09 abril 2010

Maravillas de la mecánica

(Nueva versión aumentada. En primera persona)



The sun shone, having no alternative, on the nothing new.
Samuel Beckett

Au fond de l'Inconnu pour trouver du nouveau.
Charles Baudelaire

Me despedí de ellos en un túnel. Adiós. Me giré y me alejé. Un flautista trataba de ganarse algunas monedas. Todo, o casi todo, es en vano. Unos metros por delante de mí caminaba una chica. La había visto en el restaurante, horas antes. Y ahora estaba allí, también ella, en el metro. No dije nada, seguí caminando. Quizá nos reconoceríamos, mudos, y luego los trenes se encargarían de separarnos. Todo es en vano. Fin. Ella andaba arrastrando las zapatillas por el suelo. Qué desgracia le había ocurrido en las horas intermedias entre un encuentro y otro, porque en el restaurante parecía feliz, la acompañaba un chico, y ahora no, ahora estaba sola y se arrastraba. Qué ruptura, qué traición se enarbolaba ahora en los signos débiles de su corazón.
Decidí seguirla, no por querer saber de su desgracia, sino por el mero placer de seguir a alguien, de obviar las señales, los símbolos, sus destinos. Llegó el tren. Ella se subió en un vagón distinto, pero yo, desde el vagón contiguo, no le quité el ojo de encima. Desde un asiento un hombre serio me escrutaba. En sus ojos el ruido. Quizá quería matarme. No le di importancia. No la tenía. Me senté en un asiento y seguí mirando a la chica, que ahora estaba apoyada contra la puerta del otro vagón y estornudaba, débil, nocturnal; tierna como la noche.
Al detenerse el tren en la parada Penitents, la chica bajó. Yo también, automáticamente, bajé. Podría haber bajado en la para anterior: Vallcarca. Incluso me venía mejor. Pero decidí seguir a la chica, hasta sus últimas consecuencias, la nada, al fondo del ignoto para encontrar lo nuevo. O no. Bajamos del tren y nos encaminamos hacia las escaleras mecánicas. Suaves chirridos acuáticos. Ella iba delante. Más allá vi a tres jóvenes delincuentes que también se habían apeado del tren. Nadie más en el andén. Íbamos todos hacia las escaleras mecánicas, nos esperaban y yo caminaba y ella caminaba y los tres delincuentes también, pero deteniéndose y girándose a veces para escrutarla, para escrutarme a mí, para evaluar hasta qué punto podrían atracarnos, desvalijarnos, a mí o a ella, en ese andén, o a los dos juntos, en esa soledad de publicidades, raíles, sonidos de ratas.
La chica, comprendiendo el peligro, disminuyó su paso y yo me aproximé a ella. Los delincuentes, comprendiendo ese gesto de temor, también disminuyeron su paso. Pero las escaleras mecánicas ya estaban en sus pies y los tomaron hacia arriba, alejándolos. Para no parecer cobardes, miedosos, yo y ella también tomamos las escaleras mecánicas, aún ligeramente separados. Es en las distancias cortas donde se ensanchan, tensan, los abismos que separan un cuerpo del otro.
Las escaleras nos subían. Los delincuentes, unos metros más arriba, se giraban, cuchicheaban. Nos matarían y violarían, nos despojarían de todo. Con cuchillos, navajas, pistolas. Descendieron dos escalones y se acercaron a nosotros. Ella, atenazada por el miedo, descendió un escalón y se puso a mi altura. Yo también quise alejarme en ese subir mecánico, estaba cagado de miedo, pero también quise parecer un caballero: entre sudores fríos me mantuve en mi sitio y, en ese detenerme, permití que ella se pusiera a mi altura. Pero no me tocaba. Mientras tanto la escalera nos transportaba a todos hacia arriba, sin objetivo, pura pero implacable. Pero ellos descendieron otros dos escalones. Se acercaron demasiado. Nosotros también bajamos, entonces, dos escalones, ya juntos, actuando como una unidad.
Pero por mucho que bajáramos escalones acercándose unos y procurando separarnos los otros, la escalera terminó por expulsarnos en su ascender mecánico, inexorable, y desembocamos en la indefensión del vestíbulo, de sus baldosas inamovibles, frías.
Ya en el pasillo que conducía a la calle, ella se pegó definitivamente a mí, hombro con hombro. No estoy seguro de que llegara a mirarme y es menos seguro aún que me reconociera. Pero ya estábamos juntos y de esta manera fuimos, los delincuentes y nosotros, hacia la salida. Ellos frenaron entonces su paso, esperando que así los alcanzáramos y pudieran abordarnos. Pero nosotros también frenamos, comprendiéndonos, acelerando o frenando –en este caso sólo frenando- como si siempre hubiéramos sabido ir acompasados. Nuestra velocidad era, como mucho, no superior a un kilómetro por hora. Las paredes pasaban lentas. Las publicidades eran respetadas, por fin atendidas con devoción por nuestros ojos aterrorizados. No había escapatoria. Los delincuentes frenaban cada vez más. Nosotros también. Fue el sonido de las escaleras mecánicas lo que nos indicó que el tiempo no se estaba deteniendo también, de las escaleras que seguían girando, solas, a nuestras espaldas, y para nadie.
Y fue entonces cuando, de tanto frenar, nos quedamos todos quietos en medio del pasillo, separados por apenas cuatro metros. Quietos, inactivos, expectantes. Que no ocurra nada, pensaba yo y pensaba ella, juntos, pero sin hablarnos. Que ocurra algo, pensaban los delincuentes, por separado pero juntos pero sin hablarse. Que ocurra algo, por favor, una explosión, un movimiento, el desencadenarse de cualquier trama. ¿Se detuvo el tiempo? Las escaleras mecánicas tuvieron la respuesta. ¿Qué observaron las cámaras de vigilancia en ese momento, sus vigilantes semidormidos y ociosos? ¿A cinco personas quietas en un pasillo, estáticas, estatuarias?
Y como si hubiera saltado un resorte, quizá comprendiendo el absurdo de la situación, tanto los delincuentes como nosotros, volvimos a arrancar, a acelerar, lenta, automovilísticamente. Así de insoportable, difícil, es la inmovilidad de las piedras.
Acelerando pero manteniendo la distancia, salimos al aire libre. Al llegar a la superficie ella se separó bruscamente de mí y tomó un atajo y desapareció. No dijo adiós y, en cierto sentido, me sentí desamparado. Quedé solo, soplaba el viento; aún invierno. Fue entonces cuando uno de los tres delincuentes se giró y decidió abordarme. ¿Y dónde estaba ella ahora que la necesitaba? Se había ido. Como un parásito había obtenido todo lo obtenible de mí, mi protección, y ahora se había ido. El delincuente me encaró con un cigarrillo en la mano y me dijo: ¿Tienes fuego? Preludio típico de un atraco a mano armada.
Sí, contesté.
Cogí mi mechero y se lo entregué temblando. El delincuente encendió el cigarrillo, echó el humo de la primera calada y dijo: gracias. Y se giró y se unió a sus compañeros que lo esperaban estáticos y los tres se marcharon juntos, compactos, bajo la luz de las farolas. No fui atracado ni expoliado. Me quedé allí, viéndolos irse, con el mechero entre las manos.
De modo que no eran delincuentes, de modo que he equivocado todo el rato el sujeto, pensé aliviado pero confuso. Quizá, de hecho, la única delincuente de esta historia había sido ella, la que se había ido. Todo ha sido para nada. Ese acercarse y juntarse, ese tocarse, ese distanciarse, moverse, frenar, acelerar de nuevo. Todo para nada. Ella, lejos, ellos también, y yo enfilando otra calle. Y abajo, sin nada mejor que hacer, las escaleras mecánicas siguieron funcionando hasta el amanecer. Sin preguntarse por qué.
(¿Por qué?)


3 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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  2. Dile a tu primo Carlo que lo de sumar camisas le delata. Y encima llevaba la oscura debajo... ¡Estos jóvenes! Muy majo su debut.

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  3. Maravillas de la mecánica, de las escaleras mecánicas, de la mecánica cuántica, átomos, materia en un espacio, energía y múltiples posibilidades en el tiempo.
    Ya he visto que te da risa que le conteste a Caín con una cita de Roger Wolfe. Fue una obscenidad de las suyas, de muy mal gusto como las que suele hacer pero a mí no me hizo nada de gracia que se pase así con Odile.

    Un saludo.

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