29 enero 2014

En el armario ropero

Te dejaré jugar a La prisión si aprendes a tocar la guitarra, dijo. Cada vez que me demuestres que has aprendido a dominar un acorde, una escala musical; cada vez que logres entonar vagamente una canción secundaria de los Beatles, yo te dejaré jugar a La prisión, dijo padre, y se levantó y me condujo hasta el armario ropero, abrió el armario ropero y se introdujo en el armario ropero tras años de silencio y olvido del armario ropero, sin que nadie se introdujera en él, y me introdujo también a mí en él y allí, entre abrigos de visón olvidados por madre, entre batas escolares, chupas de cuero, largas gabardinas de detective privado, padre me dijo que aquél sería el espacio en que podría tocar la guitarra con libertad, sin que nadie, ni los vecinos, ni él mismo siempre ocupado en el ordenador, pudiera escucharme, dijo. Colocaremos aquí un taburete y una mesita, entre los abrigos olvidados de madre, y practicarás cada tarde. 
Así fui entregado con la mayor desconsideración al estudio de la guitarra. Un profesor menudo de apellido Garibaldi me dio clases en el interior del armario ropero. Enjuto, con sus gafas para la miopía y su fino bigote evocador del perdido arte de la lucha con espadas, me mostró el secreto de las armonías mientras mi mente se encontraba totalmente entregada a la fabulación, al sueño de jugar al videojuego que me había comprado padre. Las primeras dos semanas, me mostré como un alumno completamente incapaz, completamente carente de oído musical, completamente privado del talento natural de la melodía. Cada noche padre comprobaba mis progresiones con rostro circunspecto, hundido en el sofá de orejas, y emitía juicios que no alcanzaba a comprender pero que no podían ser positivos. «Se oye a lo lejos el chillido de un asno salvaje que agota su vida en las montañas», decía con melancolía.


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