[Reescritura]
- Viví en Barcelona y trabajé en sus fábricas –dijo-. Allí fui tan feliz, en la calle Entença, y luego Aribau; Escudellers.
Cuando se fabrica una escoba se generan residuos. Cuando se fabrica y se utiliza una lavadora, se generan residuos. La suma algebraica entre la polución generada y la limpieza generada se decanta claramente hacia lo bruto, la devastación ozónica de la atmósfera.
- Y ahora estoy aquí, en Salamanca –decía-, y he visto pasar hasta cuatro generaciones de estudiantes y he visto llegar a la ciudad a jóvenes, mocosos inútiles que llenaban los bares y las discotecas. Aquí no hay nadie que tenga entre 28 y 38 años. Me voy a fumar un porro. Adiós.
Nos levantamos.
- ¿Y ahora qué? –le dije al amigo que me quedaba (el otro se marchaba tambaleándose a lo lejos).
- Vamos a visitar a Hugo –dijo mi amigo-. Está solo en el hotel. Trabajando.
- ¿Entonces?
- El hotel tiene jacuzzi. Es de noche. Podemos bañarnos sin que nadie se entere.
- Pero no tengo traje de baño.
- Pero puedes bañarte desnudo.
- …
- ¿No?
No entraba dentro de mis posibilidades en ese momento, esa noche, quiero decir, esa noche fría, esa noche en la que estaba devastado por otras cosas y con un nudo en el estómago.
- ¿Sabes lo que pienso de ella? –dijo mi amigo en relación con mi nudo en el estómago tras beber un sorbo de su copa.
- Qué.
- Que te subestimaba.
Nos levantamos y fuimos paseando hacia el hotel donde trabajaba Hugo. Antes nos paramos junto a unas ruinas. A lo lejos había ventanas iluminadas, aunque fuera ya de madrugada. Llamamos por teléfono a nuestra musa, las ventanas iluminadas correspondían a su casa. Debía de estar despierta. Pero no contestó al teléfono. Así que bajamos solos hasta el hotel. En la recepción estaba Hugo, el de ojos grandes. Era el recepcionista nocturno. En cada repisa de ese hotel había un cuenco con caramelos. Los caramelos de fresa no sabían a fresa.
- No os podéis bañar en el jacuzzi –anunció Hugo.
- ¿Por qué? –dijo mi amigo.
- Porque está vacío.
- ¿En serio?
- Tuvo tiempos mejores. En el pasado.
- …
- Pero podemos tomar Vodka, si eso os complace –dijo Hugo-. Vodka con zumo de naranja.
Bajamos al sótano, donde estaban ya dispuestas las mesas para el desayuno del día siguiente, ordenadas las tazas a la espera de la devastación de la mañana, el engullimiento de los inquilinos. Nadie mide el tiempo en latidos, excepto los que han perdido algo. Y esos días desayunar cada día, o comer o cenar, era algo así como afilar un lápiz, un reducirse continuo hacia la inconsciencia, la desaparición entre lo sucio.
- Salgamos al patio –dijo Hugo con la botella de Vodka en la mano. En el patio soplaba el viento y se oía una televisión y gritos ahogados arriba, entre las azoteas.
- Pasan cosas paranormales aquí –dijo Hugo-. La señora de la limpieza está aterrada.
- ¿Por qué? –pregunté.
- No se atreve a limpiar la habitación 23. Es una habitación abuhardillada, imposible de limpiar en sus esquinas. Dice que hay fantasmas.
- ¿Los hay?
- Bueno –dijo Hugo-. Durante la semana del viento, en febrero, vi pasar una sombra mientras esperaba en la recepción.
Ser barrendero o encargado de un bar es como ser Sísifo, al día siguiente toda piedra que subimos está en la parte baja de la montaña. La suciedad lo inunda todo. Me inquieta que la obra cumbre de las aspiradoras no pueda durar más que unas horas.
Y bebíamos Vodka con zumo de naranja, balanceándonos en las sillas del patio, a oscuras, para no despertar a los inquilinos del hotel.
- Ella nunca te quiso –repitió mi amigo, y Hugo lo miró asintiendo.
- Una vez –empezó Hugo- amé a alguien. Recuerdo que caí en la locura. De la que aún no he salido, por cierto –risas-. Ella y yo nos veíamos entre semana porque los fines de semana apagaba el móvil y desaparecía. Recuerdo que me gritaba siempre al oído que yo no le importaba, que mis cosas no le importaban, y por eso mismo, yo cada día la amaba, la necesitaba más. El último día que la vi había ido a buscarla a su casa. Estaba esperando a que bajara, en la calle. Recuerdo que su portal tenía dos puertas, la segunda cubierta de cristales translúcidos. El último día que la vi ni siquiera llegué a verla. Vi, en cambio, a través de los cristales translúcidos las ascuas de un cigarrillo y una mano que lo sostenía, y ese cigarrillo de pronto de movió de izquierda a derecha, violentamente; eso veía yo, la tenue luminaria del cigarrillo sostenido por una mano, moviéndose de izquierda a derecha. Entendí que era ella, mi novia, y que me estaba haciendo una señal. Márchate, quería decirme a través del vidrio translúcido. Ni siquiera vi su rostro el último día que la vi. Me marché y todo se acabó, así, con dos puertas de por medio, una sencilla mano que ahuyenta, el brillo impreciso de la ceniza al caer contra el suelo. Me volví loco –sentenció.
Luego se quedó ensimismado. Apenas hablábamos ya, en la oscuridad. Fumábamos.
- Mirad todo esto –dijo Hugo antes de que nos marcháramos-. Incluso cuando no hay nadie las cosas se ensucian. Por la noche, en la quietud, las cosas se ensucian, joder.
En la calle hacía frío. Pasamos junto a las ruinas y vimos, otra vez, a lo lejos, la ventana de nuestra musa. La luz estaba encendida. Así que llamamos al timbre. Estaba despierta.
- Subid –dijo ella por el interfono con voz de ultratumba, y mi pecho estaba herido de amor, pero no por ella, nuestra musa, sino por otra que ya no estaba, que se había marchado.
Lo primero que vimos de su apartamento, al subir, fue el desorden. Dos gatos se mordían las patas.
- ¿Cuánta gente vive aquí? –Preguntó mi amigo-. ¿Te has echado un novio o qué? Demasiadas cosas para una sola persona.
Y sentarse en su sofá significaba llenarse de pelos de gato. Por lo demás, era un sofá incómodo. Los libros se amontonaban, había motivos decorativos clavados en las paredes, papeles, polvo en el reflejo del televisor, restos removidos de cactus en las macetas y agujas y comida por todas partes. Ella apareció con su cadera torneada bajo el arco de la puerta.
- ¿Cómo me venís a visitar tan tarde? –preguntó.
Pero no contestamos.
- ¿Queréis que os cocine unas croquetas? –preguntó.
Eran las cuatro de la mañana, pero sí, queríamos croquetas. Ya no había horarios que valieran. El sol no servía para medir nada. Hacía semanas que no veíamos a nuestra sombra. Y quizá era eso lo que no ponía tan tristes.
Mi amigo se tambaleaba. Exceso de Vodka. Yo fumaba mirándome en el polvoriento reflejo del televisor. Apenas había conversación
- ¿Sabes qué? –le dije al final a nuestra musa, que llevaba un rato ocupada en la cocina.
- ¿Qué?
- Aquí mismo –empecé-, aquí, hace apenas tres semanas, fui amado por una chica, locamente, en este mismo sofá; me besaba la oreja, se abalanzaba contra mí, nuestro sistema magnético aún no había sufrido la inversión de los polos, en este sofá, recuerdo su lengua y lo que después me dijo al oído, y cómo esas palabras vibraban –callé un momento-. Y ahora estoy aquí, otra vez, pero solo, con vosotros, esperando unas croquetas. Y sus palabras, las de ella aquella vez, aún vibran dentro de mí.
- ¿Y sabes qué? –dijo ella.
- Qué.
- Que las croquetas se han quemado. Pero podemos comerlas igualmente.
Acercó la sartén y nos las mostró. Una especie de óvalos negros tiritaban entre burbujas de aceite.
- Si algo tiene que quemarse –dijo mi amigo, borracho-, es mejor que sea con la alegría de un incendio, súbitamente, y no con el insípido ennegrecimiento paulatino, entre el aceite y sin espectacularidad.
- …
- Toda destrucción la quiero en piras gigantescas o bosques de hectáreas infinitas –sentenció.
- Ha bebido mucho –dije.
- Sí, he bebido mucho, pero ¿sabes qué? –contestó él.
- ¿Qué?
- Que ella te subestimaba. Y además no te quería.
- A la mierda –dije y cogí una croqueta quemada. No sabía mal. Detrás de lo incinerado había algo, un sabor que recordaba al atún, vagamente, no extinguido. Pero extinguiéndose. Y ella, nuestra musa, nos miraba con grandes ojos fijos, enfocados en nuestras bocas. Su casa era un imperio de objetos desordenados. No explicó el motivo de todo aquel desorden. Pero hubo un motivo. En el pasado.
Se encogió de hombres. Y mientras tragábamos las croquetas quemadas, dijo algo, y eso quizá explique por qué era nuestra musa:
- Hubo un tiempo en el que la tierra giraba más deprisa, pero hoy nadie se pregunta por qué frenamos. Hubo un tiempo en que había muchos volcanes, pero hoy nadie se pregunta por qué cada vez son menos. Y ahora los alpinistas suben a las cimas de los volcanes que quedan, inactivos. Y lo que encuentran allí son pequeños lagos inmóviles, ni siquiera congelados, donde cada ola ni siquiera es una ola, sino un pequeño temblor que busca algo y que no lo encuentra, como quien abre los ojos mucho después, y trata de levantarse, pero no puede, porque sobre su cabeza ya pesan más de dos metros de tierra, mezclada, revuelta, fangosa y dura, inquietantemente oscura.


