27 febrero 2014

ZM: Misterios literarios, Joe Gould y J.M.M. Caminero



En 1942, la revista New Yorker publicó un perfil titulado El profesor Gaviota. Su autor, el reputado periodista Joseph Mitchell. En el texto se esbozaba un completo retrato de un escritor vagabundo llamado JoeGould. Este hombre, tras licenciarse en Harvard en 1911 y trabajar un tiempo como crítico teatral en Nueva York, sucumbió en 1916 ante una súbita revelación producida por la lectura de una frase del poeta W. B. Yeats que dice así: «La historia de una nación no está en los parlamentos ni en los campos de batalla, sino en lo que las gentes se dicen en días de fiesta y de trabajo, y en cómo cultivan, se pelean, y van en peregrinación». En ese momento, concibió la idea de una obra literaria de gran envergadura titulada Historia oral de nuestro tiempo, a cuya escritura se consagraría de ahí en adelante adoptando para ello, incluso, un modo de vida entregado a la mendicidad: «decidí no aceptar nunca más empleos estables, salvo por cuestión de vida o muerte, recortar mis necesidades a lo más básico y sobrevivir con la ayuda de amigos y almas caritativas». Desde entonces, se le pudo ver por las calles de Nueva York y, en concreto, en los alrededores de Greenwich Village, donde se encontraban sus mayores benefactores: escritores y artistas diversos, entre los que destacaban poetas de la talla E.E. Cummings (con una aportación de tres dólares semanales) o el escritor y editor Malcolm Cowley (un dólar semanal). Era, sin duda, un hombre conocido y en parte respetado; su obra Historia oral de nuestro tiempo, se había convertido en la comidilla de los círculos literarios.



12 febrero 2014

A efectos del aplastamiento


Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse funestamente consumido por la vida.
James Joyce


En aquella época escuchábamos música melódica y realizábamos trayectos racionales en la amplia red de transportes metropolitanos. En aquella época nuestra sintaxis podía definirse como estructurada, repetitiva, parca en conceptos abstractos. Señalábamos con el dedo las cosas cuyo nombre desconocíamos. Nos enamorábamos con facilidad de cualquier jovencita que se mostrara tan digna y majestuosa como nuestra madre y éramos ordenados en el sentir, en el especular, incluso en el elucubrar maniobras de escapismo. Las comidas eran puntuales y el menú invariable y la luz de la lámpara se apagaba sin remedio a las doce de la noche para poder madrugar al día siguiente. Era la languidez del crecimiento hacia la vejez. Era un estadio intermedio entre el apogeo perdurable de las pasiones y el lento crepitar hacia la ceniza de las hogueras donde perecieron nuestras decisiones más importantes. Porque ya no había nada que decidir. Ya no había aventuras que correr ni significados que desentrañar. O eso creía. Nuestros ojos se posaban desencantados en los escaparates del boulevard. Algunas noches yo recordaba la imagen de una antigua amante y su voz diciéndome que no quería seguir viviendo. Yo tampoco quería seguir viviendo y, sin embargo, seguí viviendo en estas circunstancias que ahora relato, entregado por completo al alcoholismo más desenfrenado y solitario, entregado por completo a la narcolepsia de la hierba fumada por las noches frente a los herméticos libros de poesía de Ashbery, en cuyos versos que no comprendía encontraba significados imposibles que me hubiese gustado significar.
Por eso, cuando recibí en mi correo electrónico una invitación de la galería de arte El Passadís, encontré con facilidad un motivo para la acción (Eres un pecorone, un lento de movimientos, prefieres la nada a cualquier cosa, me dijo una vez una bruja italiana). No estoy al tanto de las evoluciones acrobáticas del arte contemporáneo ni pienso estarlo, pero sabía que con la crisis económica habían proliferado pequeñas galerías de arte ubicadas en casas de particulares, y El Passadís era una de ellas, acaso la más célebre de Barcelona. Se encontraba en los alrededores de la Escuela Industrial. La galería era poco más que un pasillo de quince metros de largo por dos de ancho. Al fondo, desembocaba en una vivienda común, con su cama doble, su cocina, su baño aderezado con pintalabios y jabones y un balcón colmado de plantas asilvestradas, como las que se reciben por regalo y se dejan crecer sin cuidado. 
El título de la exposición: Capacidad para deformarse. Me gustó. Muchas veces he pensado que nuestra propia deformación es el único impedimento para medir la deformación de los demás. Además, el tríptico aseguraba que se ofrecería vino, cerveza y una performance
Me vestí, introduje mis manos en sendos guantes de lana y me encaminé hacia el lugar de los hechos, a pie, resuelto a abandonar el barrio que me había cobijado y ocultado las últimas semanas -lecturas imperiosas: Emily Brönte, Cumbres Borrascosas-. Y caminé desde las calles festoneadas por la ginesta del barrio de la Salut hasta la señorial y ruidosa Eixample donde nací y crecí. 
Se daba la casualidad de que la galería de arte estaba al lado del condominio en que pasé gran parte de mi infancia. Al pasar por allí -Avinguda Sarrià, 21-, levanté la cabeza y contemplé las sombras que se movían tras la ventana de la que una vez fue mi casa. 
Ligera melancolía. Con apenas cinco años acostumbraba a colocarme tras esa ventana, sentado en una silla, y a mirar los coches que pasaban sin otro objetivo que el de descansar mi mente. En ocasiones, según recuerdo, escuchaba a mis espaldas la voz de padre que decía: creo que hemos engendrado a un niño por completo tonto. 
La contemplación es como un libro de música sobre un atril que espera que alguien pase la hoja que ya ha sido cantada. Y al que canta no le importa que la canción prosiga sin él. Y a mí entonces no me importaba que las canciones siguieran sin mí. Y escuchaba también con fascinación desde esa ventana, cuando el semáforo detenía el tráfico rodado, el tañido enloquecido de las campanas de la iglesia del barrio que regentaba entonces un párroco extraviado y alucinado que fue encontrado una pálida mañana de invierno ahorcado del arquitrabe -por eso ahora el lugar es conocido popularmente como la Iglesia del ahorcado.
Sí, no eran los pensamientos más alegres para acudir a una emotiva inauguración artística. La casa perdida, la infancia perdida, dos casas tomadas por otros. Era uno de esos días en que todo da igual y uno lo sabe. Pero mi intención era pasarlo bien. 
(Pienso en esa cosa tan fascinante que ocurre cuando clavas un punzón en un bloque de hielo, la manera en que su pulida superficie se quiebra y resquebraja en nuevas formas de complicada y arbitraria perfección. Pienso en la sorpresa que acaba con la elucubración para ofrecer la desdibujada figura de una idea de pronto revelada.) 
La puerta estaba abierta de par en par y, tras pasar por un pequeño zaguán, llegué al pasillo donde se exponían las obras de arte. El lugar estaba atestado de gente. Hasta donde alcanzaba mi vista, pude comprobar que el interior de la casa, más allá del pasillo, también estaba atestado de gente. Me inserté junto a un cuadro que representaba a lápiz a un grupo de alumnos practicando yoga y, sin posibilidad de ejecutar ningún movimiento, me apoyé contra la pared. 
Allí permanecí por un lapso de tiempo indeterminado a la espera de que se liberara un poco de espacio. Las bebidas gratuitas estaban más allá del pasillo, fuera de mi alcance, de modo que, como cuando era niño y permanecía horas impávido contra la ventana, me quedé quieto con la vista fija al frente y me concentré en las conversaciones adyacentes. Escuché esto: Porque sí, sí que he leído a George Saunders. Eso sí, lo he leído en inglés, ya sabes que no tiene sentido, ningún tipo de sentido, como sabes, leer los libros traducidos. ¿Y sabes qué me pareció? Me pareció un moralista, un endeble moralista del siglo diecinueve que bien podría haber atravesado las calles de su ciudad montado en un caballo, ja ja. Y escuché esto: No puede llamarse a sí mismo un coleccionista. Ese hombre no es un coleccionista. Los coleccionistas no coleccionan generalidades, coleccionan pequeñas obsesiones, por ejemplo, todo el historial de latas de coca-cola, por ejemplo, los diversos prepucios de Cristo que han sido encontrados. 
Empezaba a subir la temperatura, eso era una evidencia. Estábamos tan apretados que ni siquiera podía quitarme la chaqueta o la bufanda. Tal vez llegué a sentir que me había equivocado de lugar. Llegué a pensar que no tendría que haber salido de casa. Que tendría que haberme conformado con sentir la extrañeza de mis pasos sonando en el pasillo de mi propia casa. Tendría que haber permanecido en el salón para comprobar como un neurótico que todas las cosas estaban exactamente colocadas en su sitio, tendría que haber mirado inmóvil los libros de la estantería como el marinero contempla el replegar de las velas de su buque y haberme sentido en conformidad con la soledad que me había acompañado en las últimas semanas. Allí había demasiada gente. Giré la cabeza y pude comprobar que no dejaban de entrar más invitados por la puerta. De un minuto a otro, el espacio se estrechó, los cuerpos se acercaron y yo me encontré, de pronto, contra la pared, con la cara pegada al cuadro que representaba una clase de yoga, con la nariz exactamente pegada sobre el trazo de un cuerpo que efectuaba un ejercicio de relajación, aplastado por el gentío creciente, las conversaciones crecientes, los admirados elogios crecientes de los asistentes al contemplar el esplendor de los cuadros o de las cabezas aplastadas, como la mía, que convirtieron esos mismos cuadros en nuevas formas de arte corpóreo. 
Todo ello fue la prueba del éxito definitivo de la exposición, de la que hablaron los más importantes críticos de la ciudad más tarde en suplementos y páginas de Internet. Uno podría haber pensado, en esa situación, que toda la ciudad se encontraba en ese momento en ese pasillo, una pequeña galería de arte humilde acondicionada para la vida en pareja. Yo, por mi parte, mientras esperaba a que se liberara un poco de espacio y aplastado contra la pared, me sumergí en una lenta evocación: mi cara aplastada contra el cristal de la casa de mi infancia mientras contaba los coches de la marca Renault que pasaban por la calle. Mi cara aplastada contra el fondo de una piscina por el puro placer de sentir la presión inasible de los oídos al borde de la explosión. O bien, con cierto retortijón de placentera turbación, la evocación del primer beso que una vez di a alguien pegado contra un escaparate de Mercedes-Benz. 
En el corazón pueden descansar cosas que tan sólo podremos evocar determinadas veces en determinadas circunstancias. Estos son los recuerdos que afloraron con el aplastamiento. Pesaron sin remedio unos minutos en mi mente y se desvanecieron cuando la gente se disgregó y el pasillo se vació. Tuvieron lugar como un sueño de soledad. Luego, volví a casa sin pronunciar palabra.


04 febrero 2014

ZM: Los diarios de John Cheever



Cuando un autor logra fascinarme, tiendo a leer toda su obra en conjunto y de forma consecutiva. Me empapo de su prosa, de su concepción del mundo, de sus tribulaciones. Este fue el caso de John Cheever. Sus relatos me asombraron, pasé a las novelas con idéntico resultado y acabé descompuesto o tiritando en medio de su obra más íntima y monumental: los diarios. 

El conjunto de los manuscritos que conformaban los diarios de John Cheever tenía entre tres y cuatro millones de palabras. Robert Gottlieb, su editor, tuvo que realizar una selección para dar forma a la obra que ha llegado hasta nosotros. Esto quiere decir, de entrada y a juzgar por el magnífico nivel literario del texto, que nos hemos perdido varios millones de palabras de un hombre que empezaba cada párrafo como yo entiendo que debe empezarse cada párrafo: jugando al límite con la posibilidad de equivocarse. 
[...]

29 enero 2014

En el armario ropero

Te dejaré jugar a La prisión si aprendes a tocar la guitarra, dijo. Cada vez que me demuestres que has aprendido a dominar un acorde, una escala musical; cada vez que logres entonar vagamente una canción secundaria de los Beatles, yo te dejaré jugar a La prisión, dijo padre, y se levantó y me condujo hasta el armario ropero, abrió el armario ropero y se introdujo en el armario ropero tras años de silencio y olvido del armario ropero, sin que nadie se introdujera en él, y me introdujo también a mí en él y allí, entre abrigos de visón olvidados por madre, entre batas escolares, chupas de cuero, largas gabardinas de detective privado, padre me dijo que aquél sería el espacio en que podría tocar la guitarra con libertad, sin que nadie, ni los vecinos, ni él mismo siempre ocupado en el ordenador, pudiera escucharme, dijo. Colocaremos aquí un taburete y una mesita, entre los abrigos olvidados de madre, y practicarás cada tarde. 
Así fui entregado con la mayor desconsideración al estudio de la guitarra. Un profesor menudo de apellido Garibaldi me dio clases en el interior del armario ropero. Enjuto, con sus gafas para la miopía y su fino bigote evocador del perdido arte de la lucha con espadas, me mostró el secreto de las armonías mientras mi mente se encontraba totalmente entregada a la fabulación, al sueño de jugar al videojuego que me había comprado padre. Las primeras dos semanas, me mostré como un alumno completamente incapaz, completamente carente de oído musical, completamente privado del talento natural de la melodía. Cada noche padre comprobaba mis progresiones con rostro circunspecto, hundido en el sofá de orejas, y emitía juicios que no alcanzaba a comprender pero que no podían ser positivos. «Se oye a lo lejos el chillido de un asno salvaje que agota su vida en las montañas», decía con melancolía.


24 enero 2014

Wanderlust

[Fragmento]


Decidme quién inventó el corazón humano
y yo os diré dónde lo ahorcaron.
Lawrence Durrell


No tienes por qué temer al artefacto, dijo padre. El artefacto no muerde. El artefacto no es maléfico, el artefacto es un instrumento que nos cambiará la vida tal y como nos cambia la vida el guiso de tu madre cada día, dijo padre con pose de «Estoy sentado frente al ordenador, soy importante». Padre no sabía, en ese momento, en ese tiempo -un verano de canícula después de un viaje familiar a la isla de Fuerteventura- que iba a ser abandonado por madre en breve y, en consecuencia, que iba a ser abandonado también por la posibilidad de volver a comer el guiso de madre cada día, abandonado por la posibilidad de hacer el amor una vez más con madre, «Dime guarradas al oído, así, bajito bajito», de viajar con ella a alguna parte en algún momento, al supermercado, al párking, al dormitorio postrero que habían edificado en la alcoba, o bien por las laderas floridas de ginesta de la calle Verdi cogidos de la mano como dos viejos seniles con el cerebro aguado.
Puede considerarse, según cómo se mire, al artefacto como una metáfora de la vida, de la misma manera que cualquier cosa puede considerarse como una metáfora de la vida; la persiana que sube y baja, el vaso de agua que se engulle y se lame, o bien el tradicional cigarrillo, mira cómo me fumo la vida, doctor hijo de puta, ante el incendio sorpresivo que estalla en mí cuando descubro que he perdido tres centímetros de altura. 
Al encenderse, el artefacto emitía sonidos confusos, graznidos diversos y atonales. ¿Y esto por qué lo hace?, le preguntaba a padre, que estaba sentado con su pose de «Soy licenciado en química, me manejo en el mundo de los metales pesados». 
Esto es la conexión a la red, anunciaba él tras estirar el brazo hacia el techo con el dedo índice extendido, de acuerdo con la idea de que la red estaba allí, en todas partes, en torno a nosotros. 
Cuando los sonidos cesaban, estábamos dentro de la red, en el techo, por lo tanto, por las paredes y en el aire; la espalda de padre se tensaba y se curvaba hacia la pantalla y qué movimientos frenéticos de la mano sobre el mouse entonces, qué avidez prehistórica en la mirada depravada de padre que emulsionaba baba mientras las páginas, los datos, las noticias se sucedían en ventanas y directorios y a través de imágenes pixeladas, en medio del calor de la pisada de los bisontes que avanzan en estampida. Basta. Tal vez sea conveniente hablar de este asunto en términos estrictamente prosaicos, en plan binario, y sin embargo cliqueaba con sutileza y deslizaba la rueda del mouse a la manera de los viejos mayordomos que transportan con parsimonia el correo postal de la mañana.
Por mi parte, de los ordenadores me interesaban tan sólo los videojuegos. Era un aficionado a los simuladores de construcción. Sim City, diseña tu propia ciudad, recauda impuestos, eleva falsamente el valor de la vivienda, anuncia la quiebra de las arcas públicas y huye, reinicia la partida antes de que la policía te capture. Los juegos de acción o disparos me parecían simples y vulgares. Esa clase de conflictos bélicos en que se prodigaban los presenciaba cada día de forma más sutil y elegante en la relación entre padre y madre. 
Pero fue en esa época -madre ya había anunciado que se divorciaba- cuando me hablaron de un juego diseñado para ser jugado exclusivamente por Internet, un juego de rol llamado La prisión. Un juego por el que me interesé mucho debido a que varios compañeros de clase jugaban con él y se encontraban cada noche en Internet sin que yo pudiera hacer nada para adherirme a la causa o para evitarlo, marginado en la tosca geometría que entonces representaba mi habitación, envuelto por las paredes inertes de mi habitación por las que supuestamente, de acuerdo con mi padre, flotaba la Red y, lógicamente, flotaban mis amigos y flotaban sus conversaciones que no podía escuchar por mucho que crispara las orejas en la oscuridad.
La liberación, o tal vez la apostasía de mi madre, ocurrió en esa época en el cenador del jardín -ambiguas noches de otoño que obligan a vestirse y desvestirse una y otra vez, calor, frío, calor- a la luz de unas velas que mi padre había colocado con la firme intención de mostrarle de la manera más romántica, «Voy a tocarte unos acordes de rodillas», su última composición de guitarra. Sonaron lánguidos esos acordes arrodillados a través de los pinos y los olivos del jardín. Recuerdo cómo los observé a ambos desde la ventana de casa, cómo, desde esa misma ventana, vi de pronto la cabeza de padre caer hacia el suelo en forma de desmayo y la sombra de madre que colocaba la mano en la espalda; unas palmaditas en la espalda, una forma de despedida táctil en la espalda, desde la ventana, y cómo apareció la figura de madre de pie atravesando el jardín, jugando con la bolsa de pan Bimbo que oscilaba en la mano derecha, y ahora a cámara lenta: el cabello largo y sus tirabuzones, las nalgas aún prietas al caminar, y al fondo la tosca figura de padre echado en el suelo sobre las rodillas, como un caparazón de tortuga anciana y derrotada.
Abandonado por madre, ahora solo, padre llevó a cabo diversos movimientos para ganarse mi corazón, un corazón que, por otra parte, podría decirse carecía de las cualidades emocionales de un corazón. Yo aún no había saboreado los anhelos del amor y podía pasar, sin problemas, la tarde entera resolviendo problemas de matemáticas o traduciendo oscuros pasajes Julio César para la escuela. No sentía ansiedad por el tiempo que pasa o por las piernas torneadas de las doncellas que pasan. No sentía la angustia de la pérdida y la muerte y el luto consecuente. Pero en esas tardes de estudio sí sentía de manera rutinaria el turbio aliento de padre en la nuca mientras traducía oscuros pasajes de Julio César; sentía, sin duda, la sombra de la cabeza de padre que se deslizaba por la mesa a mis espaldas mientras resolvía problemas de matemáticas. «¿Me acompañas a comprar salchichón». Los pretextos que esgrimía para pasar tiempo conmigo solían tener algo que ver con compras alimentarias o con cuestiones domésticas. «¿No te parece que la casa aún huele a tu madre? ¡Salgamos a por ambientador!»



15 septiembre 2013



Durante el año siguiente, hizo muy poco aparte de mantener su correspondencia y llevar una vida ociosa en su agradable casa de campo junto al río Hudson. Sólo escribía para llevar la cuenta del alcohol que bebía. "Primer vaso a las nueve y media -apuntaba-. Esta mañana he aguantado hasta las once y veintidós". Algunas anotaciones eran más largas. "Esta mañana me he sentado en la sala a las nueve y media para leer el Times del domingo. Disturbios en California. Desnudos en el teatro. Ávido de beber una copa pero resuelto a no hacerlo hasta que Mary salga de la cocina. Quería una ginebra con tónica. Prestaba más atención a sus idas y venidas que a las noticias del periódico. ¿Había hecho las camas? Subí a mirar: sí. Había ropa en la lavadora. Cuando la máquina concluyera el programa, saldría a colgar la ropa y entonces tendría la oportunidad de introducirme furtivamente en la despensa. Pero cuando terminó de arreglar las flores, dejó los floreros sobre una mesa y se puso a pelar huevos duros. ¿Por qué lo hacía? Estábamos invitados a comer a casa de los W., ¿para qué queríamos huevos duros? Pero seguía pelando huevos y mi sed aumentaba. Cuando terminó, la lavadora acabó el programa. Sacó la ropa del tambor y la puso en un canasto. Yo estaba preparado para entrar en la despensa, pero no salió a colgar la ropa. Entró en la sala -yo esperaba que subiera-, pero advirtió una mancha en una ventana, volvió a la cocina en busca de un trapo y el limpiacristales, y limpió la mancha. Volvió a la cocina y vi con horror que desplegaba la tabla de planchar. Casi nunca plancha, y su gesto me pareció contrario a la moral. Supuse que repasaría el vestido que pensaba ponerse para la comida. Pensé que no tardaría más de cinco minutos, pero era más de lo que yo podía esperar. Por eso, a la vista de mi esposa, del mundo entero, entré en la despensa y me preparé una copa. Faltaban dieciocho minutos para las once.

John Cheever, Diarios, 1969.


Hijos Apócrifos / Víctor Balcells Matas / Reseñas

16 julio 2013




Todas las cosas del mar pertenecen a Venus: las perlas y las conchas, y el oro de los alquimistas, y las algas y el olor salobre de las mareas muertas, el verde del agua cerca de la costa y el morado más afuera, y el gozo de las distancias, todo esto es de Venus, pero ella no sale del mar para todos nosotros. Ella salió para Coverly por la puerta giratoria de una tienda de bocadillos, donde él había ido a tomar algo después de las clases del Instituto MacIlhenny. Era una muchacha delgada y morena, que se llamaba Betsey MacCaffery; Criada en las malas tierras del norte de Georgia, era huérfana. 

Crónica de los Whapshot, John Cheever

24 marzo 2013



- Sí -dijo McCord-, no tienes que preocuparte más que una vieja que cruza la calle acompañada por un vigilante o por un boy scout. Porque cuando la atropelle, el automóvil no va a reventar a la vieja, sino al vigilante o al boy scout. Cuídate.

William Faulkner

28 agosto 2012

El nadador


[Relato / Borrador]


¿Qué es aquello que Píndaro dice en su
alabanza? Recuérdamelo, si lo sabes. Es
cuando dice que el agua es lo mejor, y
a continuación ensalza el oro, acertadamente,
en el comienzo de la más bella
de sus odas.
Luciano


- Si es posible, compra el pan cuando vuelvas -dijo padre ya apoltronado en el sofá mientras examinaba  los botones del mando a distancia con la gafas levantadas sobre la frente. Asentí y salí de casa sin despedirme, con lo necesario para ir a la piscina. Un sol jabonoso impregnaba las calles a esa hora, poco después de la comida, y la carnicería seguía abierta. El olor gelatinoso de las tripas llegaba hasta la portería de casa. Los moscardones extendían su reinado a lo largo de la calle. De los ganchos colgaban tiras de lomo ahora oscurecidas por el calor y el contacto del aire, y sobre el mostrador había lenguas de toro, cráneos irreconocibles de ovejas y vacas desprovistos de ojos, partes, ancas, patas como prótesis operables y fragmentos de animales salvajes cazados de noche en los Pirineos. Unos metros más adelante, el olor de la carne se mezclaba con el aire de cloro y cerumen que expulsaban los grandes ventiladores de la trasera de la piscina. Había niños jugando al baloncesto en un patio anexo. Sus desplazamientos, gritos y saltos acrobáticos desplazaban a las palomas, que se desprendían del suelo asustadas y al unísono como frutos maduros. 
Entré en las instalaciones de la piscina y saludé a la vieja empleada a través del cristal enrejado. Buenas tardes, señora. Ella, que se encontraba en ese momento enfrascada en la lectura de una novela, no levantó la cabeza. Con un dedo apoyado sobre la página dirigía el rumbo de la lectura; con la otra mano sujetaba un lápiz para señalar las frases conjeturales. Introduje el dedo en el detector de huellas dactilares y esperé la conocida señal: "Entre". Pero la señal no se produjo y nada ocurrió. Separé el dedo, lo miré y lo froté contra el jersey y volví a posarlo en el detector con idéntico resultado. Nada. Me giré y dos veces le dije a la recepcionista: no funciona, sin que la mujer despegara los ojos de la novela. Y cuando lo hizo se quedó mirándome desconcertada. Vuelve a intentarlo, dijo al fin, a veces falla. Asentí, me giré y volví a intentarlo: "Entre". Se desbloqueó el torno. Sonriendo para mí me dirigí hacia el vestuario. Antes de girar por el recodo volví la vista hacia la recepcionista. Contra todo pronóstico seguía mirándome con el lápiz alzado a media altura y la novela sobre la mesa, abandonada definitivamente. En el rostro dibujado un cierto torcimiento de boca. La lengua pulsaba su labio inferior queriendo surgir de debajo como cosa encantada, o como una magia.
Naturalmente, en el vestuario, la típica competición, las consabidas miradas y enrojecimientos. Un pito por aquí y otro por allá, la mano musculada del patriarca mesándose el pelo frente al espejo, la quijada fija y endurecida, Schwarzenegger de toda la vida; o bien las gotas de sudor y de agua, los pelos de las piernas no depiladas reunidos como estalactitas tiernas, los calcetines, los calzoncillos, la morbidez de la goma de un zapato y el ojo final que te escruta inclinado hacia adelante mientras simula estar trabajando en los cordones. 
Me coloqué el bañador y guardé la ropa y los zapatos en una taquilla. Cogí la toalla y el gorrito de látex negro y me encaminé hacia la piscina a través del vestuario; mis sandalias de baño sonaron sobre el embaldosado como los zuecos de un potro. Antes de entrar en la piscina, me detuve frente al espejo de las duchas para comprobar el estado de mi figura. Aún hay barriga, pensé desconsolado. Me separé del espejo y entré en la zona acuática.
Atención: obligatorio ducharse. Dejé la toalla sobre una barra metálica y, despojándome de las sandalias de baño, entré en las duchas. No tardé en percibir, entre los chorros de agua y vapor, los ojos de un viejo reseco que sostenía una pastilla de jabón a media altura. Parecía desaprobar alguna cosa de mí:  había dejado de frotarse y ahora aguzaba la vista expectante mientras la alcachofa moldeaba su escaso pelo como una lluvia indeseada. Creí que la tensión habría de resolverse en un gesto amable, acaso en una risa, que en mi cara quedaban polvos de talco o que mi afeitado había resultado ser particularmente irregular ese día. Pero el viejo no hizo gesto alguno. Me retiré de la ducha inquieto y apenas mojado. La piscina se extendía a lo largo de cincuenta metros bajo un techo suspendido del que colgaban luminarias naranjas. A la izquierda unas gradas vacías subían desalineadas hacia arriba y se perdían en la oscuridad. Es normal que en la piscina la gente se mire, pensé. Cada uno aprovecha la oportunidad de descubrir lo que en la calle se le oculta. No pasa nada. En las duchas son habituales esa clase de escrutinios despiadados. No es la primera vez.
Me coloqué el gorrito en la cabeza y el sonido del agua y de los nadadores quedó diluido y mezclado en ecos distantes. De los ocho carriles disponibles, siete estaban ocupados. Decidido como siempre a nadar solo y sin ser molestado avancé hacia el carril disponible. Me acerqué al trampolín, enmarcado entre dos corcheras de argollas rojas, y realicé con desgana algunos ejercicios de calentamiento con brazos y piernas, inclinaciones diversas y maniobras crujientes. Después, sin estar del todo tonificado, me lancé de cabeza al agua.
Se rasgó como una seda. Arranqué a nadar crol y sentí la frescura y el embrionario placer de saberse envuelto, flotante. En los primeros compases imprimí toda la fuerza de que disponía y no tardé demasiado en atravesar la piscina. Debajo, las baldosas azules se sucedían una tras otra señalando el rumbo y la velocidad de mi impulso. Las piernas se dejaban llevar por los brazos. Tren inferior relajado, pies vueltos hacia dentro y dedos en punta; el compás de la brazada movía arriba y abajo las caderas. Por unos instantes sentí que no tendría que hablar con nadie más el resto de mi vida, y eso me gustaba. Nadar me ayudaba a relajarme. Atravesé la piscina y cuando toqué el borde me aferré al trampolín y cogí aire dispuesto a volver a arrancar. Pero algo me detuvo.
Sobre el trampolín había un nadador a la espera de lanzarse al agua. Los dedos de mis manos agarrados a la plataforma rozaron la punta de sus pies. El hombre miraba al frente y las luminarias naranjas del techo de la piscina se reflejaron en sus gafas acuáticas como sendos soles crepusculares. Estaba inmóvil, hierático y firme como un sacerdote sacrificial. De pronto, inclinó la cabeza hacia mí sin que su rostro dibujara expresión alguna y se quedó mirándome con la cara ladeada, como quién examina las particularidades de un insecto que acaba de aplastar y que aún se retuerce agonizante con las patitas al aire dispuesto a recibir un remate que sólo por crueldad no se le concede.
Asustado me impulsé con las piernas hacia atrás y arranqué a nadar hacia el otro extremo de la piscina siguiendo la línea marcada por las corcheras rojas. Apenas podía verlas: no tenía gafas de buceo y bajo el agua el cloro me picaba en los ojos y al levantar la cabeza para tomar aire las gotas descolgadas de las pestañas me impedían distinguir bien lo que ocurría a mi alrededor. Cuando llevaba unos cuantos metros a buen ritmo dejé de pensar en el hombre del trampolín y empecé a pensar con deleite en lo que me esperaba tras el ejercicio: un baño caliente en el jacuzzi del gimnasio, la relajación total envuelto en burbujas masajeantes. Mi cabeza dignamente peinada emergiendo del caldero hirviente de un chamán africano que entona canciones rituales. El gesto violento de una égida que me aplasta hacia dentro y me ahoga entre la profusión de pompas. Me detuve.
Había recorrido apenas veinticinco metros pero sentí la repentina necesidad de detenerme y mirar hacia atrás. Allí estaba. Sobre el trampolín seguía de pie el hombre. Y me observaba inexpresivo. Fue entonces, al comprender que me había parado para mirarle, cuando se tiró al agua en un salto majestuoso y liso, sin salpicaduras. Emergió a unos veinte metros de mí y trazó dos brazadas que lo impulsaron hacia donde yo estaba a una velocidad inusual. Lo primero que pensé fue que no tardaría más de veinte segundos en adelantarme. Sin embargo, al fijarme en su brazada noté que había introducido algunas variaciones en su técnica perfecta para mantenerme bajo vigilancia todo el tiempo. Me miraba desde esas gafas de buceo reflectantes mientras avanzaba sin cesar. Ahora estaba a quince metros de mí. Me volví y me impulsé con ambos brazos tratando de adoptar una postura hidrodinámica. Aceleré con un arrebato que puso en aprietos mi tensión arterial y sin apenas levantar la cabeza para respirar seguí hacia adelante maldiciendo el no haber traído gafas de buceo. Con los ojos por completo abiertos bajo el agua veía la línea difusa impresa sobre el fondo del agua que me indicaba la dirección a seguir. No podía volverme hacia atrás y tampoco podía mirar al frente. Concentré toda mi sensibilidad en tratar de percibir cualquier variación que pudiera producirse a mi alrededor y así fue como sentí en la cola un temblor creciente, una perturbación no producida por mis pies: el nadador. Me estaba dando alcance.





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