revela bello sin que nadie lo comprenda.
Joder, ¿no puedes impulsarme con más fuerza?, dijo ella. Él escupió agua: no, no puedo, y se encogió de hombros de la manera más submarina. Qué hacemos ahora, cómo subimos de nuevo al barco, dijo ella. No lo sé, dijo él. Nunca sabes nada, dijo ella. Y tú, ¿tú sabes algo? Ella contestó con un golpe contra el agua, del cual quedó constancia un momento, hasta que la espuma se marchó. Ella piensa Va a hacerse de noche, tarde o temprano, nos vamos a enfriar, tendremos que abrazarnos o algo, pero será como los abrazos de los erizos, nos hará daño, de alguna manera y por dentro, tú sólo me has humillado cuando tenía cigarrillos en las manos.
Algo se movió a su derecha y a su izquierda el barco se meció, abandonado a sí mismo. ¡Qué ha sido eso!, gritó ella. Un pez, digo yo, dijo él, braceando. Pero muy grande, muy... grande, dijo ella y su cabeza de hundió un momento. ¿Estás cansada?, preguntó él. Sí, pero sólo de ti, contestó ella, y se fue nadando hacia la otra parte del barco. Él se quedó solo, flotando y piensa Siempre hubiera querido ser un alga, o un coco, o una piedra; en otra vida creo que fui algo de eso, pero ojalá hubiera sido una medusa, sin músculos ni cerebro para decidir, pero con veneno para matar.
Al menos, si morían allí, la portera no tendría tiempo de chismorrear con la fregona entre las manos. Los vecinos callarían, padre, madre, no tendrían valor para destapar la sábana que cubriría sus cuerpos violáceos, atragantados de agua, escamosos y desfigurados, y por una vez no tendrían a quién dirigir sus reproches. Ella piensa Es como cuando le dije a madre que quería estudiar letras. Letras, dijo madre levantando los ojos de la revista, ¿qué es eso? Es lo mismo, digo yo, que si le preguntara al mar: ¿Dónde está la tierra?, porque el mar contestaría: ¿La tierra? ¿qué es eso? Pero al menos a él, al mar, podría replicarle sin miedo: imbécil, la tierra es lo que te sostiene.
El sol bajaba al fondo, aunque no hubiera fondo mas que bajo sus pies, bajaba con aquella mirada líquida de los atunes. ¿Donde estás?, gritó él. Ella contestó desde el otro lado. Nadó hacia allí y la encontró en medio, flotando, su cabeza era como una pelota apoyada sobre el césped. Se va a hacer de noche, dijo él. No me digas, dijo ella. No se dijeron nada más. El barco flotaba junto a ellos. Sólo pensaron, flotando boca arriba, con los brazos extendidos. Él piensa Cuántas estrellas veremos esta noche, pero no sé si llegaremos a mañana. Ella pensaba lo mismo. Morir descifrando las constelaciones. Estar junto a alguien que piensa lo mismo y no saberlo. No volvieron a tocarse. Sólo cuando ella empezó a desfallecer y a ahogarse él se giró y la miró, ya sin fuerzas para socorrerla, la miró y piensa Tú te vas primero, como cuando nos queríamos en secreto y salías del baño la primera, ajustándote las faldas, prometiéndome que nos encontraríamos al otro lado. Pero esta vez no me has prometido nada.
Demasiadas preguntas en el último instante, y nadie a quién dirigirlas, ausencia de ruido de tráfico, ausencia de grúas y crepitar de sartenes, sólo respiración atónita de ballenas que miraban su cuerpo, el de ella, flotando inerte. Él no sabía cuánto aguantaría, y ni siquiera hizo movimiento alguno cuando unas gaviotas flotaron sobre su cabeza y se apoyaron en el barco. Piensa Tampoco estábamos tan lejos de la costa, si hubiéramos empleado todas nuestras fuerzas en regresar, si lo hubiéramos hecho... Se atraganta, el agua le llega hasta el pensamiento, una gaviota lo mira ladeando la cabeza. Piensa Ahora me miras así, como quién está en un hospital y espera al doctor: Tiene cáncer, usted se va a morir en un rato; Piensa Ahora me miras así, como si me quisieras, pero después, cuando desfallezca, disimuladamente harás ver que no me conoces, que no entiendes lo que ha ocurrido, y flotando llegarás para picotearme los ojos, para hurgar en mi boca, buscando lo que a ti te falta y a nosotros nos sobra.
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Hasta el domingo, Madre -dijo él y pensó Nunca es ahora entre nosotros, y siempre hasta el domingo, hasta el viernes, hasta el martes, hasta el mes que viene, hasta el año que viene, pero evitamos cuidadosamente enfrentarnos, nos tenemos miedo el uno al otro, miedo a lo que sentimos el uno por el otro, miedo a decir Te quiero.
António Lobo Antunes
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Things behind the sun
Diagrama del origen y las causas de mis catástrofes amorosas.
- Trece años. En mi cumpleaños recibo como regalo una mochila con ruedas, para no perjudicar más a mi espalda. Problema: soy la primera persona en toda la ciudad, al parecer, que tiene esa clase de mochilas. El recorrido del coche a la escuela es de unos treinta metros. Si tengo suerte, consigo mis compañeros que vuelquen o golpeen la mochila sólo diez veces. Si no tengo suerte, la cifra es insoportable. Y no sólo se trata de la mochila. Se trata también de lo que yo significo con la mochila. Estaban de moda las mochilas Invicta. Los artefactos con ruedas son para idiotas o para discapacitados. Primero yo fui idiota, al parecer, y por esa razón ahora soy discapacitado.
- Ocho años. Mi primo mayor me regala un chicle. Es de fresa. Sin embargo, no me gusta mucho el sabor. Mientras hablamos (él me está enseñando sus músculos, músculos que, por supuesto, yo no tengo, aún) me trago el chicle sin querer. Ups, digo, me he tragado el chicle. Mi primo abre los ojos. ¿Cómo?, dice. Me he tragado el chicle, contesto, me sonrojo. No puede ser, dice. Sí, me lo he tragado. Él está tan serio que no sé qué hacer. No, no, ¡no puede ser!, dice. ¿Qué pasa?, pregunto. ¿Sabes qué pasa si te tragas un chicle?, pregunta. No, digo. Ay, Dios mío (se lleva las manos a la cabeza), ay... ¿Qu...qué pasa?, pregunto. Pues que te vas a morir, dice. Me quedo duro, mirándolo. No hay compasión. Entonces llega mi madre y anuncia que nos vamos a casa. Luego, en el taxi, la miro, cuando me habla no la escucho. Sólo pienso en una cosa. Me da vueltas la cabeza, me obsesiona. Pienso: ¿Y ahora cómo le digo a mamá que me voy a morir hoy? Ni siquiera se me ocurre pensar en qué será de mí, no sé por qué, pero es así: no pienso en mí, el que va a morir, sino en ella, la que va a sobrevivirme.
- Siete años. En casa de mi bisabuela. He visto que antes de que empiece el colegio mis compañeros intercambian cromos. Yo no puedo hacerlo: lo tengo prohibido. Para mí sólo hay los libros estúpidos de Enid Blyton (estúpidos no porque no fueran buenos, sino porque nadie, excepto yo, los leía) y a partir de las cinco de la tarde imposibilidad de ver la televisión. No debo ver puñetazos, ni violencia, ni mierda de esa (y sin embargo, poco después, muere atropellada, surcando los aires, delante de mis narices, una compañera de clase, cuyo cuello revienta contra el asfalto desparramando sangre y otras cosas que desconozco). En casa de mi bisabuela. Mi tío está allí. Tiene gafas que agrandan el tamaño de sus ojos. Siempre he querido más a las personas con ojos grandes. Él es frágil. Me dice que va a bajar al quiosco, que si quiero algo. Le digo que me gustaría el álbum de cromos que tienen mis compañeros. Soy consciente de que me estoy saltando la prohibición, pero mis padres no están allí y no tienen poder. Al cabo de un rato, regresa. Setenta años de delgadez y ojos grandes. Yo, peinado con colonia, parezco un personaje de Charles Dickens. Me regala el álbum. Lo abro y veo que, por desgracia, no es el mismo que manejan mis compañeros de clase. No es el mismo, le digo a mi tío, te has equivocado. Él me pregunta que si quiero cambiarlo. Sí, digo. Él baja. Setenta años, no hay ascensor en casa de mi bisabuela. Sube y baja tres veces con diversos álbumes, nunca acierta a traerme el mismo que tienen mis compañeros de clase. Me permito el lujo de enfadarme con él. Y él no me lo reprocha. Aprendo algo del amor. Y no me gusta.
- Tres años. Estoy en el suelo, soy rubio: suelen confundirme con una chica, todos, casi todos, a menudo, siempre. Hemos ido al zoo. El pie de mi padre está a mi derecha. Grande. Levanto la cabeza poco a poco, siguiendo la línea de sus venas por la pierna, luego su torso y, al final, sus hombros. Me doy cuenta de que sobre sus hombros hay un mono. Tiene un mono sobre los hombros. El mono juega con un chupete, probablemente el mío. Yo estoy en el suelo, he dicho. Quiero decir, mi padre me ha substituido por un mono. El mono es su hijo. Yo no soy nada. Durante un rato. Pero no mucho. No puedo quejarme porque no sé hablar. Desde entonces detesto el paleolítico, me duele la infidelidad.
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El don de la ebriedad
Es una mala época para cambiar. Con qué seguridad de estar cayendo se llega a la verdad, con qué sencillo golpe de grifo el agua brota turbia y poco a poco se aclara -pero tarde, tarde se aclara. Si entré en la comisaría borracho fue porque en realidad me encanta la tristeza de las canciones pop y, de los paisajes, quedarme mirando lo que cambia: las nubes, no la tierra. Mis amigos siempre me habían dicho que mi coche, aún siendo gris metalizado, era rojo. Decían eso porque, según ellos, todos los Seat Ibiza del mundo, en su forma ideal, son rojos, como los Ferrari.
La secretaria de la comisaría dejó de teclear y me miró.
- Quiero poner una denuncia -dije, gangosamente.
- DNI, por favor -dijo. Tenía los rasgos de mi madre, no su fragilidad, sí en cambio ojos verdes, nariz puntiaguda, como hecha para oler y seguir rastros, no para respirar; cosas de ser policía. Le entregué mi tarjeta de residencia. La miró y dijo:
- Oh.
Me incliné sobre el mostrador, por curiosidad y porque estaba demasiado borracho; quizá estaba caducada, o quizá yo ya no me parecía al de la foto, porque algo había cambiado, yo o la fotografía, una de las dos cosas, en todo caso.
- No es usted Español -dijo-. Hablaré poco a poco para que nos entendamos.
Yo le respondí que hablaba perfectamente castellano, que había nacido aquí, en este sitio, a pesar de que mis padres fueran de otra parte.
- ¿Te gusta el sol de España, verdad? -dijo.
- Bueno, yo siempre he vivido aquí -repetí.
- Los extranjeros lo adoráis.
- Yo no soy extranjero.
Se giró hacia mí.
- Bueno, entonces, ¿qué eres?
En verdad, era un pregunta razonable. Podría haber dicho que era un tonto al que le acababan de robar el coche (o haber dicho la misma cosa omitiendo la palabra tonto), o alguien que ha perdido a su novia (perdido en el sentido de haberla dejado escapar, no de haberla abandonado, hubiera añadido después, simpático, para ganarme su compasió), o más bien alguien quien, por perder, ya no tiene nada, ni cuenta bancaria, ni trabajo, ni coche, ni novia (pero que en verdad sí tiene algunas cosas, añadiría después para compensar: una cama, una botella de Absenta en el frigorífico, imbebible por lo demás, y a veces aptitudes poéticas medias).
- Ehm...
- ¿Pero me comprendes cuando te hablo? -dijo ella, frunció el ceño, gesto clásico y policíaco, no aprendido por los crímenes investigados, sino por los cometidos.
- Sí.
- ¿Pues qué quieres denunciar?
- Que me han robado el coche -dije, y la señorita me pidió la matrícula. Casi siempre recordar las cosas que has perdido es lo mismo que recordar las personas que has perdido. Para el amor las personas son cosas, y viceversa, creo. Pues qué mierda. La última vez que estuve en mi Seat Ibiza gris metalizado fue ayer. Salí de Madrid y en veinte horas llegué a la Piazza Spagna de Roma. Allí me tomé un macchiato, como se suele decir, y cogí el teléfono y llamé a Marcela y le dije:
- Marcela.
- ¿Qué quieres?
- Te llamo desde Roma. Vuelve conmigo.
- ...
- Estoy en Roma.
- Sí, claro, y yo en Vietnam-dijo, y colgó.
Después de cinco minutos en la Piazza Spagna y sin haber terminado el macchiato (ni haberlo pagado), regresé a Madrid. Imagino que poco después de aparcarlo, me lo robaron. Porque al día siguiente ya no estaba allí y sí había, en cambio, un bar, en el que me serví imprudentemente varias copas de diverso color, pero sabores aproximadamente parecidos.
-8921 CJX -dije. Es, perdón, era una matrícula curiosa, porque si ponías el 89 y, justo debajo, el 21, y los sumabas, el resultado era 110. Esa clase de detalles son los que hacen que amemos las cosas, digo, las personas.
- Me lo han robado -añadí, gangosamente, porque estaba borracho y no por querer ser claro.
- Ya te he comprendido -dijo la secretaria-, a pesar de tu acento inglés.
- De borracho, no inglés, querrá decir usted.
- ¿Qué?
- Nada -pura y puñetera humillación, todo, desde sembrar los campos hasta entregar el corazón, riesgo y guadañas apretadas en los cuellos, rasguños por la mañana, mosquitos pegados en la pared, llenos, empachados de sangre, la mía, que nadie más que un insecto chupará jamás.
- Bien -dijo ella- ¿De qué color era el coche?
- ¿Perdón? -dije yo, que estaba tratando de combatir contra el hipo.
- Que de qué color era el coche.
- Pues rojo -dije-, ¿de qué otro color va a ser?
Porque eso es lo que decían mis amigos de mi coche, que aún siendo gris metalizado, ellos lo pensaban rojo. O porque eso es precisamente lo que nos hace sufrir y perseverar en lo que ya ha pasado: que recordamos las cosas como nos gustaría que hubieran sido, y no como fueron de verdad.
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Y por eso se mató, pensaba, porque un ser humano que ha hecho sólo de sueños y cuentos de hadas el contenido de su vida no puede sobrevivir en este mundo, pensaba.
Thomas Bernhard
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Primer beso
[Divertimento]
A ver niño, ¡te he dicho Ya! ¡... L, L, A! Lla!
Anónimo de Cádiz
Laura Floccari, se llamaba, y ahora su nombre yace en mi memoria como un monstruo sin cara, como un plato limpio en un aparador, Laura Floccari. Ceceaba, tenía nariz grande, judía, y cuando se reía esa misma nariz se convertía en un gancho, y me atrapaba.
Pero nosotros nos conocimos arriba, en los Pirineos, en el verano del noventa y cuatro, en el campamento de los Boys-scouts. Un buen día, buscando magnolias, se acercó y decidió ser mi novia. Luego, en el cenáculo público, ante los demás jóvenes, lo anunció alzando su copa de agua en el aire. Él y yo zomoz novioz, anunció, porque ceceaba.
La más bella, eso era y eso pensaba yo mientras la conducía hacia mi litera, después de la cena. Nos tumbamos y tocó mis manos. Tienez diez dedoz, dijo, tonteando conmigo. Entonces yo traté de besarla, acercándome, sigilosamente, en la penumbra y con la chimenea pirenaica crepitando. Pero ella deslizó su mano sobre la boca, cubriéndosela, y dijo: No bezoz. Y cogió mis manos otra vez y dijo: Diez dedoz, y se rió, entrelazándose, y matándome un poco.
A la mañana siguiente yo estaba atribulado, en el río. Pescábamos truchas y necesitaba un confesor, alguien a quién contar mis experiencias amorosas; los peces no picaban, giraban alrededor del anzuelo, pero no alcanzaban a dar con el cebo, en órbitas y eclipses, o quietos; yo necesitaba un confesor.
Y por allí andaba Natalia Cabañero, buscando ranas, una pequeña niña, bizca, más bien anfibia, con ojos acuáticos y piel mineral. Llamé a Natalia Cabañero y le expuse mi desgracia. Laura Floccari se niega a besarme, le dije, y pasa toda la noche contando los dedos de mis manos y tocando mi ombligo, todo el rato toca mi ombligo, dice que eso es masturbación umbilical, pero yo no siento nada. Qué debo hacer, Natalia Cabañero, tú sabes del amor más de lo que es naturalmente aceptable, y en tu nombre está incluida la palabra cabaña, qué quiere decir eso, no lo sé, pero por eso te pregunto a ti.
Ella sonrió y descubrió unos dientes insignes cubiertos por aparatos metálicos. Tal era su conocimiento del amor que su boca era un artefacto mejorado artificialmente para los besos y las lenguas. Y esa manera de bizquear le permitía ser doblemente seductora, así podía desear labios y ojos, simultáneamente, como los pájaros, y tenía pupilas cuadradas, como los pulpos.
Natalia me reveló que la solución para consumar mi amor con Laura Floccari era darle celos, y que para ello ella misma ofrecía su ayuda a cambio del postre de una semana, y del desayuno y de dos piedras brillantes de los ríos. Acepté el trato y nos citamos esa noche en los alrededores de mi litera. Dijo que invitara a Laura y a otros amigos, con el pretexto de una fiesta de pijamas.
Seguí sus instrucciones. Era de noche, jugábamos al parchís, Laura iba vestida con un pijama de flores silvestres y olía a rocas y a abetos y yo la deseaba profundamente, la amaba, quiero decir. Pero cuando me giré hacia ella con labios dispuestos, volvió a decir: No bezoz. Entonces alguien llamó a la puerta y apareció Natalia Cabañero, con un pijama obsceno y los labios pintados con algo oscuro, betún, quizá, o restos de ceniza. Con su cintura de bailarín parecida a una copa de Martini. Se sentó a mi lado. Con un ojo me miró amatoriamente y con el otro miró a Laura severamente.
Seguimos jugando al parchís, la situación era tensa, a mi izquierda, mi presente novia, que me negaba los besos; a la derecha, la insondable y nigromante Natalia, que había prometido instruirme en la táctica del amor. Y yo, en medio, sin saber nada.
Me dejé llevar, ese fue el error. Natalia Cabañero cogió mi cara súbitamente e implantó en mis labios sus prótesis dentales, girando, atornillándose, ante los ojos terriblemente abiertos de mi novia de los Pirineos, Laura Floccari. El beso sabía a golondrinas muertas. Mi primer beso. Al dejar de besarme me giré hacia mi amada, sonriente. Pues ya le hemos dado celos, pensé, alegremente, y ahora se va a consumar nuestro amor latente.
Pero Laura se levantó bruscamente y en un italiano pobre y arcaico me llamó Fascista y filisteo, porco cane, insultos por el estilo, pusilánime, o tontiloco y salió corriendo de allí.
Pero qué pasa aquí, dije yo, desconcertado. Natalia Cabañero se encogió de hombros y me confesó que, después de todo, tampoco sabía tanto de los mecanismos del amor, y se puso a hacerse una coleta.
Yo me levanté y salí corriendo de la cabaña. El frío, terrible, me rodeaba. Y entre los árboles vi a mi amor, mi único amor, Laura Floccari, corriendo hacia las montañas. ¡Laura!, le grité, ¡Laura! Pero ella corría, escapándose, enloquecida, destruida, desterrada, con su corazón roto. ¡Laura! Corrí yo también, tras ella. Corríamos los dos por el bosque, tropezando. Corríamos.
Al final la alcancé. La detuve. ¡Laura, mi amor, espera! Me dio una bofetada. Cómo confesarle, en medio de los Pirineos, que quería casarme con ella. Cómo. Me agaché y cogí un copo de nieve. Yo solo te amo a ti, Laura, le dije, yo quiero besarte todas las noches, para siempre, Laura, para siempre hasta en el ataúd postrero y en las guerras civiles. Contigo es fácil imaginarnos bailando zarzuelas con angustiosa exactitud en la plaza mayor. Le ofrecí el copo de nieve que había en mi mano. Toma, le dije. Pero cuando estiré la mano, me di cuenta de que el copo se había deshecho, de que en mi mano sólo había agua, y de que en los ojos de Laura estaba el hielo, y de que en los ojos de Laura Floccari estaban todas las nieves perennes de este mundo, y de todos los mundos, para siempre.
Pero nosotros nos conocimos arriba, en los Pirineos, en el verano del noventa y cuatro, en el campamento de los Boys-scouts. Un buen día, buscando magnolias, se acercó y decidió ser mi novia. Luego, en el cenáculo público, ante los demás jóvenes, lo anunció alzando su copa de agua en el aire. Él y yo zomoz novioz, anunció, porque ceceaba.
La más bella, eso era y eso pensaba yo mientras la conducía hacia mi litera, después de la cena. Nos tumbamos y tocó mis manos. Tienez diez dedoz, dijo, tonteando conmigo. Entonces yo traté de besarla, acercándome, sigilosamente, en la penumbra y con la chimenea pirenaica crepitando. Pero ella deslizó su mano sobre la boca, cubriéndosela, y dijo: No bezoz. Y cogió mis manos otra vez y dijo: Diez dedoz, y se rió, entrelazándose, y matándome un poco.
A la mañana siguiente yo estaba atribulado, en el río. Pescábamos truchas y necesitaba un confesor, alguien a quién contar mis experiencias amorosas; los peces no picaban, giraban alrededor del anzuelo, pero no alcanzaban a dar con el cebo, en órbitas y eclipses, o quietos; yo necesitaba un confesor.
Y por allí andaba Natalia Cabañero, buscando ranas, una pequeña niña, bizca, más bien anfibia, con ojos acuáticos y piel mineral. Llamé a Natalia Cabañero y le expuse mi desgracia. Laura Floccari se niega a besarme, le dije, y pasa toda la noche contando los dedos de mis manos y tocando mi ombligo, todo el rato toca mi ombligo, dice que eso es masturbación umbilical, pero yo no siento nada. Qué debo hacer, Natalia Cabañero, tú sabes del amor más de lo que es naturalmente aceptable, y en tu nombre está incluida la palabra cabaña, qué quiere decir eso, no lo sé, pero por eso te pregunto a ti.
Ella sonrió y descubrió unos dientes insignes cubiertos por aparatos metálicos. Tal era su conocimiento del amor que su boca era un artefacto mejorado artificialmente para los besos y las lenguas. Y esa manera de bizquear le permitía ser doblemente seductora, así podía desear labios y ojos, simultáneamente, como los pájaros, y tenía pupilas cuadradas, como los pulpos.
Natalia me reveló que la solución para consumar mi amor con Laura Floccari era darle celos, y que para ello ella misma ofrecía su ayuda a cambio del postre de una semana, y del desayuno y de dos piedras brillantes de los ríos. Acepté el trato y nos citamos esa noche en los alrededores de mi litera. Dijo que invitara a Laura y a otros amigos, con el pretexto de una fiesta de pijamas.
Seguí sus instrucciones. Era de noche, jugábamos al parchís, Laura iba vestida con un pijama de flores silvestres y olía a rocas y a abetos y yo la deseaba profundamente, la amaba, quiero decir. Pero cuando me giré hacia ella con labios dispuestos, volvió a decir: No bezoz. Entonces alguien llamó a la puerta y apareció Natalia Cabañero, con un pijama obsceno y los labios pintados con algo oscuro, betún, quizá, o restos de ceniza. Con su cintura de bailarín parecida a una copa de Martini. Se sentó a mi lado. Con un ojo me miró amatoriamente y con el otro miró a Laura severamente.
Seguimos jugando al parchís, la situación era tensa, a mi izquierda, mi presente novia, que me negaba los besos; a la derecha, la insondable y nigromante Natalia, que había prometido instruirme en la táctica del amor. Y yo, en medio, sin saber nada.
Me dejé llevar, ese fue el error. Natalia Cabañero cogió mi cara súbitamente e implantó en mis labios sus prótesis dentales, girando, atornillándose, ante los ojos terriblemente abiertos de mi novia de los Pirineos, Laura Floccari. El beso sabía a golondrinas muertas. Mi primer beso. Al dejar de besarme me giré hacia mi amada, sonriente. Pues ya le hemos dado celos, pensé, alegremente, y ahora se va a consumar nuestro amor latente.
Pero Laura se levantó bruscamente y en un italiano pobre y arcaico me llamó Fascista y filisteo, porco cane, insultos por el estilo, pusilánime, o tontiloco y salió corriendo de allí.
Pero qué pasa aquí, dije yo, desconcertado. Natalia Cabañero se encogió de hombros y me confesó que, después de todo, tampoco sabía tanto de los mecanismos del amor, y se puso a hacerse una coleta.
Yo me levanté y salí corriendo de la cabaña. El frío, terrible, me rodeaba. Y entre los árboles vi a mi amor, mi único amor, Laura Floccari, corriendo hacia las montañas. ¡Laura!, le grité, ¡Laura! Pero ella corría, escapándose, enloquecida, destruida, desterrada, con su corazón roto. ¡Laura! Corrí yo también, tras ella. Corríamos los dos por el bosque, tropezando. Corríamos.
Al final la alcancé. La detuve. ¡Laura, mi amor, espera! Me dio una bofetada. Cómo confesarle, en medio de los Pirineos, que quería casarme con ella. Cómo. Me agaché y cogí un copo de nieve. Yo solo te amo a ti, Laura, le dije, yo quiero besarte todas las noches, para siempre, Laura, para siempre hasta en el ataúd postrero y en las guerras civiles. Contigo es fácil imaginarnos bailando zarzuelas con angustiosa exactitud en la plaza mayor. Le ofrecí el copo de nieve que había en mi mano. Toma, le dije. Pero cuando estiré la mano, me di cuenta de que el copo se había deshecho, de que en mi mano sólo había agua, y de que en los ojos de Laura estaba el hielo, y de que en los ojos de Laura Floccari estaban todas las nieves perennes de este mundo, y de todos los mundos, para siempre.
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Pizarnik
Y tú me hablabas de las cebollas que teníamos que comprar, de lo caro que era el autobús hasta Barcelona; y tú me hablabas de la suciedad de los mendigos, tan inconstitucional, de esa manía que tenían en las tiendas de abusar del aire acondicionado. Y yo sólo te hablé una vez. Cómo decirte con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome, te dije. Y en ese momento una chica que había delante de nosotros se giró y me dijo: Pizarnik; y siguió adelante, tomó otra calle, a la derecha o a la izquierda, no lo sé, pero quizá hubiera sido importante prestar atención a ese detalle, pienso ahora, cuando levanto la cabeza, hubiera sido importante, y te veo tumbada en el sofá, sabiendo que no me odias, pero que yo te doy igual.
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