Mi madre siempre me aseguró que había dos formas de amarse, el amor de aquellos que se tomaban de la mano y emprendían el duro ascenso de una montaña, o el amor de aquellos que se tomaban de la mano y se arrojaban montaña abajo. Cuando yo le preguntaba si no existía alguna otra posibilidad, mi madre me obsequiaba una sonrisa triste de pastillas y balbuceaba un "Claro que sí: hacer volar la montaña por los aires con una buena carga de trotyl y que todo se vaya a la reverendísima mierda".

Rodrigo Fresán

La despedida



Puesto que este era el final, y considerando que un final tiene que ser bueno, y si no es bueno, no es el final aún, convenimos en hacer una cena de despedida. En su casa, como no, puesto que la mía se hallaba en estado de demolición; y con sus padres, como no, puesto que los míos, habiéndome desheredado, hacía tiempo ya que se habían trasladado a cabo Polonio, al sur y lejos.
Me desperté ya por la tarde y, observándome en el espejo, vi cómo la piel de la cara se me caía a trozos y vi cómo ya no tenía cepillo de dientes -porque alguien me lo había robado- y cómo la lavadora estaba ocupada -por lo tanto no tenía ropa limpia- y cómo temblaban mis piernas cuando pensaba en ella -por consiguiente, no la había olvidado. Resolví, pues, de manera reflexionada, llamar a un amigo, el único que me quedaba en la ciudad, de nombre Benigno y de apodo Benigno.
Benigno, le dije, puesto que yo me veo imposibilitado, puesto que todo son señales que me rodean y me anuncian algo, y puesto que yo soy surrealista desde que leí a André Bretón en la adolescencia, convengo en que todo está muy claro: no debo asistir a la cena de despedida. En consecuencia, Benigno, ya que yo me veo bloqueado y reducido, te pido que asistas tú a la cena de despedida. Hazte pasar por mí. Di que tú eres yo, que tus labios son los míos, por si se tercia la ocasión de avanzar, y que tus pies son los míos, por si hay que escapar. Porque yo no la quiero volver a ver nunca más. Y, escucha esto, Benigno, pase lo que pase, a las 23:30, te marchas de casa y la dejas sola. Pase lo que pase.
Así fue como Benigno, vestido de smoking según la convención, acudió al día siguiente a la dirección que yo le había dicho. Incluía como estandarte un manojo de flores silvestres recogidas en el parque, una corbata chillona de su padre y un peinado con gomina de precisas curvas.
Llamó a la puerta, y dio la casualidad de que fue ella, precisamente ella, la culpable, quién abrió. Quién eres dijo ella. Soy Víctor, dijo Benigno, ¿ya no me reconoces?
Tú no eres Víctor.
Y por qué no, dijo él, si llevo una novela bajo el brazo, tengo una peca en la mejilla y camino agitando los brazos, así, como ves, agitándolos -y de esta manera irrumpió en la casa, con un movimiento de brazos y caminó por el pasillo hasta el fondo y abrió una puerta y la volvió a cerrar, era la puerta equivocada.
No eres Víctor, resolvió ella.
Su madre acudió al vestíbulo. Soy Víctor, dijo Benigno, he estado unos días en la playa y ya no soy reconoscible, pero soy yo, o acaso ya no recordáis las anteriores veladas, cuando éramos pobres, felices, muy amantes, y a la vez no lo suficiente.
Es cierto, dijo la madre, en el fondo de ti reconozco a Víctor, pasa pues, que la mesa está dispuesta.
No sin antes darle un beso a la dama, dijo Benigno, y acosó a la hija con los labios estrechamente cerrados. El beso se produjo en la mejilla, el olor, el de ella, penetró en su nariz. Cómo no amarla, a ella, la que usaba cada día una colonia distinta para confundir a los depredadores, para transformarlos de golpe en presa.
En la mesa de la cocina estaba el padre, que en cualidad de profesor de matemáticas, no fue capaz de distinguir las diferencias entre el verdadero Víctor y el apócrifo. Todo son líneas, y si no lo son, se trata de superficies, campos magnéticos apenas perceptibles. De momento es suficiente con intuir la verdad, o con profetizarla.
He hecho cocido, dijo la madre llenando el plato de Benigno, que sin esperar a nadie comió con una mano y con la otra buscó bajo la mesa las ilusorias piernas de la hija, bien formadas, una vez, en una barriga, anteriormente.
No encontrándolas, sacó la mano del interior de la mesa y se mesó el pelo.
¿Qué has hecho estos días, Víctor?, preguntó la hija, aún dudando de la autenticidad de aquel Víctor, más gordo, más moreno.
Escucha este silogismo, querida mía. La piedra es de mármol, tus ojos son de piedra, por lo tanto tus ojos son mármoles de Carrara, antiguas pruebas del taller de Miguel Ángel; oh tú, si yo fuera una prisión, tú serías un teléfono. Y aunque no me llamaras yo acudiría a los listines telefónicos, y te buscaría, buscaría tu nombre que presiente la oscura golondrina de los anillos que portas; me habían dicho, o creo recordar, que tus pechos eran más grandes.
¿Cómo?, dijo ella, la habilidad retórica la había desconcertado.
Pero el padre la interrumpió. La matemática posee la condición de la eternidad, dijo mientras tomaba cocido, y eso quiere decir que el conocimiento, en sí mismo, tiende hacia el infinito, con lo cual yo me sirvo un vaso de agua y me lo bebo y sé que siempre habrá un grifo para volver a llenarlo; así que, hija: lléname el vaso.
Ella se levantó y Benigno pudo observar la falda, no bien estampada pero bien ceñida, no bien escogida pero oscuramente curva. La manifestación de las curvas remitía a las carreras de caballos y de coches y de motos, a los astros que giran y a los asteroides que explotan por todas partes; suicidarse allí mismo no era una posibilidad, sino una obligación.
Estoy enamorado de su hija, anunció Benigno a los padres. Pero como la madre tenía la boca llena hubo un ligero atragantarse pero no contestación. Sí, en cambio, habló el padre, remitiéndose vagamente al teorema de Pitágoras para concluir que en el amor, como en los triángulos rectángulos, ambos catetos deben ser iguales si queremos que la hipotenusa tenga alguna clase de sentido.
Pero tú no eres Víctor, dijo ella.
Sí que lo soy, y aunque no lo fuera, ¿eso qué cambia?, si me abandonaste hace dos semanas por un hombre de empresa y con futuro, ¿eso qué cambia?, si esta es la noche de nuestra despedida, noche aciaga, nunca más nos veremos, nunca más habrá un cruce de miradas, ni siquiera una cercanía, ni un tren, ni una casa con patio y piscina comunitaria, hijos, nietos, o ronroneo de gatos en la ancianidad de los balancines; si no habrá viajes por el mundo, ni por tu interior, si me abandonaste. Ya no me quieres. Estoy desolado, concluyó Benigno.
Ella se ruborizó. Tin tin de vasija, de tenedores contra el plato, ascensión brutal de un silencio desde la barriga hasta el reloj de la repisa, crujido de ratas devorando, ampliación de los muebles y temblor de cristales, cualquier cosa recordaba a las canciones una vez bailadas, en antros, en discotecas lujosas; cualquier cosa recordaba al fragor de las olas, a su punta espumosa, al desvanecerse del vaho por la mañana.
Bueno, dijo ella, Víctor y yo nos vamos a la habitación.
Pero si no habéis terminado de comer, dijo la madre. Y yo aún diría más, dijo el padre, puesto que no existe ecuación simple que no pueda ser resuelta, me pregunto por qué la comida se queda en los platos, inconclusa, por qué las puertas no se cierran del todo, o bien para qué sirven las estanterías.
Fuimos a su habitación. Eran las 23:15. En 15 minutos Benigno debía desaparecer. Ella se tumbó en la cama y escrutó a Benigno. Has cambiado, Víctor, ya no eres el mismo, dijo. Tenía la curiosidad del Boy-scout, es decir, ninguna, sus palabras eran falsas, hablaba por hablar, como cuando amó por amar, en el pasado.
No te mentiría, empezó Benigno, si te digo que me recorre un escalofrío. Es cierto, he cambiado, ya no soy el que era ayer, pero venga, despídete de mí. (Si te atreves).
¿No nos veremos más?
No.
¿Nunca más?
Lo dudo profundamente. Di unas últimas palabras o haz el amor conmigo.
Ella se incorporó y encendió una vela. Se quedó pensativa. He estado pensando mucho, dijo finalmente.
¿Y qué has pensado?
(continuará... o no)






Nuestro propio planeta, por el cual los filósofos tienen tendencia a mostrar un interés parroquial y excesivo, fue otrora demasiado caliente para albergar vida, y con el tiempo será demasiado frío. Después de siglos durante los cuales la tierra produjo inofensivos trilobites y mariposas, la evolución progresó hasta el punto de engendrar gentes como Nerón, Gengis Kan y Hitler. Ello, sin embargo, es una pesadilla pasajera; con el tiempo, la tierra será nuevamente incapaz de cobijar vida y la paz volverá

Bertrand Russell


El pasado


Yo viví en Barcelona y trabajé en sus fábricas, me decía, allí fui tan feliz, en la calle Entença, y luego Aribau; Escudellers.
Toda herramienta de limpieza genera residuos en su proceso de fabricación. La suma algebraica entre polución generada y limpieza generada se decanta claramente hacia lo bruto, la devastación ozónica de la atmósfera, y el caos se parece a las lavadoras y los lavavajillas.
Y ahora estoy aquí, decía, y he visto pasar hasta cuatro generaciones y he visto llegar a la ciudad a jóvenes, mocosos inútiles que llenaban los bares y las discotecas. Aquí no hay nadie que tenga entre 28 y 38 años. Me voy a fumar un porro.
Nos levantamos. Y ahora qué, le dije al amigo que me quedaba (el otro se marchaba tambaleándose a lo lejos). Vamos a visitar a Hugo, que está solo en el hotel, trabajando, dijo él, y tiene un jacuzzi y nos podemos bañar. Pero no tengo traje de baño, le dije. Pero puedes bañarte desnudo, ¿no?.
Es posible, aunque no entraba dentro de mis posibilidades en ese momento, esa noche, quiero decir, devastado por otras cosas y con un nudo en el estómago. ¿Sabes lo que pienso de ella?, me dijo, en relación con mi nudo en el estómago. Qué, dije.
Que te subestimaba.
Entonces estábamos junto a unas ruinas y llamamos por teléfono a nuestra musa, la ventana de su casa estaba encendida, y por lo tanto ella estaba despierta. Pero no contestó al teléfono. Así que bajamos solos hasta el hotel. Allí estaba Hugo, el de ojos grandes. Trabajaba de recepcionista nocturno. En cada repisa había un cuenco con caramelos, y los caramelos de fresa no sabían a fresa.
No os podéis bañar en el jacuzzi, anunció Hugo. Está vacío. Tuvo tiempos mejores. En el pasado. Pero podemos tomar Vodka, si eso os complace, con zumo de naranja. Y bajamos al sótano, donde estaban ya dispuestas las mesas para el desayuno del día siguiente, ordenadas las tazas a la espera de la destrucción y el engullimiento. Nadie mide el tiempo en latidos, excepto lo que han perdido algo. Y esos días desayunar cada día, o comer o cenar, era algo así como afilar un lápiz, un reducirse contínuo hacia la inconsciencia atómica.
Salgamos al patio, dijo Hugo, y allí soplaba un viento y se oía una televisión y gritos ahogados arriba, entre las azoteas, y la droga no era suficiente para descompensar la armonía de las líneas, el brillo del parquet.
Pasan cosas paranormales aquí, dijo Hugo, la señora de la limpieza está aterrada. No se atreve a limpiar la habitación 23, abuhardillada, imposible de limpiar en sus esquinas y dominada por una presencia fantasmal. Durante la semana del viento, en febrero, dijo, vi pasar una sombra mientras esperaba en la recepción. Es raro ser el encargado de la limpieza, suerte que sólo soy recepcionista. Ser barrendero es como ser Sísifo, al día siguiente toda piedra que subimos está en la parte baja de la montaña. La suciedad lo inunda todo. Me inquieta que la obra cumbre de las aspiradoras no pueda durar más que unas horas.
Y bebíamos Vodka con zumo de naranja, balanceándonos en las sillas y a oscuras, para no despertar a los inquilinos del hotel. Ella nunca te quiso, me dijo mi amigo, y Hugo lo miró asintiendo. Una vez, dijo Hugo, amé a alguien. Recuerdo que caí en la locura, de la que aún no he salido, por cierto. Ella y yo nos veíamos entre semana. Los fines de semana apagaba el móvil y desaparecía. Me gritaba siempre al oído que no le importaba nada de lo mío, y por eso yo cada día la amaba más. El último día que la vi había ido a buscarla a su casa. Esperaba a que bajara, en la calle. Su portal tenía dos puertas, la segunda cubierta por cristales translúcidos. El último día que la vi ni siquiera llegué a verla. Vi, en cambio, a través de los cristales translúcidos las ascuas de un cigarrillo, y una mano que lo sostenía, y ese cigarrillo de pronto se movió de izquierda a derecha, violentamente; eso veía yo, la tenue luminaria sostenida por una mano, moviéndose de izquierda a derecha. Entendí que era ella y que me estaba haciendo una señal. Márchate, quería decirme. Ni siquiera vi su rostro el último día que la vi. Me marché y todo se acabó, así, con dos puertas de por medio, una sencilla mano que auyenta, el brillo impreciso de la ceniza al caer contra el suelo. Me volví loco, dijo Hugo.
Luego se quedó ensimismado. Apenas hablábamos ya, en la oscuridad. Fumábamos. Mirad todo esto, dijo Hugo antes de que nos marcháramos. Incluso cuando no hay nadie las cosas se ensucian. ¿Con qué grado de uniformidad está distribuida la energía en este mundo? Es una buena pregunta. Cuanto mayor sea la uniformidad, mayor será la entropía y también es conveniente saber que... ¿Eh?
Nos habíamos marchado de allí. Al salir, entre las ruinas, vimos otra vez, a lo lejos, la ventana de nuestra musa. La luz estaba encendida. Llamamos al timbre. Estaba despierta. Subid, dijo ella con voz de ultratumba; y mi pecho estaba herido de amor, y mágicamente se disolvían en su interior los enigmas.
El desorden reinaba en su apartamento, dos gatos se mordían las patas. Cuánta gente vive aquí, preguntó mi amigo. Te has echado un novio o qué. Demasiadas cosas para una sola persona. Y sentarse en su sofá significaba llenarse de pelos de gato. Era incómodo, por lo demás, el sofá. Los libros se amontonaban, había motivos decorativos clavados en las paredes, papeles, polvo en el reflejo del televisor, restos removidos de cactus en las macetas y agujas por todas partes. Apareció ella con su cadera torneada bajo el arco de una puerta. ¿Queréis que os cocine unas croquetas?, dijo.
Son las cuatro de la mañana, pero sí, queremos croquetas. Ya no hay horarios que valgan. El sol no sirve para medir nada. Hace semanas que no vemos a nuestra sombra. Y quizá sea eso lo que nos pone tan tristes.
Mi amigo se tambaleaba, exceso de alcohol. Yo fumaba mirándome en el difuso reflejo del televisor. Sabes qué, le dije a nuestra musa. Qué, contestó moviendo las croquetas en la sartén; había humo detenido en la habitación. Aquí mismo, empecé yo, aquí, hace tres semanas, fui amado por una chica, locamente, en este mismo sofá; me besaba la oreja, se abalanzaba contra mí, nuestro sistema magnético aún no había sufrido la inversión de los polos, en este sofá, recuerdo su lengua, y lo que después me decía al oído, y cómo esas palabras vibraban. Y ahora estoy aquí, solo, con vosotros, esperando unas croquetas. Pero sus palabras aún vibran dentro de mí.
¿Y sabes qué?, dijo ella.
Qué.
Que las croquetas se han quemado. Pero podemos comerlas igualmente.
Acercó la sartén. Una especie de óvalos negros tiritaban entre burbujas. Si algo tiene que quemarse, dijo mi amigo, es mejor que sea con la alegría de un incendio, súbitamente, y no con el insípido ennegrecimiento paulatino, entre el aceite y sin espectacularidad. Toda destrucción la quiero en piras gigantescas, o bosques de hectáreas infinitas.
Ha bebido mucho, dije yo.
Sí, pero sabes qué, contestó él: ella te subestimaba. Y además, no te quería.
A la mierda, dije. Cogí una croqueta quemada. No sabía mal. Detrás de lo incinerado había algo, algo que recordaba al atún, vagamente, no extinguido. Pero extinguiéndose. Y ella, nuestra musa, nos miraba con grandes ojos fijos, enfocados en nuestras bocas. Su casa era un imperio de objetos desordenados. No explicó el motivo de todo aquel desorden. Pero hubo un motivo. En el pasado. Se encogió de hombros. Y mientras tragábamos, dijo algo:
Hubo un tiempo en el que la tierra giraba más deprisa, pero hoy nadie se pregunta por qué frenamos. Hubo un tiempo en que había muchos volcanes, pero hoy nadie se pregunta por qué cada vez son menos. Y ahora los alpinistas suben a las cimas de los volcanes que quedan, inactivos. Y lo que encuentran allí son pequeños lagos inmóviles, ni siquiera congelados, donde cada ola ni siquiera es una ola, sino un pequeño temblor que busca algo y que no lo encuentra, como quien abre los ojos mucho después, y trata de levantarse, pero no puede, porque sobre su cabeza ya pesan más de dos metros de tierra, mezclada, revuelta, fangosa y dura, inquietantemente oscura.





Si pudiera vivir dentro de una canción para siempre todas mis desgracias serían hermosas. Y eso les daría a las desgracias otro sentido. Igual que las desgracias de Billie Holliday consiguen ahuyentar las mías, mis desgracias pasarían a ser el quitanieves en la puerta de otro.

Ray Loriga

París no se acaba nunca

¡Me han dicho que has muerto y no me lo creo!
- Pues créetelo- responde la lápida.
Daniel G. Verzoletto


No he sido yo el que ha muerto. Has sido tú. Y ahora qué hacemos con tu cadáver. Yo no sabía. Tú dijiste un día que querías que te lanzáramos al Sena. Eso dijiste, no creo que mintieras o que estuvieras borracho. Así que te pusimos en el coche y te llevamos a París. En un descampado incineramos tu cuerpo, o pequeño Dido de Cartago ardiendo en una pira junto al mar, pero no había mar. Los elementos de tu cuerpo eran básicamente la primera mitad de la tabla periódica. Te faltaba Ununbio y tungsteno, y en vida hablaste poco, y demasiado de los macarrones. Pero te queríamos, aunque no comieras ni hablaras mucho, aunque nunca llamaras a nadie (porque tú solo llamabas a brujas y te tirabas las cartas del tarot todo el día y sabías que tu vida era, fue e iba a ser una desgracia).
Y como te queríamos quisimos cumplir el deseo máximo que tuviste en vida, que tus cenizas flotaran en el Sena y, a ser posible, que algún vagabundo bebiera de ellas. Saint-Nicolas-des-champs o Châtelet, todo lo que suena a francés suena bien.
Y así llegamos al Pont Neuf, junto al Sena, con un recipiente de mármol que incluía tus cenizas y tu pin favorito; leer os hará libros. Libros os hará leer. Leer libros os hará.
Habíamos contratado los servicios de un poeta parisino para oficiar el funeral junto al Sena. Él se llamaba Baudelaire y tomaba opio. En su opinión, era un poeta famoso, pero ninguno de nosotros lo conocíamos ni teníamos ganas de conocerle. Y se presentó a la hora acordada en el puente, muy delgado, en huesos, como se suele decir, y lo primero que dijo fue que lo que tiene de fascinante el mal gusto, es el placer aristocrático de disgustar, y se puso la mano en el bolsillo y sacó un trozo de caca y nos dijo: véis, esto es una caca; ¡por qué no valoráis también la belleza de la caca!
¿Eh?
Porque yo he comido caca.
También habíamos contratado los servicios de un monaguillo llamado Robespierre, pero nos asustó su apariencia, pues tenía una cicatriz en el cuello, como si lo hubieran guillotinado en algún momento, antes, en el pasado, y porque tenía un cuerpo que no parecía ser el suyo, como si le hubieran cosido la cabeza en algún momento, como si la hubieran cosido en otro cuerpo, después, también en el pasado, porque tenía pechos y caderas de matrona imperial.
Ese era el cortejo fúnebre. Nosotros, tus amigos, Baudelaire y Robespierre, y luego un enano que medía setenta y dos centímetros y que murmuraba filosóficamente: en este mundo no se puede tener todo.
Te queríamos mucho, amigo nuestro, sin embargo no sabíamos tu nombre. Working class hero, eso fuiste tú en tu bar y en tu casa, en tu cama y en tu universidad. Y nos gustaban mucho tus cartas de amor, tanto que le dijimos a Baudelaire que recitara una de ellas:
Señorita, usted que está coronada por espigas de oro y que me escucha con dientes tan bonitos, me gustaría morderla... Me gustaría atarle las manos y colgarla por las muñecas del techo de mi habitación; entonces me arrodillaría y besaría sus pies desnudos, señorita, luz de mis entrañas, lolita de mi corazón.
Venga, que empiece el funeral, que hace frío, le dijimos al poeta. Y este fue el elogio de Baudelaire a nuestro difunto amigo:
Tú, amigo nuestro que has muerto, ¡vértigo desmayado, melancólico vals!, no sabíamos mucho de ti, ni siquiera el color de tus ojos, pues siempre los tenías cerrados. Y sin embargo, aún así podías ver. Por qué estamos tan tristes si hay tanta luz, me pregunto; si te vas sin perfumes ni perlas ni diamantes no es por nuestra culpa. Fuiste en vida un tipo interesante, sí, muy interesante, te gustaban aquellas y esas cosas, y amaste a aquellas y a las otras, viviste en ese lugar y viajaste por los otros lugares. También fuiste simpático y antipático, y lloraste cuando convenía, y reíste muy poco, porque a ti sólo te gustaban las películas de los hermanos Marx. Todo esto puedo decir de ti, con la absoluta precisión de no estar equivocándome. Oh, tú, que ya vagas por el hades, estuviste exiliado en el suelo, en medio de abucheos, ¡y caminar no te dejaron tus alas de gigante!
Ese gilipollas había estado fumando opio en los momentos previos al funeral.
Muy bien, muy bien, aplaudimos todos los amigos. Ahora que el monaguillo Robespierre arroje las cenizas al río. Robespierre titubeó un instante con la urna entre las manos y quiso decir algo, probablemente que era republicano, que había masacrado a mucha gente, y que en su época el Sena era de color rojo por la cantidad de asesinatos que cometió. Pero se calló, dio un paso adelante, abocándose al río. Soplaba un ligero vientecillo glacial. Abrió la urna. Vienes del polvo y al polvo vuelves, dijo, es decir, al agua vuelves, ¡al líquido amniótico!. Y lanzó las cenizas. Pero resultó, por uno de esos azares que no se alcanzan a comprender, que el viento cambió su rumbo, que de pronto las cenizas empezaron a volar, pero no hacia el río, sino hacia nosotros, que mirábamos expectantes.
Oh, vaya desaguisado, dijo lamentándose Robespierre. Y las cenizas, tus cenizas, amigo nuestro, se posaron en nuestras chaquetas y nuestras manos, en el interior de nuestras orejas o en el cordón del zapato. Ni siquiera esa última gracia pudiste tener, amigo nuestro. Me gusta decir eso: amigo nuestro, porque no sé qué más decir de ti. Quizá pueda decir que en esto consiste la vida, en un cambio de vientos constante, imprevisible, muchas veces, pero eso ya lo dijeron muchos. Lo que no dijeron muchos es, en cambio, que para eso sirven las turbinas eólicas, para pretender que siempre quede algo de los vientos que una vez nos golpearon y lueeeeego se... marcharon. Sigh.



El gran miércoles


Que te voy a perder, ya lo sé. Y no estoy hablando contigo, hablo con mi cerveza, en el recreo de la escuela, claro, con dieciséis años, apenas eso, he engañado al personal del bar, fantaseo un poco con la idea de ser novelista. Pero antes prefiero ser imbécil, parecerlo, ir por la vida en los autobuses públicos hasta el barrio del Carmel para visitar a mi madre, a la cual quiero mucho, pero no lo suficiente. Pretendo ingresar en un sanatorio cuanto antes, es posible que tenga tuberculosis. Es posible también que sea tonto. El otro día me interrogaron en clase de latín. Traduje Troya por puta. Porque claro, oh, grandes hijos de Troya, eso en italiano significa oh, grandes hijos de puta, y yo lo sentía así, tampoco era para ofender a homero, ni a mi profesor, que me puso un cero, y mucho menos a mis compañeros de clase. Pero es que ella era una puta, aquella a la que amaba, entonces, y que salía con un tío cuyo apellido era Maccarrone, cosa insólita, desde luego; así que en la interrogación me vencieron las emociones y tuve que traducir Oh, grandes hijos de puta, mirándola fijamente a los ojos, por si no pillaba que me refería a ella; ella que concentraba a un gran porcentaje de la humanidad en su nariz, y no precisamente mi porcentaje. Eso le comentaba precisamente a mi amigo Eugenio Olivares, que estaba allí, en la ciudad, nadie sabe por qué, ni siquiera él; él, mi amigo, que me introdujo en la cerveza esa mañana, una Voll Damm, en el bar de la calle Aragón, junto a la tienda de bufandas y el frenopático. Eugenio Olivares me hablaba de una mujer a la que amó en Panamá hacía años (pero cuántos años, si él apenas era un niño entonces).
- La recordaba rubia y con ojos azules, y tenía una piel suave, ¿sabes? pero el otro día apareció en el metro de Barcelona y tenía el pelo negro, y collares, y ojos marrones. Ya no sabía nada de los tangos, lo había olvidado, y si le preguntabas por su vida actual, sólo te decía que no sabía quién eras, y que ni siquiera sabía quién era ella, suponiendo que ella fuera alguien (reseñable).
- Pero, a ver, Eugenio Olivares, ¿no has hecho los deberes para hoy?
- Pues no, amigo, y aquí estoy tastando una Voll Damm, tan tranquilo, como observas, porque al fin y al cabo eso es lo esencial, que me importa todo más o menos un pito, y nunca llegaré a nada.
- Porque si hubieras estudiado sabrías que una cuerda, por muchos nudos que le hagas, sigue siendo sólo una cuerda.
- Te entiendo, amigo, de hecho nadie más te entiende, así que dame las gracias.
- No veo por qué debería, al fin y al cabo entender es como encender un cigarrillo, oler una cerilla, tirarse el jabón en la cabeza; parece tan bonito y revelador que no te das cuenta de que no sirve para nada.
- Buena reflexión
- Creo que se acaba el recreo.
- Yo no lo creo.
- Sí, ha sonado la campana.
- ¿Qué campana?
- La del recreo.
- ¿Cómo la has oído? Por qué la has oído, y para qué, porque tú no me engañas, si la has oído es por algo, es porque quieres algo, o volver atrás, a clase, o volver a la escuela, en cuyo interior está la clase, o algo, ¿no?
- Sí, quiero enseñarle a la chica que tú y yo sabemos el nuevo músculo que me ha salido en la pierna, creo que con él tendré muchas posibilidades de muchas cosas, incluso podré conseguir un trabajo digno si lo muestro a los empresarios.
- Muéstrame ese músculo.
- Mira.
No me molesta demasiado decir que entonces casi todo lo que yo tenía se reducía al músculo de mi pierna derecha, que había tomado cierta forma sugerente y fibrosa.
- No es un músculo suficiente para conseguir nada, todo el mundo lo tiene más grande.
Y por qué iba a tenerlo todo el mundo más grande que yo, pensé, eso no era justo. Quería comprarme una bufanda, pero no me atrevía a decirlo. Tenía frío, pero aunque me atreviera a decirlo no hubiera dejado de tenerlo. Total, que estaba bloqueado.
Salimos del bar y volvimos a clase. Allí no había nadie, sólo el técnico de laboratorio hurgándose la nariz.
- ¿Dónde están todos? -le preguntó Eugenio Olivares al técnico de laboratorio.
- Han sido expulsados de la escuela.
- ¿Y eso por qué?
- ¿Y por qué no? digo yo.
- Está bien.
Fuimos al retrete para mirarnos en el espejo, sin embargo no aparecíamos reflejados en el espejo. Esto es un hecho que en su momento me preocupó lo suficiente como para comprarme unas cartas del tarot. Lástima que las cartas siempre salían invertidas y me anunciaban toda clase de desastres y enfermedades y agonías. Pero bueno, es que nunca seré feliz o qué, le dije a Euguenio cuando salíamos del baño. Yo no lo creo, desde luego, contestó él, y se apretó la corbata, pero no llevaba corbata, solo hizo el gesto de apretársela. Además, bajamos por las escaleras, no se acababan nunca, eran como de caracol. A nadie le importa esto. Lo interesante es que al llegar abajo, al patio, vacío y desierto, vimos a una pajarito que no podía volar. Nos pusimos detrás de una ventana, a mirarlo, y ahora podemos decir que hoy hemos visto morir a un pájaro desde una ventana. Daba pequeños saltos y trataba de emprender el vuelo, pero era incapaz, hasta que no ha podido más y se ha quedado quieto, esperando a que alguien hiciera algo por él. Hoy hemos visto morir a un pájaro desde una ventana. Porque no hemos hecho nada por él.
Y eso es todo, que cada uno derrama sus lágrimas por muchas cosas, o eso creo, y yo en cambio las derramo únicamente por mí. O eso creo.


Revolución


El general dijo: ¡Disparad! y eso fue exactamente lo que hicieron.
(Haber dicho en qué dirección)

Miguel Ibañez

Qué pasa cuando no pasa nada

A Daniel G. Verzoletto

Daniel Berzolo acababa de estar en una contienda. Se enfrentaba a un poeta, en un bar iluminado con luces de neón con forma de araña. (Tú, la araña del amor, delicada criatura de luminosa belleza, ya sé que no hilas tu tela para atraparme y comerme).
Ambos amaban a la misma mujer. Te reto aquí y ahora a hacer una lectura, dijo el poeta. 
Por qué, dijo Daniel Berzolo, que comía golosinas y vodka (White Russian). 
Porque ambos amamos a la misma mujer, dijo el poeta. Esa mujer que se movía entre los sillones de cuero con una taza de café en los ojos, la misma que días antes dijo que estaba tan cansada del mundo, y enfadada, y que se había comprado un nuevo vestuario de ropa ancha y había celebrado el funeral de su piel. Nunca más me pondré morena, dijo un día por la calle y bajo el sol. 
El que mejor lo haga tendrá el derecho de conquistarla, dijo el poeta, amanerado, en cuyo movimiento de dedos se resumía la teoría general de la gravitación universal. Porque caían y subían, y se tocaban la solapa o arreglaban la camisa, y después giraban las páginas de los libros como barcos sobre un mar revuelto.
¿El que mejor haga el qué?, dijo Daniel Berzolo.
La lectura poética.
Pero el escritor siguió mirando al frente. El desorden de las botellas alcohólicas en la estantería. La caja registradora que se habría y cerraba. 
¿Te gusta mucho esa mujer?, dijo el escritor, el señor Berzolo, imitador de Roberto Bolaño. 
¿Ella?
Sí. 
La amo.
Berzolo apuró su white russian. Le gustaba apoyar el codo en la barra y arquear su cuerpo, o bien girar en el taburete hasta marearse. 
Pues quédatela, dijo al final, y pagó la cuenta y salió del bar. 
(Quédatela, haz con ella lo que quieras. Móntate en la montaña rusa y espera con fervor los loops, porque esa será la única oportunidad de ver sus pechos. O bien invítala al cine. Los poetas os movéis con soltura en las últimas filas). 
Berzolo caminó por la calle hasta llegar a su casa. En el portal había un cartel. 

Atención: vecino del 4A ha perdido un libro. Si alguien lo encontrara, se lo agradeceríamos mucho. Es El Alquimista, de Paulo Coelho.

¿Cómo se pierden los libros en los rellanos de los condominios? ¿Por qué Paulo Coelho es tan mal escritor? ¿Tengo hambre? Esas cosas se preguntaba Berzolo mientras entraba en su casa. En la ducha su compañero de piso se magreaba con una mujer gorda. Todos volvemos a nacer de las cenizas, aunque sea en los prostíbulos, aunque sea comprando salsa de tomate en el supermercado. Tarde o temprano ocurre. Berzolo puso agua a hervir y entró en su habitación y cogió un libro de Féliz de Azúa. 
En el juego de puertas que hoy se me han ido abriendo (sin que en ningún caso me franquearan entrada alguna), se insinúa una amenaza.
Preferiría no hacerlo, pensaba Berzolo ante todas las cosas. Por eso había abandonado a la chica del bar y por eso no había buscado el libro de Coelho extraviado en las escaleras. Toda amenaza era rechazada con un golpe de pluma. Pero Berzolo no escribía nada. Sólo cartas tristes a sus editores anunciando el pronto final de su vida. Su vida, eclipse violáceo, melodrama barato, una de esas existencias que sólo saben subestimar los paisajes. 
El agua hervía. Se arrastró hacia la cocina. Su compañero de piso se movía por el pasillo en traje de baño y en las noticias la humanidad se inquietaba por la desaparición de los cadáveres en las fosas comunes. 
Puso el arroz en la cazuela y entonces llamaron al timbre. Abre tú, que yo estoy ocupado, dijo el compañero de piso. La reina de Estambul le esperaba desnuda en la bañera con sus axilas exuberantes y ese perfume como de insecto o antena parabólica.
Berzolo abrió la puerta y allí apareció la camarera del bar. 
¿Tú?
(¿Tan pronto me amas? ¿Tan insignificantes fueron las palabras del poeta que tuviste que huir, dejar el trabajo, perseguirme hasta alcanzarme? Lo que está quieto es fácil cogerlo. Fácil es remediar cuando aún no han aparecido los síntomas. Lo frágil fácilmente se rompe. Lo menudo fácilmente se dispersa). Porque lloraba. 
Yo, dijo ella con su cara roja como los semáforos -y sin embargo dio un paso adelante y entró en la casa.
Me llamo Daniel Berzolo, dijo él y pasaron al salón. Ya lo sé, dijo ella. Soy Paula, idiota. Entre sollozos. Oh, pero no llores Paula, yo no recordaba o no sabía tu nombre; la tristeza que más duele es la que pasa. 
Pero Berzolo no dijo nada de eso. 
Paula tenía una boca grande de tanto hablar en el bar o de tanto chupar la polla de los poetas de barrio. Y era delgada y tenía una camiseta de lunares y una diadema rosa en la cabeza. 
Y lloraba. 
Mira, dijo Paula, es que he perdido a mi gato.
¿Cómo que has perdido a tu gato?, dijo Berzolo. 
¿No lo habéis visto por aquí? ¡Se ha escapado!
Pero Berzolo no lo había visto. Así que no se trataba de amor. Artemis, sabrás tú que en el bosque no todo lo que hay se puede cazar.
No lo hemos visto, lo siento. Y Paula se levantó y atravesó el salón y salió. Pues si lo véis, llevádmelo vivo.
¿Vives en el 4A?
Pues claro, ¿no te acuerdas?
De qué. (pues yo muero en el 6B, me cruzo las muñecas con cuchillos por la noche; sin embargo no sale sangre, brota esperma de mis dedos).
Berzolo se quedó solo. Desde la ventana de su habitación vio a Paula merodeando por el jardín con el cadáver de un yogurt en las manos, y buscando entre los arbustos los indicios de su gato. Si vivía en el 4A también era ella quién había perdido el libro de Coelho. 
No sabíamos, Paula, que te gustaba la mala literatura. 
Por la noche Berzolo leyó un texto de Robert Walser, y vio una fotografía del escritor tumbado en la nieve, con el sombrero sobre su cabeza, ligeramente ladeado. Su compañero de piso hacía el amor en la habitación contigua. La reina de Estambul combaba la cama hacia abajo y gemía estrechamente apegada a sus grasas. El mundo giraba. Pero nadie conocía su ruido.
Berzolo se despertó pronto, por la mañana. No desayunó. Bajó al bar. Allí estaba Paula, mercurial, llevando cafés de la barra a las mesas y regresando atrás con dinero, la muy puta. Un White Russian, dijo Berzolo, y se apoyó en la barra. 
Te reto aquí y ahora a hacer una lectura, le dijo un poeta que acababa de entrar en el bar. Quién gane se quedará con la camarera. No era el mismo poeta. Era otro poeta. Por su manera de hablar probablemente escribía endecasílabos.
Puedes quedártela, dijo Berzolo, y apuró su White Russian y atravesó la ciudad arrastrándose hasta su casa. En el portal ya no había ningún cartel. Berzolo entró en casa y puso agua a hervir. Luego entró en su habitación y cogió un libro de Félix de Azúa.
Por el contrario, durante la juventud se deposita una fe africana en los libros; se leen con exaltación de monja salmantina, llegando incluso a la penitencia, inflingiéndose sublimes tratados sin comprender una palabra, por el mero ritual de haberlos deglutido.
Su compañero de piso estaba solo y vestido en el salón. Miraba la televisión y olvidaba su amor macilento y sudoroso. Berzolo puso el arroz en la cazuela y llamaron al timbre. 
Oh, Paula, dijo Berzolo. Al final todo regresa y se repite. Has vuelto. ¿Está Matías?, preguntó ella. Se refería al compañero de piso de Berzolo. En el salón, dijo Berzolo (así que no vienes a por mí, será posible). Paula entró en el salón y saludó efusivamente a Matías. Se tocaban. Berzolo removía el arroz en la cocina. Luego entró en el salón y dijo
Paula.
Dime.
¿Encontraste a tu gato?
¡Sí! (y una mano se deslizaba bajo su camiseta de lunares).
¿Dónde estaba?, preguntó Berzolo. 
Paula se rió. Cuando volví a casa estuve mirando por todos lados, y ¿sabes dónde lo encontré? (Matías le daba un beso en la mejilla, el cirujano se enfundaba los guantes y disponía el bisturí).
No.
¡Estaba dentro del cajón de mi escritorio!
Vale. dijo Berzolo, y se retiró a su habitación con su arroz.  
Y mientras comía abrió el cajón de su escritorio y vio que allí seguía estando El Alquimista, de Paulo Coelho. Se encogió de hombros. Porque las horas pasaban sin descanso, el sol se movía hacia su zénit -pero eso es una ilusión, lo que se mueve es la tierra-. Cerró el cajón. En el misterio de su memoria se disipaba un recuerdo lejano de una vez en que estuvo en alguna parte y tocó algunas cosas, de una vez en que metió y sacó; era extraño ese líquido que manchaba las sábanas. Y soñaba con bajar cada día al bar y tomar White Russian, y comer arroz hervido y leer a Félix de Azúa. Pensaba morir de aquella manera, en medio de la nieve, con un sombrero ladeado en la cabeza. Robert Walser. Marcharse así, con el único conocimiento de lo que se ha leído. Porque total, lo vivido pa qué, si pasan dos semanas y uno ya ni se acuerda de lo que dijo; o si pasa un mes y lo que una vez fue amado ya no es más que una mancha de aceite en los dedos, un volcán frío, o la extraña eternidad imbécil de un poema.



La continuidad de los peces

Y me hago insondable a las preguntas
de los peces fríos.
María De Miguel


El pescador llevaba doscientas horas en el río. Esperando. En la terraza del hotel los turistas habían desfilado dos veces y el guardia de seguridad había dado veinte rondas. El puente romano lo acompañó todo el tiempo, pero hasta cuándo. Ya no iba a la universidad. Sus compañeros de clase bajaban con los apuntes y tomaban el sol y jugaban a cartas junto a él. Pero él seguía aplastando la hierba, le subían los escarabajos por la cara y los pájaros hacían nidos en su cabeza. 
Llevamos el río dentro y el mar está a nuestro alrededor. 
Y aunque había peces, pasaban de largo y ninguno mordía el cebo. Le creció una barba pelirroja. Le pesaban las manos y su madre dejó de esperarle a la hora de comer; su cama ya alojaba a nuevos hijos e invitados. En invierno su pelo se volvía blanco pero ahora hacía calor y tenía arena en los labios. Lloraba a veces porque se sentía solo y masticaba la hierba que nacía, tímida, a su alrededor.
La violeta que florece o perece, ¿eso es un sí o es un no?
Y un día llegó un amigo que se sentó junto a él y le preguntó por qué no regresaba. Pero nada sabe de amor quién vuelve vivo. Quiero pescar un pez, le dijo a su amigo. Me gustaría pescar un pez amarillo, de esos que brillan a través del agua cuando el sol está arriba y el fango baja torpe hacia los márgenes. 
Pero no ves que llevas demasiado tiempo aquí, dijo el amigo. 
En los universos paralelos las figuras de juguete se mueven por las noches y los soldados de plomo acampan en las estanterías. Los insectos dejan de clavar sus lenguas y las mariposas olvidan su pasado de crisálida. Pero nadie se cansa de buscar lo que quiere.
Pero yo quiero pescar un pez, eso es lo que quiero, y no uno cualquiera, dijo él. Su amigo fumaba cigarrillos importados de Bosnia que sabían a guerra y bajaba por las tardes a hacerle compañía. Pero qué harás con esta soledad que te captura, le dijo. 
Nada, porque yo soy la soledad misma, contestó él. 
Un pez no sabe hablar, no puede entender la Divina Commedia ni la historia de Paolo y Francesca. Su conciencia de la muerte se reduce a las presas hidroeléctricas. Un pez sabe que el mayor peligro consiste en que lo luminoso sea de golpe deslumbrante y te deje ciego.
Y tirar hacia arriba, descubrir que la fuerza de gravedad existe, es su único sentido de lo metafísico.
Ven, pescador, quédate en medio del mar y aliméntate de agua salada. Lucha contra el pez día y noche que al final serán los tiburones quienes se lo coman. Para ti sólo existe el esqueleto de las cosas y a las mujeres no les pides la desnudez porque exiges la radiografía. En la articulación de los huesos se comprende el desgaste de las cosas. Te gustaría tener branquias para ir a los bares o aletas dorsales para caminar por Carnaby Street.
Y un día estaban los dos amigos sentados cuando se tensó en arco la caña de pescar. Él se incorporó súbitamente y cogió la caña. En el agua se movía un pez dorado que había mordido el anzuelo. 
Ahí lo tienes, gritó el amigo. Y el pez era una mujer imantada con lunares y resbalar era lo único que se podía hacer por su piel. La corriente lo había arrastrado y colgaba de una cascada. Tira del sedal, dijo su amigo. Él lo intentaba con todas sus fuerzas pero el pez estaba clavado en la cascada. Venga, decía su amigo. Pero él se esforzaba y la caña estaba doblada y crujía. 
No quiero hablar con el culpable que confunde vivir con huir, esconderse, protegerse de lo que ama. El pasado, esa palabra que se dice mientras las mujeres vienen y van por la habitación hablando de Miguel Ángel.
Déjame a mí, dijo el amigo y trató de sujetar la caña. ¡No!, gritó él, tratando de liberarse de su amigo. Apártate.
¿Pero no ves que vas a romper el sedal así? - ¡Déjame!
Se pregunta el ojo acuático de los peces si el amor tiene forma de alga, o si bien es una de esas piedras que a veces entran por la boca, a contracorriente. Para ellos las estrellas son figuras en una sala de baile, que se aprietan y separan. 
Tiraba con toda su fuerza, pero el pez estaba atascado en la cascada. ¡Así lo vas a perder, idiota!, dijo su amigo. No tienes que tirar con tanta fuerza. 
Por qué no.
Venga, apártate, déjame a mí, le dijo. Y empezaron a forcejear con la caña y el pez colgaba de la cascada y cada vez era menos amarillo. Las manos de ellos eran como nervios en erección que se mezclaban y cruzaban. El pez movía la boca, entregado a sus pescadores que luchaban por la caña; y se preguntaba si le querían a él o a la caña.
En medio de la pelea uno de los dos dio un paso en falso y cayó hacia atrás, arrastrando al otro y a la caña. El sedal se quebró. Cayeron de espaldas contra la hierba y sólo se oyó el estruendo del río que bajaba poderoso.
Él se incorporó y aún pudo ver al pez que bajaba y seguía la corriente, liberado de golpe, arrastrando el cebo clavado en sus entrañas. Bajaba rozándose con los troncos y las ranas. Y se detuvo en un remanso. Perdía sangre. Estaba solo y pronto llegarían los depredadores. 
Alguien le hizo una pregunta. Pero le palpitaban los oídos por el dolor. Se estremecía y caía hacia el fondo. ¿Qué has aprendido?, le habían preguntado, otro pez o un escarabajo, o un amigo. 
Que lo más difícil para el pez es amar a su pescador, contestó mientras se hundía. Que todo dura una noche, meses apenas. Que sólo se vuela hacia lo efímero. Que el otoño jamás cambia. Y tampoco el silencio.