19 marzo 2009

Último camión a Gabriola

[Fragmento HA 4,5]

Al final encontré el camino. Llegué a una autopista y enfilé hacia Barcelona. Los conductores de camiones conducían con los pies o leían revistas pornográficas mientras los adelantaba en medio de la noche; me saludaban o levantaban su gorra. La autopista nacional II  tenía esa clase de vida nocturna y a veces había gatos negros apoyados junto a las salidas esperando traer infortunio para alguien o para todos. Entre las luminarias distinguí a lo lejos un letrero de neón en el que se leía: HEL. Me iba a ir bien una copa, y más si esa copa procedía del infierno mismo, así que tomé esa salida. Al aparcar vi que en realidad ponía HOTEL, pero la O y la T  del neón se habían fundido y unos pájaros dormitaban sobre los cables de alta tensión y en la llanura el cielo y su reflejo; aspas de molino de viento desfilando en un allegro ma non troppo
Entré en el bar de HEL, puertas batientes, caras cerúleas que se giraban para observar al recién llegado y el camarero afilando los cuchillos. Él, probablemente, sabría venderme ciertas informaciones o incluso decirme cómo llegar a Portbou. Pero se resistía a hablar, sólo aceptaba peticiones de bebidas alcohólicas; ante la palabra café sus labios se crispaban, se podían verrestos de carmín en el fondo de su boca, entre los dientes; los dulces dogos del amor y su herida carmesí. Pues bueno, un coñac no iba a sentarme mal. 
Enfilaba mi segundo trago cuando se sentó junto a mí un camionero disfrazado de poeta. Llevaba un libro en el bolsillo que procedió a sacar y a leer descaradamente en mis narices para que yo le dijera algo, o pronunciara algo, o lo destruyera o lo llenara de escupitajos. Nos conocemos, me dijo el surcador de carreteras; su voz tenía más similitud con Maria Callas de la aceptable. Le ofrecí un cigarrillo pero rehusó alegando ascésis y afiliación al partido ecologista. Pues muy bien. 
Yo sé que usted es Ricardo Iglesias, decía y parpadeaba y en sus párpados había implantes de purpurina; vaya, que era maricón o eso creía yo. La relación es proporcional: cuanto más sórdido es el bar, más pesados y charlatanes hay. El camarero orientaba su oído hacia nosotros para matar el aburrimiento y de vez en cuando levantaba los cuchillos y juzgaba su brillo contra los fluorescentes. 
Sí, ese soy yo, dije, Ricardo Iglesias, y entonces el camionero me tendió el libro que llevaba que, como no, lo había escrito yo mismo (pero a saber qué había leído y entendido ese tipo, en cuyo camión probablemente colgaban pelotas de fútbol, escudos del Madrid y banderolas de la Virgen de la fuente). ¿Qué hace usted aquí?, preguntó después, inquieto. Viajo, le dije, ¿o acaso creía que los escritores sólo viven en su escritorio? Pero esto último no lo dije, porque en parte es verdad, conozco algunos casos de escritores enamorados que escribieron y escribieron y mientras tanto las chicas se les escapaban de las manos, y ni eso, porque ya no les quedaban manos de tanto escribir. Y cuando digo escapaban quiero decir que se metían en cualquier discoteca a menearse o a bailar salsa con latinos corpulentos y de verga poderosa. Es así, pocos escritores visitan sus dormitorios, y menos sus camas, y menos aún en compañía de alguien -a menos que sea la encargada de la limpieza. 
En ese estado seguí bebiendo y el camionero homosexual hacía exégesis de mi obra al estilo de la teletienda y en verdad me parecía atractivo; sólo su barriga parecía desproporcionada, pero sus mejillas tenían tendencia a parecer triángulos equiláteros y el sudor formaba estrellas en su cara. Desde luego no había entendido nada de mi libro, pero yo tampoco lo entendí cuando lo escribí, así que nada, pasamos a la bebida y al silencio. Aunque en realidad hablamos de algunas cosas entre coñac y coñac -él le daba duro y no parecía resentirse-. Me contaba la historia de su esposa, que residía en el mítico barrio de Bellvitge, y a la que secuestraban o desvalijaban con asiduidad, cada día, o cada dos días; y la historia de su hijo memo, que sólo sabía decir una frase: eres un bombón
Así que ese tipo no era homosexual. A lo mejor no era ni siquiera camionero -lo que es seguro es que era poeta-. Pero sí lo era. Porque mientras yo le hablaba de la importancia de los zapatos en los combates cuerpo a cuerpo de la legión romana, él, como abstraído, me interrumpió y me dijo que precisamente transportaba en su camión un cargamento de zapatos Nike, que si quería verlo me lo enseñaría y me regalaría un par. 
Esa invitación quedó en suspenso un rato, la progresión de la bebida no había culminado aún, necesitábamos un poco más para llegar a cualquier clase de intimidad. A pesar de ser camionero, sabía bastante de poesía, por lo menos había leído a César Vallejo, o eso decía mientras citaba versos de Baudelaire y Lorca. Pero claro, cuando se empieza a hablar de literatura, sólo se puede terminar hablando de desgracias, y tuve que asistir a la descripción recurrente de las heridas que había sufrido su mujer en los diversos atracos y desvalijamientos en Bellvitge, y él casi sollozaba cuando me contaba que su cuerpo desnudo, el de ella, era un surco al que ya le faltaba parte de un pecho, probablemente robado o sustraído por un joven adolescente pajillero. 
En un momento dado estuvimos lo suficientemente borrachos y deprimidos como para ir a ver los calzados de su camión. Salimos y llegamos a su trailer. Buen gusto, por cierto, nada de declaraciones de amor en grandes letras pegadas al limpiaparabrisas -Jenny y Mario 4ever-, ni dibujos de llamas u ojos de águila en las puertas laterales para chulear, ni vírgenes de la fuente, nada de eso. Abrió el contenedor y entramos. Los zapatos nos rodeaban. Muchos kilómetros les quedaban aún por delante, rasguños, matanzas de cucarachas. Me entregó un par de deportivas Nike, blancas y con suelas especiales para jugar a Básket. De modo que éramos amigos. 
Quizá tú puedas decirme cómo llegar a Portbou, le dije entonces. La penumbra había creado esa clase de intimidad, y si no hubiera conocido la historia de su fallida familia, ahora estaríamos tumbados y revolcándonos entre la suave morbidez de las cajas de zapatos, su olor a nuevo, ¡A nuevo! Pocas cosas huelen así mucho tiempo.
Voy hacia la frontera francesa, dijo, podemos ir juntos. Una proposición difícil de rechazar. Mi coche era alquilado, bien podía dejarlo en HEL, abandonarlo ahí, total, pa qué?
Me subí al camión y emprendimos la marcha, no sin antes hurtar un par de botellas del bar. Es posible que alguien nos estuviera siguiendo. Pero sólo era una impresión. Escuchábamos Hablar por hablar y reíamos, aunque nuestra historia seguramente fuera más triste y sórdida. Pero eso lo callábamos. Por cierto, él se llamaba Eduard, y me enseñó algunas cosas. Por ejemplo, que la vida es más vida si nos dedicamos a vivirla. Esa clase de cosas obvias que no quieren decir nada, pero que a veces es necesario recordar.



3 comentarios:

  1. Rojo carmesí, matanza de cucarachas? Extraños filtros en el asedio de los arrabales...

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  2. Cuidado en Portbou, cuidado con los gatos.

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