29 enero 2011

Ojos para ver

Singer tenía la cabeza apoyada contra la pared. Así lo encontró Horacio Hormiga al llegar: sólido y duro, su boca petrificada en un gesto de desesperación contenida, como si de un momento a otro fuese a escupir contra el suelo; el pelo grasiento, sucio.
Horacio llevaba una mochila. Se había comprado un billete de autobús para visitar Granada. Viajaría toda la noche y pasaría por Madrid; estaba encantado de marcharse de la provincia. Ahora nevaba. Horacio y Singer estaban quietos, junto a la puerta; esperaban al resto de compañeros de clase. Iban a hacer una visita al Instituto de Neurociencias de la Región (INR). El edificio se levantaba detrás de una muralla. La estructura en voladizo, los ventanales verdes y algunos hombres en bata jugando con tubos de ensayo hacían pensar en una nave espacial de cualquier película de los setenta.
Star Trek.
Horacio le preguntó a Singer qué le pasaba. Singer se incorporó y dijo que no sólo estaba enfermo o enfermando, pues le dolía la garganta, sino que también estaba triste. Pero esa tristeza, dijo Singer, no tiene dirección esta vez. No colisiona contra nada, ni siquiera tiene velocidad. Esa tristeza está estática en el centro de algún punto de mi cerebro; duerme, eso es, pero aún así me duele.
Antes de que Horacio pudiera contestar una voz habló por el interfono. Vuestros compañeros os están esperando desde hace media hora, haced el favor de entrar. La puerta se abrió automáticamente y ellos caminaron un trecho hasta otra puerta, que también se abrió sola. Alguien había decidido plantar hierba sobre el techo del edificio. Visto desde el cielo parecía un parque público. Ahí dentro, en penumbra, rodeados por paredes de concreto con humedades, estaban sus compañeros de clase. También estaba Paula. Paula tenía las manos en los bolsillos. Paula estaba más guapa cuando no tenía las manos en los bolsillos, pero esta vez no sacó las manos de los bolsillos. Hizo un gesto con la cara a modo de saludo pero las manos siguieron allí, quietas, en los bolsillos, y apretadas.
El encargado de mostrarles el edificio era un hombre sonriente que caminaba dando saltos. Un científico de segunda –jersey de cuadros, zapatos anacrónicos-, uno de esos que se pasan la vida llorando por publicar en Science o Nature y que sólo consiguen sacar adelante sus artículos en Homeopatics. Tenía esa pinta pero estaba de buen humor. Se presentó como Daniel Turó y prometió enseñar una máquina que cortaba cerebros en lonchas.
El grupo lo siguió por un pasillo, luego subió una escalera y entró en un salón de actos. Allí los alumnos se sentaron de acuerdo con lo esperado, uniéndose por olores y afinidades y separándose por desconfianzas y putrefacciones. Paula se sentó lejos de Singer y Horacio; queda claro.
Aquí nos dedicamos, en esencia, a la investigación básica, dijo Daniel Turó apoyado contra la mesa del salón de actos. La ciencia básica es el primer paso para todo lo demás. Nosotros investigamos y otros se llevan la fama ja ja ja.
Ese fue el comienzo de su charla. Su risa neurótica tenía cierto interés. Aparecía de manera aleatoria, desligada de todo, evidenciando un sentido del humor fino e inalcanzable o bien evidenciando un sentido del humor por completo mutilado. Turó gesticulaba con nervio y entusiasmo; bolitas de saliva seca en la boca. Aquí investigamos con diferentes clases de animales. Ratas, peces, Hamsters... tenemos un animalario, pero no será posible visitarlo. También experimentamos con compuestos radioactivos y microscopios electrónicos ja ja ja, pero tampoco podremos visitar esos laboratorios por seguridad. Pero visitaremos el edificio entero, concluyó Turó, como si visitar el edificio entero también significara visitar cada una de sus partes.
Veremos muchas cosas... por ejemplo... Es muy interesante lo que hacemos con los peces. Estudiamos sus ojos... en concreto las células de sus retinas... porque... es curioso, pero los peces pueden regenerar sus retinas. Nosotros no. Así que cogemos algunos peces y destruimos sus retinas y luego observamos cómo se regeneran para intentar comprender cómo ocurre... para intentar comprender el proceso. Eso hacemos con los peces del animalario. Nosotros investigamos cómo se regeneran sus retinas y otros descubrirán cómo devolver la vista a los humanos. Esto es la investigación básica, chicos ja ja ja... investigamos en la sombra y de incógnito...sí...eso es... su monólogo perdió fuelle, su cuerpo se encogió en un gesto inconsciente, como si él mismo fuese una rata asustada. Se quedó encogido un instante, contra la mesa, en honor a la mutilación experimental de todas sus cobayas, en honor a los peces con las retinas pulverizadas, a la amputación de los cerebros de los ratones, las enfermedades inducidas: Cáncer, Parkinson y Alzheimer; los gritos, la infección descontrolada, los pequeños animales agitando sus patitas contra las jaulas.
Se quedó callado, con el rostro desencajado. Sólo fue un instante. Introdujo su mano en el bolsillo y luego se la llevó a la boca. Había tragado una suerte de pastilla. Algo que, de forma instantánea, le devolvió la locuacidad y la sonrisa. Volvió a arrancar, se irguió, estiró el brazo, senatorial: Venga, vamos a visitar el instituto, ¡Seguidme!
Singer se levantó rápido y trató de acercarse a Paula. Pero ella se separó y se adelantó al grupo, otros compañeros se interpusieron entre ellos, sus cuerpos, las chaquetas, las mochilas. Dale tiempo, le susurró Horacio a Singer. Caminaban en grupo por un pasillo. Entraron en una habitación llena de ordenadores de sobremesa. Turó dijo que aquella era el aula de informática del instituto. Intrascendente. Salieron de allí y entraron en una habitación con una mesa: sala de reuniones. Intrascendente. Descendieron por unas escaleras y regresaron al hall. Ahora visitaremos algún laboratorio, dijo Turó. Caminaron por pasillos iluminados con fluorescentes. Tras las ventanas caía la noche.
Entraron en dos departamentos que tenían microscopios ópticos. Pronto compraremos un microscopio de Fuerza Atómica, aseguró Turó, de momento mirad estos microscopios ópticos. Intrascendentes. La visita siguió por otras salas vacías, mesas, estanterías, cese total de la actividad y ausencia de científicos. Turó estaba entusiasmado, describía cada una de las salas como si cada una de las salas mereciera algún tipo de descripción. Estaban vacías. Se reía. Singer se acercaba y alejaba de Paula como un acordeón. A veces se cruzaba con ella, ella no lo miraba, bajaba la vista y posaba la mano sobre los muebles que tenía a su alcance. La visita se estiraba, era difícil saber dónde estaban, qué lugar era aquel; un centro de investigación sin investigadores, pasillos, escaleras y frascos. Ruido lejano de pájaros.
Entonces entraron en una sala que contenía una máquina en el centro. Termo Scientific. Esta es la máquina que corta cerebros en lonchas, como os dije antes. El espesor de cada loncha mide menos de una micra, son lonchas tan finas que prácticamente son invisibles… sí, invisibles, casi… y con ellas analizamos la estructura y el funcionamiento de las neuronas enfermas de nuestros animales… intentamos descubrir algo… un patrón de la enfermedad… lo intentamos… volvió a perder intensidad, a encogerse, apaleado contra la pared. Con un gesto rápido se introdujo algo en la boca y despertó, encendido de nuevo. Pero fue entonces, en ese momento de incertidumbre, cuando Singer, al mirar a su alrededor en busca de Paula, comprendió que algo marchaba mal. El grupo ya no era tan numeroso. Faltaban alumnos. Paula no estaba. Turó describía lo que hacían allí con las ratas: Les extirpamos partes del cerebro y observamos su comportamiento. Qué pasa cuando carecen de lóbulo temporal, esas cosas, ¿Me explico? Vemos cómo la enfermedad las ataca para comprender cómo funciona la propia enfermedad… eso ya lo he dicho… mutilamos y…
Faltan algunos compañeros, dijo Singer interrumpiendo a Turó.
¿Cómo que faltan?
Antes éramos más, falta gente. Se han perdido, dijo Singer.
No… no es posible, ¡Si este es un lugar muy pequeño! ¿Cómo que faltan?, dijo Turó algo nervioso.
Voy a buscarlos, ahora vengo, dijo Singer adelantándose hacia la puerta. Turó trató de cogerlo del brazo. No, no… deben de haberse ido… ven aquí, dijo, pero eso Singer apenas pudo escucharlo porque ya había salido de la habitación y caminaba por un pasillo. Escuchó pasos detrás de él, alguien lo seguía. Subió por una escalera y corrió por otro pasillo. El ruido quedó amortiguado. Ahora estaba de nuevo en el salón de convenciones. La calefacción crujía tratando de calentar la sala. El salón tenía otras puertas. Eran todas idénticas. No le interesaban sus compañeros extraviados. Le interesaba únicamente Paula. Abrió una de las puertas y se encontró un armario de la limpieza. Allí una señora estaba tendida en el suelo y hablaba por el teléfono móvil: Pero cariño… si yo te quiero mucho… no me… Cerró la puerta. Al abrir la siguiente encontró una escalera que descendía y, al fondo, otra puerta con un cartel: Paso restringido al personal autorizado. Al cruzarla, la atmósfera cambió. Unos conductos de ventilación mantenían el lugar a baja temperatura. Un pasillo se perdía a lo lejos. A lo largo del mismo había más puertas con rótulos. Laboratorio 1: Estudios genéticos sobre nuestro Generalísimo Francisco Franco, Doctor Fabio Pérez. Laboratorio 2: Reproducción de Medusas Japonesas en condiciones de ingravidez, Doctor Kenzaburo Oé. Laboratorio 3: Autoestimulantes, Doctor Daniel Turó.
Singer decidió entrar en este último. Dentro había una mujer desnuda sobre una tabla. Estaba sedada. Tenía la cara cubierta por un paño húmedo. Sobre las estanterías había frascos repletos de píldoras. Cocaína adulterada, THC en comprimidos. Singer se acercó a la mujer y descubrió su cara con delicadeza. Apareció el rostro de Paula.
El hecho de ver su cara, la impresión que eso le produjo, le hizo dar un salto hacia atrás. Entonces observó su cuerpo desnudo. El coño depilado y los pechos cayendo hacia los lados pero duros, tal y como los había soñado, caliente y revolcándose solo en su cama. Pero esa contemplación, esa intromisión momentánea del pensamiento erótico fue su error: en ese momento alguien lo cogió por detrás y le tapó la boca con un trapo empapado en éter. Algo en sus pupilas se deshizo, las estanterías se doblaron, la luz se extendió blanca desdibujándolo todo y apareció un túnel. Al final del túnel había un pez sobre una camilla, asfixiándose, saltando contra el duro metal con las retinas desintegradas. Detrás, una imagen extraña de un cuerpo con las manos en los bolsillos, borrosa y translúcida, como si ese cuerpo sólo fuese el envoltorio de algo que se puede comer y tirar.


1 comentario:

  1. Fantástico, vivaz y convulso como el pez de la camilla.

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