19 agosto 2012

Aletheia

[Relato / Borrador]

"¿Hacia dónde vas, doncella bonita?"
"A ordeñar, señor", contestó Gotelind.
Eduard Mörike


Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, comenta el padre de mi amigo. Asiento a través del retrovisor interior del coche y él mantiene la mirada fija en mis ojos mientras avanzamos por la autopista. Nos acaba de recoger en el aeropuerto y nos dirigimos hacia su casa. ¿Recuerdas cuando íbamos con tus padres a los bungalows de la playa?, pregunta. Eso no lo recuerdo. Sí, hombre, pasábamos el día en esas calas contiguas, nadando de una a otra por mar abierto, ¿te acuerdas? Allí te hiciste un corte debajo del dedo del pie. Asiento, ha quedado una cicatriz. Mi amigo calla. Diviso su mano colocada sobre el apoyabrazos. Recorre los botones de las diferentes emisoras: cambiamos de una pieza de reggae a un silencio que se rompe aturdido: Prokófiev. Deja que suene esto, inquiere su padre. Menudo coñazo, contesta mi amigo, su hijo. Toda la crueldad que pueda darse se muestra con calma, piadosa en su violencia. Desde la ventanilla del coche veo niños jugando a la pelota en los descampados y grupitos en los portales de los commies que se mueven erráticos como bailarines rusos en decadencia. Aparecen los primeros rascacielos hoteleros bajo el segundo concierto para violín, opus 63. El padre de mi amigo se remueve inquieto sobre el asiento como quién pronto va a ser homenajeado. Creo que la última vez que nos vimos fue cuando fuimos todos juntos de viaje a Roquefort, ¿Te acuerdas? El pueblo del queso. Asiento pero lo único que recuerdo de ese viaje es un campo de fútbol y el sonido de cencerros. Os perdísteis y os estuve buscando durante dos horas, por lo menos, asegura el padre de mi amigo. Resurge en mi memoria su rostro de pronto desfigurado insultándonos en italiano: "Pecoroni! Siete un bel paio di stupidi pecoroni!", su rostro enrojecido y la boca desencajada como un bardo de las minas. La imagen es turbia. Igual que en sueños, como medio dormido, uno camina de día. Y en mi recuerdo el padre de mi amigo porta una corona de espinas. El paisaje cambia. Ahora atravesamos las extensiones verdes de parques públicos que median entre la zona obrera y los barrios ricos, donde el padre de mi amigo tiene una casa con piscina a la que nos invitaba a merendar y a bañarnos cuando éramos niños a pesar de lo fría que estaba el agua. Pero mis recuerdos son confusos. Es posible que los ojos del padre de mi amigo me estén perturbando allí, colocados en el intervalo de tiempo del retrovisor interior: parecen elementos autónomos o flotantes, y es posible también que mi amigo con su silencio sea el culpable de esta deriva melancólica. La casa no ha cambiado mucho desde entonces, asegura el padre de mi amigo. En ese momento el coche inclina su morro hacia abajo en el acto de entrar en el garaje y lo último que acierto a ver desde la ventanilla antes de que todo se oscurezca es a una matrona gitana rebañando a su hijo en la fuente pública en una suerte de ritual o bautismo pagano, antes de seguir su recorrido por el barrio en busca de limosna y algo de caridad de los malparidos que toman el sol, con sonrisas someras, en el borde de piscinas privadas exhibiendo un insultante placer que no sienten. 
En el ascensor más espejos y un largo recorrido hasta la doceava planta. Mi amigo, totalmente sonámbulo, espera en silencio mientras su padre busca la llave para entrar en casa. De espaldas, el padre de mi amigo parece un empresario degenerado. El pelo despeinado y un extraño temblor en el pulso pero no en el corazón; dificultad para abrir la puerta mientras suelta su perorata de apestado: me acuerdo de aquella vez, dice en tono confidente para disimular la incapacidad de abrir la puerta de su propia casa, de aquella vez en que fuimos juntos en barca por la Costa Brava y tú te lanzaste al mar sin darte cuenta de que estaba infestado de medusas. ¡Ja, ja! Se abre la puerta y entramos en un vestíbulo en el que predomina el blanco y lo impoluto. Es entonces cuando, mientras el padre de mi amigo se acerca a un canastillo para depositar las llaves, una cucaracha marrón aparece por el quicio de la puerta de la cocina y salta sobre su entrepierna. El padre de mi amigo reacciona con un espasmo desconcertado y la expulsa de su cuerpo con un movimiento espasmódico de la pelvis. Hostia puta, susurra al aplastarla contra el suelo. Se mesa el pelo y me mira con expresión de disculpa. Perdona, creía que habíamos acabado con ellas. Sólo entonces enciende la luz del vestíbulo y allí nos encontramos los tres, padre hijo y yo, espíritu lejano, frente a un espejo horizontal que atraviesa todo el vestíbulo y, según parece, se prolonga hacia el salón tras el recodo de una puerta. A través de su reflejo veo la mirada del padre de mi amigo que me escruta y a mi amigo, avergonzado, que busca refugio con el rostro vuelto hacia los zapatos. ¿Vamos a la habitación?, sugiere por fin mi amigo. Bueno hijo, le interrumpe su padre, espera un momento, que hace mucho tiempo que no veo a Víctor, ¿Por qué no tomamos algo en la terraza los tres? La frase parece bastar para convencer a mi amigo, que se deja llevar hasta un balcón desde el que se contempla una vista magnífica de la ciudad y el mar a lo lejos.
Como te decía antes, arranca de nuevo el padre de mi amigo al regresar de la cocina con una bandeja repleta de refrescos y diversos tipos de galletas de chocolate, me tuve que lanzar yo mismo al agua para sacarte de allí, te habías quedado encogido y a flote atenazado y tembloroso y rodeado de medusas. Muerdo una galleta pastosa que parece haber sido expuesta demasiado tiempo al aire libre. No lo recordaba, acierto a decir con la boca llena. Eso parece perturbarlo: que yo recuerde poco o nada, absolutamente nada de lo que él, en cambio, da la impresión de haber atesorado y moldeado con cuidado a lo largo de este tiempo. Bueno, no pasa nada, añade y se encoge de hombros y se queda inmóvil mientras yo sorbo una suerte de mezcla poco afortunada de leche y cacao. Mi amigo da forma con sus dientes de roedor a una galleta de dinosaurio. ¡Ah!, dice de pronto el padre de mi amigo, tengo algo para ti, Víctor. Se incorpora y desaparece en el interior de la casa. 
Desde mi posición veo que de las paredes del salón cuelgan trofeos de caza menor: la cara impávida de un jabalí, algo que parece una liebre y, al fondo, dos colmillos. Animales, naturalmente, no alimentados con el grano, sino  con la posibilidad de recuperar su existencia. Disecados, mullidos y con ojos vagamente relucientes. Ahora que estamos solos aprovecho para mirar a mi amigo, al que descubro escrutándome con una expresión taciturna. Cuánto tiempo ha pasado, ¿no?, le digo, pero no parece dispuesto a prodigarse en palabras. Calla y come, eso hace sin más motivo que el del pretexto. Consulto el reloj y cuando levanto la vista el padre de mi amigo ya está aquí de nuevo. Trae consigo un libro. He escrito una novela, anuncia orgulloso y se sienta junto a mí. Y te voy a regalar un ejemplar, por supuesto, ¿Qué te parece? Asiento con la cabeza y me sonrojo, alargo el brazo para cogerlo pero él me detiene: espera, que te lo dedico antes. Aparta algunas cajas de galletas que pueblan la mesa, saca de su bolsillo un bolígrafo que seguramente tenía preparado de antemano y medita unos instantes antes de aplicarse en la escritura de unas palabras en los folios inaugurales. Mi amigo me mira ahora con suspicacia. Sabes, dice el padre de mi amigo de la manera más campestre, no te hubiese dicho nada si no fuese porque eres uno de los personajes de este libro. ¿Cómo?, acierto a preguntar. ¡Ja ja ja!, ríe mientras garabatea una extensa dedicatoria. Desconcertado, inclino la cabeza ligeramente para tratar de ver la solapa. A lo lejos, en los bordes de la ciudad, crecen campos alfombrados de flores silvestres, hectáreas de hierba y de geranios y de albahaca y de arnica que se extiende por los bordes de la ladera miocénica de Montjuic, donde en ocasiones es posible encontrar algunos pseudomorfos como la pirita, el oro de los tontos. Pieles misteriosas, es el título del libro. 




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