El pasado

[Reescritura]

- Viví en Barcelona y trabajé en sus fábricas –dijo-. Allí fui tan feliz, en la calle Entença, y luego Aribau; Escudellers.
Cuando se fabrica una escoba se generan residuos. Cuando se fabrica y se utiliza una lavadora, se generan residuos. La suma algebraica entre la polución generada y la limpieza generada se decanta claramente hacia lo bruto, la devastación ozónica de la atmósfera.
- Y ahora estoy aquí, en Salamanca –decía-, y he visto pasar hasta cuatro generaciones de estudiantes y he visto llegar a la ciudad a jóvenes, mocosos inútiles que llenaban los bares y las discotecas. Aquí no hay nadie que tenga entre 28 y 38 años. Me voy a fumar un porro. Adiós.
Nos levantamos.
- ¿Y ahora qué? –le dije al amigo que me quedaba (el otro se marchaba tambaleándose a lo lejos).
- Vamos a visitar a Hugo –dijo mi amigo-. Está solo en el hotel. Trabajando.
- ¿Entonces?
- El hotel tiene jacuzzi. Es de noche. Podemos bañarnos sin que nadie se entere.
- Pero no tengo traje de baño.
- Pero puedes bañarte desnudo.
- …
- ¿No?
No entraba dentro de mis posibilidades en ese momento, esa noche, quiero decir, esa noche fría, esa noche en la que estaba devastado por otras cosas y con un nudo en el estómago.
- ¿Sabes lo que pienso de ella? –dijo mi amigo en relación con mi nudo en el estómago tras beber un sorbo de su copa.
- Qué.
- Que te subestimaba.
Nos levantamos y fuimos paseando hacia el hotel donde trabajaba Hugo. Antes nos paramos junto a unas ruinas. A lo lejos había ventanas iluminadas, aunque fuera ya de madrugada. Llamamos por teléfono a nuestra musa, las ventanas iluminadas correspondían a su casa. Debía de estar despierta. Pero no contestó al teléfono. Así que bajamos solos hasta el hotel. En la recepción estaba Hugo, el de ojos grandes. Era el recepcionista nocturno. En cada repisa de ese hotel había un cuenco con caramelos. Los caramelos de fresa no sabían a fresa.
- No os podéis bañar en el jacuzzi –anunció Hugo.
- ¿Por qué? –dijo mi amigo.
- Porque está vacío.
- ¿En serio?
- Tuvo tiempos mejores. En el pasado.
- …
- Pero podemos tomar Vodka, si eso os complace –dijo Hugo-. Vodka con zumo de naranja.
Bajamos al sótano, donde estaban ya dispuestas las mesas para el desayuno del día siguiente, ordenadas las tazas a la espera de la devastación de la mañana, el engullimiento de los inquilinos. Nadie mide el tiempo en latidos, excepto los que han perdido algo. Y esos días desayunar cada día, o comer o cenar, era algo así como afilar un lápiz, un reducirse continuo hacia la inconsciencia, la desaparición entre lo sucio.
- Salgamos al patio –dijo Hugo con la botella de Vodka en la mano. En el patio soplaba el viento y se oía una televisión y gritos ahogados arriba, entre las azoteas.
- Pasan cosas paranormales aquí –dijo Hugo-. La señora de la limpieza está aterrada.
- ¿Por qué? –pregunté.
- No se atreve a limpiar la habitación 23. Es una habitación abuhardillada, imposible de limpiar en sus esquinas. Dice que hay fantasmas.
- ¿Los hay?
- Bueno –dijo Hugo-. Durante la semana del viento, en febrero, vi pasar una sombra mientras esperaba en la recepción.
Ser barrendero o encargado de un bar es como ser Sísifo, al día siguiente toda piedra que subimos está en la parte baja de la montaña. La suciedad lo inunda todo. Me inquieta que la obra cumbre de las aspiradoras no pueda durar más que unas horas.
Y bebíamos Vodka con zumo de naranja, balanceándonos en las sillas del patio, a oscuras, para no despertar a los inquilinos del hotel.
- Ella nunca te quiso –repitió mi amigo, y Hugo lo miró asintiendo.
- Una vez –empezó Hugo- amé a alguien. Recuerdo que caí en la locura. De la que aún no he salido, por cierto –risas-. Ella y yo nos veíamos entre semana porque los fines de semana apagaba el móvil y desaparecía. Recuerdo que me gritaba siempre al oído que yo no le importaba, que mis cosas no le importaban, y por eso mismo, yo cada día la amaba, la necesitaba más. El último día que la vi había ido a buscarla a su casa. Estaba esperando a que bajara, en la calle. Recuerdo que su portal tenía dos puertas, la segunda cubierta de cristales translúcidos. El último día que la vi ni siquiera llegué a verla. Vi, en cambio, a través de los cristales translúcidos las ascuas de un cigarrillo y una mano que lo sostenía, y ese cigarrillo de pronto de movió de izquierda a derecha, violentamente; eso veía yo, la tenue luminaria del cigarrillo sostenido por una mano, moviéndose de izquierda a derecha. Entendí que era ella, mi novia, y que me estaba haciendo una señal. Márchate, quería decirme a través del vidrio translúcido. Ni siquiera vi su rostro el último día que la vi. Me marché y todo se acabó, así, con dos puertas de por medio, una sencilla mano que ahuyenta, el brillo impreciso de la ceniza al caer contra el suelo. Me volví loco –sentenció.
Luego se quedó ensimismado. Apenas hablábamos ya, en la oscuridad. Fumábamos.
- Mirad todo esto –dijo Hugo antes de que nos marcháramos-. Incluso cuando no hay nadie las cosas se ensucian. Por la noche, en la quietud, las cosas se ensucian, joder.
En la calle hacía frío. Pasamos junto a las ruinas y vimos, otra vez, a lo lejos, la ventana de nuestra musa. La luz estaba encendida. Así que llamamos al timbre. Estaba despierta.
- Subid –dijo ella por el interfono con voz de ultratumba, y mi pecho estaba herido de amor, pero no por ella, nuestra musa, sino por otra que ya no estaba, que se había marchado.
Lo primero que vimos de su apartamento, al subir, fue el desorden. Dos gatos se mordían las patas.
- ¿Cuánta gente vive aquí? –Preguntó mi amigo-. ¿Te has echado un novio o qué? Demasiadas cosas para una sola persona.
Y sentarse en su sofá significaba llenarse de pelos de gato. Por lo demás, era un sofá incómodo. Los libros se amontonaban, había motivos decorativos clavados en las paredes, papeles, polvo en el reflejo del televisor, restos removidos de cactus en las macetas y agujas y comida por todas partes. Ella apareció con su cadera torneada bajo el arco de la puerta.
- ¿Cómo me venís a visitar tan tarde? –preguntó.
Pero no contestamos.
- ¿Queréis que os cocine unas croquetas? –preguntó.
Eran las cuatro de la mañana, pero sí, queríamos croquetas. Ya no había horarios que valieran. El sol no servía para medir nada. Hacía semanas que no veíamos a nuestra sombra. Y quizá era eso lo que no ponía tan tristes.
Mi amigo se tambaleaba. Exceso de Vodka. Yo fumaba mirándome en el polvoriento reflejo del televisor. Apenas había conversación
- ¿Sabes qué? –le dije al final a nuestra musa, que llevaba un rato ocupada en la cocina.
- ¿Qué?
- Aquí mismo –empecé-, aquí, hace apenas tres semanas, fui amado por una chica, locamente, en este mismo sofá; me besaba la oreja, se abalanzaba contra mí, nuestro sistema magnético aún no había sufrido la inversión de los polos, en este sofá, recuerdo su lengua y lo que después me dijo al oído, y cómo esas palabras vibraban –callé un momento-. Y ahora estoy aquí, otra vez, pero solo, con vosotros, esperando unas croquetas. Y sus palabras, las de ella aquella vez, aún vibran dentro de mí.
- ¿Y sabes qué? –dijo ella.
- Qué.
- Que las croquetas se han quemado. Pero podemos comerlas igualmente.
Acercó la sartén y nos las mostró. Una especie de óvalos negros tiritaban entre burbujas de aceite.
- Si algo tiene que quemarse –dijo mi amigo, borracho-, es mejor que sea con la alegría de un incendio, súbitamente, y no con el insípido ennegrecimiento paulatino, entre el aceite y sin espectacularidad.
- …
- Toda destrucción la quiero en piras gigantescas o bosques de hectáreas infinitas –sentenció.
- Ha bebido mucho –dije.
- Sí, he bebido mucho, pero ¿sabes qué? –contestó él.
- ¿Qué?
- Que ella te subestimaba. Y además no te quería.
- A la mierda –dije y cogí una croqueta quemada. No sabía mal. Detrás de lo incinerado había algo, un sabor que recordaba al atún, vagamente, no extinguido. Pero extinguiéndose. Y ella, nuestra musa, nos miraba con grandes ojos fijos, enfocados en nuestras bocas. Su casa era un imperio de objetos desordenados. No explicó el motivo de todo aquel desorden. Pero hubo un motivo. En el pasado.
Se encogió de hombres. Y mientras tragábamos las croquetas quemadas, dijo algo, y eso quizá explique por qué era nuestra musa:
- Hubo un tiempo en el que la tierra giraba más deprisa, pero hoy nadie se pregunta por qué frenamos. Hubo un tiempo en que había muchos volcanes, pero hoy nadie se pregunta por qué cada vez son menos. Y ahora los alpinistas suben a las cimas de los volcanes que quedan, inactivos. Y lo que encuentran allí son pequeños lagos inmóviles, ni siquiera congelados, donde cada ola ni siquiera es una ola, sino un pequeño temblor que busca algo y que no lo encuentra, como quien abre los ojos mucho después, y trata de levantarse, pero no puede, porque sobre su cabeza ya pesan más de dos metros de tierra, mezclada, revuelta, fangosa y dura, inquietantemente oscura.


Noches en los parques

[Reescritura]

Qué sacrilegio este del cuerpo, este
de no poder ser hostia para darse.
Claudio Rodríguez

-El invierno –dije.
De todos mis amigos sólo uno me miró, Esfandiari, pero nadie era amigo de Esfandiari, ni siquiera yo. Yo pensaba en ti, Marcela, en que ojalá estuvieras allí. Pero no estabas en ese parque y hacía frío a pesar de las bebidas alcohólicas y el parque había cambiado, se habían muerto las plantas, la hierba estaba amarilla, enferma, antipática.
Lo habitual era dejar de lado a Esfandiari. A mi me daba pena. Me apenaba que asistiera a todas nuestras reuniones y nunca hablara, que se quedará quieto con su copa entre las manos como un elemento decorativo, mirándonos, o ni siquiera mirándonos. Además no se afeitaba y eso llevaba al desprecio y eso llevaba a la burla y eso llevaba a lo que pasaría esa noche, más tarde, esa noche silenciosa, por lo demás, que me recordaba vagamente a las canciones de Pink Floyd y de Dire Straits que escuchaba contigo, antes, Marcela, mientras tú comentabas que hay guitarristas que son virtuosos del silencio, porque es allí, en el silencio, donde se maneja la intensidad de cualquier cosa.
(Wish you were here o Down the waterline son ejemplos de canciones hechas de silencios, son ejemplos de lo que era aquella noche y también de lo que éramos nosotros dos, Marcela, cuando nos besábamos; porque eso era lo curioso, ni antes ni después de los besos habíamos podido dejar de hablar ni un solo momento, dejar de llamarnos, ni de buscarnos por la ciudad, gritando nuestros nombres).
Estaba en el parque con la mano en el bolsillo, palpando el móvil, esperando tu llamada y mirando a Esfandiari, que no decía nada y que, sin embargo, no sabía manejar esos silencios que salían o no salían de su boca, porque tenía miedo, vergüenza de su voz grotesca, parecida al crujido del cigarrillo cuando se aplasta contra el cenicero.
Pensaba en ti, Marcela, esperaba tu llamada mientras sostenía mi copa, apoyado en un árbol. Los otros hablaban de ir al cementerio y pasaban furgones frigoríficos a lo lejos, había cargas policiales en la ciudad y luces y piedras con que reventarse la cabeza.
Alguien le tendió una copa a Esfandiari.
- No, gracias.
- ¿No qué? –dijo el otro con la copa en la mano.
- No quiero beber, gracias.
- Cómo que no, Esfandiari, ¿no bebes?
- Solo agua.
Se rieron de él, por no beber, le dieron la espalda, lo dejaron allí, solo, junto a mí. Yo le miraba. Esfandiari estaba apoyado en el árbol y yo le miraba como a veces te miraba a ti, Marcela, de perfil, en los vidrios manchados de graffiti del metro, manchados de tiempo, de gente, inseguro, feliz o arrojado sobre el suelo y sus charcos, desesperado por estar contigo, ahora, en el parque, por estar contigo otra vez, y no para verte a ti, sino para ver las mismas que tú ves, cada cosa en la que respiras.
Esfandiari, con su vaso de agua, dio un paso hacia atrás y se alejó un poco del grupo, mientras los otros hablaban del trabajo, de la huelga de los basureros. Yo también estaba un poco alejado del grupo, sorbía pequeños tragos y Esfandiari tenía gafas, el pelo peinado oficiosamente con colonia, y granos, a veces, en la superficie de su cara, y tan extraño era su silencio como las puertas giratorias, como los conserjes de los hoteles, que sólo desean transportar maletas y pesos, inclinarse, decir buenas noches, extender la mano tímidamente, aunque casi nunca reciban limosna.
Eso es extraño, pero es así: la naturaleza no está en los parques de las ciudades y nadie nota su ausencia. La naturaleza sólo aparece en las catástrofes o en los poemas, solo se deja notar lejos, cuando no hay caminos, ni hileras, en la curva diáfana de las laderas.
Que yo sólo sentí los árboles cuando estuve contigo, Marcela; yo sólo sentí el temblor del otoño cuando te marchaste de aquella manera, no contoneándote, pero casi, desfilando y sin despedirte.
En las ciudades, en sus parques, la naturaleza resurge con las catástrofes. Por eso empecé a sentir las hormigas y los grillos cuando Esfandiari se atragantó con el agua y tosió y todos se giraron riendo y uno dijo:
- Vaya, pero si Esfandiari está aquí. ¿Cuándo has llegado?
- Llevo aquí todo el rato.
- ¡Pues no me había dado ni cuenta! Pasas desapercibido tío.
- Bueno…
- O quizá es que te crees mejor que nosotros.
- … No…
- ¿Hoy también te ha peinado tu madre? –dijo, y todos se rieron y Esfandiari cometió el error de llevarse la mano al pelo y palpárselo, como si las palabras lo hubieran desfigurado, o algo peor.
- Ay, que se despeina nuestro querido Esfandiari bebedor de agua –y más risas y la naturaleza resurge con las catástrofes, la hierba empezaba a temblar, alguna rama crujió, los murciélagos volaban a ciegas sobre nosotros, a ciegas, y Esfandiari, ruborizado y humillado, estaba quieto junto a un árbol, resistiendo.
- Venga únete a nosotros y cuéntanos cosas de Irán. De las gallinas que tiene tu padre, entre las cuales estás, claro, tú mismo.
- …
Se reían, en ese grupito, a unos tres metros de Esfandiari y de mí, que estábamos bajo los árboles. Entonces Esfandiari introdujo su mano en el bolsillo y avanzó hacia ellos, hacia el grupo cuyos miembros, desde hacía un rato, se habían despolarizado y las chicas se habían acercado a los chicos y viceversa, sin aparente respeto de las leyes físicas, ni las morales. Esfandiari introdujo su mano en el bolsillo y avanzó hacia ellos, temblando, y se dirigió al que le había hablado, se acercó a él, tanto como podría acercarse un amante o un ladrón y sacó del bolsillo un cuchillo y se lo puso en la garganta. Los demás se callaron de golpe, sus cuerpos se separaron un poco, alguien dijo:
- Pero qué… ¿Qué haces? –sin mucha convicción o demasiada sorpresa. Esfandiari le puso el cuchillo en la garganta, al que le había hablado, y lo hizo arrodillarse
- Pero…
- Cállate –dijo Esfandiari- Cállate y arrodíllate.
- No… pero estás loc…
- Que te calles.
Y yo seguía apoyado en el árbol, que seguía creciendo, a pesar de todo, todo el tiempo, y se intensificó el rumor de hormigas trabajando, escarabajos haciendo pelotas, surgieron las ramas como brazos, el crujir de sus hojas y las ratas moviéndose por los arbustos, de golpe, como empezando a existir en ese momento, recién creados, por alguien o por azar. (La naturaleza sólo se descubre a sí misma con el desastre)
El chico estaba arrodillado y Esfandiari lo miraba y de pronto lo soltó, dejándolo en el suelo fangoso del invierno, y devolvió sus manos a los bolsillos y nos miró, a nadie en concreto, pero nos miró: sus ojos estaban en el centro de la escena, tan teatrales e inexpresivos a la vez, y luego se giró y todos escuchamos sus pasos por la grava y el fango, chapoteando, y vimos cómo se alejaba y se internaba en el parque, lejos de las farolas, y el sonido de sus pasos se perdió, poco a poco, como una canción que cesa justo antes del aplauso, pero sin aplausos.
El sonido de sus pasos se perdió exactamente como el sonido de los tuyos, la última vez que nos vimos, y sin embargo no eran los mismo pies, ni las mismas razones, aunque todo girara en torno a la palabra tristeza, a la palabra dolor, que no es una palabra, ni siquiera.
Pensé en ti, Marcela, porque cuando Esfandiari desapareció entre los arbustos los demás empezaron a murmurar, el chico se levantó, tímidamente, los demás empezaron hablar, reír gélidamente y el ruido de grillos, de ratas, de escarabajos, ramas y hormigas se diluyó, la presencia espectral de los árboles volvió al territorio de las columnas, el silencio; exactamente igual que cuando terminó nuestra catástrofe, cuando te fuiste y dejé de sentir el río, porque sólo podía taparme la cara con las manos y desear, profundamente, desfigurármela.
Ambas maneras de marcharse, la tuya, Marcela, y la de Esfandiari, se parecieron en su condición desoladora, de final de partida. Ahora, tiempo después, creo que sólo una de ellas será irreversible. Pero yo no puedo hablar de ello, porque es a ti, sólo a ti, a quién le toca decidir cuál.


El don de la ebriedad


Es una mala época para cambiar. Con qué seguridad de estar cayendo se llega a la verdad, con qué sencillo golpe de grifo el agua brota turbia y poco a poco se aclara -pero tarde, tarde se aclara. Si entré en la comisaría borracho fue porque en realidad me encanta la tristeza de las canciones pop y, de los paisajes, quedarme mirando lo que cambia: las nubes, no la tierra. Mis amigos siempre me habían dicho que mi coche, aún siendo gris metalizado, era rojo. Decían eso porque, según ellos, todos los Seat Ibiza del mundo, en su forma ideal, son rojos, como los Ferrari.
La secretaria de la comisaría dejó de teclear y me miró.
- Quiero poner una denuncia -dije, gangosamente.
- DNI, por favor -dijo. Tenía los rasgos de mi madre, no su fragilidad, sí en cambio ojos verdes, nariz puntiaguda, como hecha para oler y seguir rastros, no para respirar; cosas de ser policía. Le entregué mi tarjeta de residencia. La miró y dijo:
- Oh.
Me incliné sobre el mostrador, por curiosidad y porque estaba demasiado borracho; quizá estaba caducada, o quizá yo ya no me parecía al de la foto, porque algo había cambiado, yo o la fotografía, una de las dos cosas, en todo caso.
- No es usted Español -dijo-. Hablaré poco a poco para que nos entendamos.
Yo le respondí que hablaba perfectamente castellano, que había nacido aquí, en este sitio, a pesar de que mis padres fueran de otra parte.
- ¿Te gusta el sol de España, verdad? -dijo.
- Bueno, yo siempre he vivido aquí -repetí.
- Los extranjeros lo adoráis.
- Yo no soy extranjero.
Se giró hacia mí.
- Bueno, entonces, ¿qué eres?
En verdad, era un pregunta razonable. Podría haber dicho que era un tonto al que le acababan de robar el coche (o haber dicho la misma cosa omitiendo la palabra tonto), o alguien que ha perdido a su novia (perdido en el sentido de haberla dejado escapar, no de haberla abandonado, hubiera añadido después, simpático, para ganarme su compasió), o más bien alguien quien, por perder, ya no tiene nada, ni cuenta bancaria, ni trabajo, ni coche, ni novia (pero que en verdad sí tiene algunas cosas, añadiría después para compensar: una cama, una botella de Absenta en el frigorífico, imbebible por lo demás, y a veces aptitudes poéticas medias).
- Ehm...
- ¿Pero me comprendes cuando te hablo? -dijo ella, frunció el ceño, gesto clásico y policíaco, no aprendido por los crímenes investigados, sino por los cometidos.
- Sí.
- ¿Pues qué quieres denunciar?
- Que me han robado el coche -dije, y la señorita me pidió la matrícula. Casi siempre recordar las cosas que has perdido es lo mismo que recordar las personas que has perdido. Para el amor las personas son cosas, y viceversa, creo. Pues qué mierda. La última vez que estuve en mi Seat Ibiza gris metalizado fue ayer. Salí de Madrid y en veinte horas llegué a la Piazza Spagna de Roma. Allí me tomé un macchiato, como se suele decir, y cogí el teléfono y llamé a Marcela y le dije:
- Marcela.
- ¿Qué quieres?
- Te llamo desde Roma. Vuelve conmigo.
- ...
- Estoy en Roma.
- Sí, claro, y yo en Vietnam-dijo, y colgó.
Después de cinco minutos en la Piazza Spagna y sin haber terminado el macchiato (ni haberlo pagado), regresé a Madrid. Imagino que poco después de aparcarlo, me lo robaron. Porque al día siguiente ya no estaba allí y sí había, en cambio, un bar, en el que me serví imprudentemente varias copas de diverso color, pero sabores aproximadamente parecidos.
-8921 CJX -dije. Es, perdón, era una matrícula curiosa, porque si ponías el 89 y, justo debajo, el 21, y los sumabas, el resultado era 110. Esa clase de detalles son los que hacen que amemos las cosas, digo, las personas.
- Me lo han robado -añadí, gangosamente, porque estaba borracho y no por querer ser claro.
- Ya te he comprendido -dijo la secretaria-, a pesar de tu acento inglés.
- De borracho, no inglés, querrá decir usted.
- ¿Qué?
- Nada -pura y puñetera humillación, todo, desde sembrar los campos hasta entregar el corazón, riesgo y guadañas apretadas en los cuellos, rasguños por la mañana, mosquitos pegados en la pared, llenos, empachados de sangre, la mía, que nadie más que un insecto chupará jamás.
- Bien -dijo ella- ¿De qué color era el coche?
- ¿Perdón? -dije yo, que estaba tratando de combatir contra el hipo.
- Que de qué color era el coche.
- Pues rojo -dije-, ¿de qué otro color va a ser?
Porque eso es lo que decían mis amigos de mi coche, que aún siendo gris metalizado, ellos lo pensaban rojo. O porque eso es precisamente lo que nos hace sufrir y perseverar en lo que ya ha pasado: que recordamos las cosas como nos gustaría que hubieran sido, y no como fueron de verdad.




Y por eso se mató, pensaba, porque un ser humano que ha hecho sólo de sueños y cuentos de hadas el contenido de su vida no puede sobrevivir en este mundo, pensaba.

Thomas Bernhard

Sing along to songs you don't know


Podrías utilizar las escaleras mecánicas, verdad, pero por algún motivo prefieres el mármol, las barandillas y que los zapatos se te queden pegados a los chicles que la gente tira al suelo, que te detienen y te duelen de esa manera, tan rara, que tiene de hacer daño lo sucio, o lo que no puede dejar de brillar.
En el andén un mendigo se ha bajado los pantalones y defeca en una esquina. Le faltan tres dientes y hace diez años que dejó de crecer, por qué, sin dejar de envejecer, paso a paso, y da tragos a un brik de vino, su calefactor particular desde mil novecientos setenta y cinco. Lo rozas y procuras ignorarle y te quedas contemplando el mapa del metro de Madrid. Porque el metro te parece un país de cúpulas locas, y bóvedas y túneles locos petrificados y tristes, donde no se acaba el otoño, ni empieza.
En el vagón intentas descubrir qué coño lee la otra gente, giras la cabeza, la bajas y la inclinas, parece gilipollas, a veces, pero tu vida es así de insignificante desde que se fue Marcela; a demás, no sabes ni qué estás haciendo allí, en el metro. Y es difícil saber lo que uno está haciendo allí, en ese Madrid tan titánico, con dos millones de escobas barriendo al mismo tiempo y total, para qué.
Pero por fin encuentras el hilo, la trama: una anciana está junto a la ventanilla y mira hacia lo oscuro. Sostiene las bolsas de la compra como si formaran parte de su falda, a pesar de que podría dejarlas en el suelo -porque no es ella la que se mueve: es el metro el que la transporta. Esa señora tiene la frente arrugada como una tabla de limpieza y mueve los labios y dice algo para sí misma. Te acercas, sigiloso, para escuchar o espiarla. Te tapas con la gabardina, como si tuvieras frío, pero el sudor en las mejillas te traiciona. Qué dice esa señora, y por qué mira tanto por la ventanilla, si no hay nada allí fuera. Pones el oído, en el vagón se anuncia la próxima parada, no oyes; empezáis a frenar, todos, no oyes, entráis en la estación y su luz no os hace más bellos, porque también es artificial. Se abren las puertas y como no entiendes ni tienes destino, bajas. En el andén te giras. El metro arranca y se marcha. Y qué raro, el mismo hombre de antes también está allí, pero ya no defeca, ahora te mira y te reconoce y se acerca a ti y al cruzarse contigo pronuncia tres palabras: La dolce vita, el título de tu canción favorita, y se sienta en un banco y bebe un trago de vino, como quién espera. Tú también te sientas, como quién espera. Los dos estáis sentados, como quién espera, y cualquiera puede comprender que ninguno de los dos espera nada en concreto, así que podríais acercaros, hablar, hacer que las palabras espera o lentitud tuvieran un sentido cerrado y lógico, parecido al de la palabras final, o muerte.
Llega el segundo tren y se marcha. Llega el tercer tren. Te miras las manos que una vez combatieron en la guerra, que mataron mosquitos en las largas noches de verano con Marcela, te las miras. Y de pronto te das cuenta de que este tren no cierra sus puertas ni arranca. Que la gente desde el vagón te mira hastiada. Pasa algún minuto y no hay cambios. Entonces por la megafonía se anuncia a los señores pasajeros -quizá tú no estés incluido ya en la palabra señores ni en la palabra pasajeros- que por una incidencia técnica, el servicio en la línea 6 circular queda suspendido temporalmente.
Y por algún motivo piensas que lo que ha fallado no han sido los trenes, ni sus raíles. Se te ocurre pensar un momento en la anciana de las bolsas. Se te ocurre pensar que la incidencia técnica ha sido por ella, que en la siguiente estación se ha apeado del vagón y se ha arrojado a las vías. Que el segundo metro la ha aplastado. Pero tampoco puedes comprobarlo y nadie va a confirmártelo -el borracho te mira, comprendiéndote. Quizá sólo estés haciendo literatura. Y además, sólo lo piensas un momento.
La gente te mira desde el vagón. Tú estás sentado. No hay ningún espectáculo en ti, pero te miran. Ahora podrías levantarte y entrar en el vagón o podrías no levantarte. Al final decides quedarte sentado. A ver qué pasa. Y es como si hubiera corazones que ya sólo laten por hábito, como el tuyo, día tras día, porque no saben hacer otra cosa, y porque pueden.


Primer beso

[Divertimento]

A ver niño, ¡te he dicho Ya! ¡... L, L, A! Lla!
Anónimo de Cádiz

Laura Floccari, se llamaba, y ahora su nombre yace en mi memoria como un monstruo sin cara, como un plato limpio en un aparador, Laura Floccari. Ceceaba, tenía nariz grande, judía, y cuando se reía esa misma nariz se convertía en un gancho, y me atrapaba.
Pero nosotros nos conocimos arriba, en los Pirineos, en el verano del noventa y cuatro, en el campamento de los Boys-scouts. Un buen día, buscando magnolias, se acercó y decidió ser mi novia. Luego, en el cenáculo público, ante los demás jóvenes, lo anunció alzando su copa de agua en el aire. Él y yo zomoz novioz, anunció, porque ceceaba.
La más bella, eso era y eso pensaba yo mientras la conducía hacia mi litera, después de la cena. Nos tumbamos y tocó mis manos. Tienez diez dedoz, dijo, tonteando conmigo. Entonces yo traté de besarla, acercándome, sigilosamente, en la penumbra y con la chimenea pirenaica crepitando. Pero ella deslizó su mano sobre la boca, cubriéndosela, y dijo: No bezoz. Y cogió mis manos otra vez y dijo: Diez dedoz, y se rió, entrelazándose, y matándome un poco.
A la mañana siguiente yo estaba atribulado, en el río. Pescábamos truchas y necesitaba un confesor, alguien a quién contar mis experiencias amorosas; los peces no picaban, giraban alrededor del anzuelo, pero no alcanzaban a dar con el cebo, en órbitas y eclipses, o quietos; yo necesitaba un confesor.
Y por allí andaba Natalia Cabañero, buscando ranas, una pequeña niña, bizca, más bien anfibia, con ojos acuáticos y piel mineral. Llamé a Natalia Cabañero y le expuse mi desgracia. Laura Floccari se niega a besarme, le dije, y pasa toda la noche contando los dedos de mis manos y tocando mi ombligo, todo el rato toca mi ombligo, dice que eso es masturbación umbilical, pero yo no siento nada. Qué debo hacer, Natalia Cabañero, tú sabes del amor más de lo que es naturalmente aceptable, y en tu nombre está incluida la palabra cabaña, qué quiere decir eso, no lo sé, pero por eso te pregunto a ti.
Ella sonrió y descubrió unos dientes insignes cubiertos por aparatos metálicos. Tal era su conocimiento del amor que su boca era un artefacto mejorado artificialmente para los besos y las lenguas. Y esa manera de bizquear le permitía ser doblemente seductora, así podía desear labios y ojos, simultáneamente, como los pájaros, y tenía pupilas cuadradas, como los pulpos.
Natalia me reveló que la solución para consumar mi amor con Laura Floccari era darle celos, y que para ello ella misma ofrecía su ayuda a cambio del postre de una semana, y del desayuno y de dos piedras brillantes de los ríos. Acepté el trato y nos citamos esa noche en los alrededores de mi litera. Dijo que invitara a Laura y a otros amigos, con el pretexto de una fiesta de pijamas.
Seguí sus instrucciones. Era de noche, jugábamos al parchís, Laura iba vestida con un pijama de flores silvestres y olía a rocas y a abetos y yo la deseaba profundamente, la amaba, quiero decir. Pero cuando me giré hacia ella con labios dispuestos, volvió a decir: No bezoz. Entonces alguien llamó a la puerta y apareció Natalia Cabañero, con un pijama obsceno y los labios pintados con algo oscuro, betún, quizá, o restos de ceniza. Con su cintura de bailarín parecida a una copa de Martini. Se sentó a mi lado. Con un ojo me miró amatoriamente y con el otro miró a Laura severamente.
Seguimos jugando al parchís, la situación era tensa, a mi izquierda, mi presente novia, que me negaba los besos; a la derecha, la insondable y nigromante Natalia, que había prometido instruirme en la táctica del amor. Y yo, en medio, sin saber nada.
Me dejé llevar, ese fue el error. Natalia Cabañero cogió mi cara súbitamente e implantó en mis labios sus prótesis dentales, girando, atornillándose, ante los ojos terriblemente abiertos de mi novia de los Pirineos, Laura Floccari. El beso sabía a golondrinas muertas. Mi primer beso. Al dejar de besarme me giré hacia mi amada, sonriente. Pues ya le hemos dado celos, pensé, alegremente, y ahora se va a consumar nuestro amor latente.
Pero Laura se levantó bruscamente y en un italiano pobre y arcaico me llamó Fascista y filisteo, porco cane, insultos por el estilo, pusilánime, o tontiloco y salió corriendo de allí.
Pero qué pasa aquí, dije yo, desconcertado. Natalia Cabañero se encogió de hombros y me confesó que, después de todo, tampoco sabía tanto de los mecanismos del amor, y se puso a hacerse una coleta.
Yo me levanté y salí corriendo de la cabaña. El frío, terrible, me rodeaba. Y entre los árboles vi a mi amor, mi único amor, Laura Floccari, corriendo hacia las montañas. ¡Laura!, le grité, ¡Laura! Pero ella corría, escapándose, enloquecida, destruida, desterrada, con su corazón roto. ¡Laura! Corrí yo también, tras ella. Corríamos los dos por el bosque, tropezando. Corríamos.
Al final la alcancé. La detuve. ¡Laura, mi amor, espera! Me dio una bofetada. Cómo confesarle, en medio de los Pirineos, que quería casarme con ella. Cómo. Me agaché y cogí un copo de nieve. Yo solo te amo a ti, Laura, le dije, yo quiero besarte todas las noches, para siempre, Laura, para siempre hasta en el ataúd postrero y en las guerras civiles. Contigo es fácil imaginarnos bailando zarzuelas con angustiosa exactitud en la plaza mayor. Le ofrecí el copo de nieve que había en mi mano. Toma, le dije. Pero cuando estiré la mano, me di cuenta de que el copo se había deshecho, de que en mi mano sólo había agua, y de que en los ojos de Laura estaba el hielo, y de que en los ojos de Laura Floccari estaban todas las nieves perennes de este mundo, y de todos los mundos, para siempre.



Pizarnik


Y tú me hablabas de las cebollas que teníamos que comprar, de lo caro que era el autobús hasta Barcelona; y tú me hablabas de la suciedad de los mendigos, tan inconstitucional, de esa manía que tenían en las tiendas de abusar del aire acondicionado. Y yo sólo te hablé una vez. Cómo decirte con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome, te dije. Y en ese momento una chica que había delante de nosotros se giró y me dijo: Pizarnik; y siguió adelante, tomó otra calle, a la derecha o a la izquierda, no lo sé, pero quizá hubiera sido importante prestar atención a ese detalle, pienso ahora, cuando levanto la cabeza, hubiera sido importante, y te veo tumbada en el sofá, sabiendo que no me odias, pero que yo te doy igual.


El mundo después de mi cumpleaños




Le hubiera escupido en la cara. Todo el día hablando de Lampedusa y, total, para qué, no sacaba ninguna conclusión de sus películas, pero volvía a verlas, después de comer, o antes de dormir, o mientras cocinábamos se las ponía, a lo lejos, en el salón, y las escuchaba sin verlas entre frituras o mejillones, con esos labios gruesos, la mueca reflexiva en la cara, el miedo que quedaba como una grieta en el quicio de sus ojos.
Luego la comida era en silencio. Yo trataba de hablarle de Marcela, su aborto, la cuestión del dinero, tan importante. Pero él eludía la cuestión del dinero, se centraba en el asunto del aborto, movía el tenedor como entre viscosidades y decía mira, mira qué forma tiene aquello que habéis matado. Pero del dinero ni hablar. Porque me lo debía. Yo no le debía nada, quizá haberle hecho la cama, una, dos veces, y ni siquiera la hice bien esas veces: fue con desgana, pensando en dónde estarían mis cigarrillos, en si él me los habría robado, otra vez, o si esta vez había sido yo solo que me los había fumado sin enterarme, casi como si estuviera en el fin del mundo, pero no en el de este mundo.
El día de mi cumpleaños me regaló una camiseta. Era hermosa. Pero me recordaba vagamente a algo. Estuvo jactándose todo el rato de lo mucho que le había costado encontrarla, había subido y bajado por Callao, calle Montera, más allá, hacia abajo en el pozo de Lavapiés. Ni siquiera la encontré en las tiendas underground, me decía, llenándose la boca de pastel, jugando con las velas, inquieto, preparándose para la masturbación de la tarde o para un nuevo filme de Lampedusa, o el mismo de siempre, Il Gattopardo, hermético, cerrado, y congelado. ¿Te gusta la camiseta? Sí, mucho, confesé, y sí, me gustaba, pero no era mi cerebro el que hablaba, porque en mi cerebro había una navaja sobre la chimenea, abierta, y en ella restos de sangre de una pelea, o un asesinato. Me ha costado mucho encontrarla, repetía, toda la gente es una mierda, o lo será, pensaba yo. Cogí la camiseta y me la puse. Pero al pasarla entre mis brazos noté un olor familiar. La camiseta olía a mí mismo. No dije nada.
Te sienta bien, dijo él. Sí, dije yo, contoneándome. Guardé silencio. Oye, le dije. Hizo un gesto de asentimiento, como Lenin, antes, cuando decía que libertad y voluntad eran la misma cosa. Te crees que soy tonto, ¿verdad? Te crees que después de todo el asunto de Marcela yo no me doy cuenta de las cosas, ¿no? Pero él miraba el plato, lamentando que ya no quedara pastel. Esta camiseta la has sacado de mi armario, ¿no?. Levantó los ojos. Me has regalado una camiseta que ya era mía, ¿no?
Bueno, dijo.
Me levanté y lo dejé en la mesa. Me tumbé en el sofá. Cerré los ojos. Él se quedó solo, en la fiesta solitaria. Jugaba con los cubiertos, nerviosamente, y me miraba, yo lo sabía, me miraba, era la única persona que podía decir que me había mirado en los últimos meses, desde que Marcela se fue. Me debes dinero, le dije desde el sofá. Ha sido el pastel más delicioso que he tomado nunca, contestó. Guardamos silencio.
Gracias por la camiseta, dije al fin. Por la ficción de la camiseta, al menos, añadí. Él sonrió, yo empecé a sentirme como los olivos, anudado y deforme; se acercó con un cigarrillo mío en la boca y encendió el televisor. Lampedusa. Sí, se está bien cuando lo único que te queda es un imbécil que no sabe de literatura, al que no le hace puta falta saber de literatura porque en algún lugar aprendió a mentir. Alguien que sabe que la peor mentira es la que dice la verdad y esconde el sentimiento, como quien tiene una guitarra pero desprecia el sonido de sus acordes.


Entrevista


P: ¿De qué manera escoge usted las alcachofas?
R: ¿Dónde?
P: Cuando va a comprar al supermercado.
R: Por el olor.
P: Desarrolle el tema de las alcachofas.
R: ¿Tiene que ver con la literatura o conmigo?
P: Eso depende de usted.
R: ... De Chirico tiene tres cuadros en los que aparecen alcachofas sobre una mesa. En dos de ellos aparecen dos trenes. En el otro el rostro de un filósofo. El significado es claro. El escritor examina cada una de las hojas de la alcachofa, la va deshojando mientras come. A medida que avanza se acerca al corazón de la misma. Ahí está la esencia, se supone, algo parecido a la verdad. Pero lo que ocurre es que una vez separadas todas las pencas, en el interior no hay nada. Solo vacío.
P: ¿Qué debemos hacer con ese vacío?
R: Nietzsche dice que allí donde ya no se puede amar, se debe -passare oltre!-
P: ¿Hacia dónde ir, entonces?
R: No suele gustarme la mecánica. Yo no me movería. Me quedaría quieto en el espacio. El movimiento sería solo temporal. Hacia el pasado, normalmente, a través del sufrimiento, el amor, el odio, la infancia, más atrás, al principio, en el primer recuerdo: en ese corazón de alcachofa sí debería haber algo, el estigma, por decirlo así, la marca que dicta todo lo que sigue. Conociéndola, podremos cambiar de ciudad sin miedo.
P: Hable de su primer recuerdo.
R: (minuto de silencio) Yo estaba en el suelo y era pequeño. Tenía dos años o tres y era rubio: solían confundirme con una chica, todos, casi todos, a menudo, siempre. Habíamos ido al zoo. El pie de mi padre estaba a mi derecha. Grande. Levanté la cabeza poco a poco, siguiendo la línea de sus venas por la pierna, luego su torso, y al final vi cómo sostenía en sus hombros a un mono. Tenía un mono en los hombros. El mono jugaba con un chupete, probablemente el mío. Yo estaba en el suelo, he dicho. Quiero decir, mi padre me substituyó por un mono. El mono era su hijo. Durante un rato. Pero no mucho. Desde entonces detesto el Paleolítico
P: ¿Debemos detestarlo nosotros también?
R: No.
P: ...
R: Pero podríais y a nadie le importaría. La edad de piedra no terminó porque se acabara la piedra. Pero hay cosas que sí se quedaron allí, detenidas en el tiempo, pero no en el espacio.
P: ¿Qué papel juega la memoria en la literatura?
R: La gracia de nuestra mente es su incompatibilidad con el sistema tecnológico que hemos creado. En un disco duro caben fotografías, canciones, recuerdos escritos. No mutan en el tiempo. Pueden borrarse, pero no modificarse por sí mismos. Por eso nosotros podemos ser felices y los ordenadores no. Porque el pasado cambia cada vez que volvemos a él. Pierde nitidez. En la duda aparece la literatura, no en la certidumbre. Pero la duda es efímera. Después queda el silencio, que duele tanto como el viento, o los neutrinos.
P: Hable del silencio.
R: ...
P: Gracias.



Juro que, antes de que vuelva el alba a romper,
encontraré la cuadra y arrancaré el cerrojo.

W.B. Yeats