21 febrero 2012

Museo de historia natural



Et caeco carpitur igni.
Virgilio



Consiguió adivinar, sin reflexionar, algo. Elegías y temblores, cielos; albas extrañas, ciegas, oscuras. Cuestionó acrósticos, repeticiones. Prefirió intentar tantos últimos rodeos, ignorante, genuina, ni siquiera inteligente.
Jugaba con la fregona, chocaba contra las vitrinas y le crecía el bigote a su pesar, vieja, seria aún habiendo reído mucho, ¿pero cuándo? ¿Cómo? ¿En qué circunstancias?
Le daba miedo la sección de los animales disecados. Limpiar los cristales y ver al otro lado las fauces de un león, la boquita boba de los peces. Corría para terminar pronto con esa sala en medio de la noche cuando recién entraba a trabajar. Encendía todas las luces aunque se lo hubiesen prohibido, aunque le hubiesen dicho: no es necesario, puedes limpiar en la semioscuridad. Así su uniforme de hule que quizá en otra época fue un mantel, así sus pies gorditos en otro tiempo torneados, blanco de miradas, de abominaciones solitarias, más tarde quizá en una cama. Ahora sólo la fijaban ojos de cristal, de la peor manera, indiferentes, fríos como una lápida cubierta de musgo seco, amarillento.
Cuando se produjo el apagón fregaba cabizbaja entre los insectos. Se apagaron las luces con un estruendo que en su ruido ya era silencio; quedó a oscuras. Instintivamente se echó al suelo, la respiración entrecortada, el palo de la fregona cayendo a la par que ella.
Escuchó. No escuchó. De haberlo hecho nada hubiese ocurrido. Fue un chasquido, o quizá un amago de movimiento lo que la impulsó a coger el teléfono móvil y llamar desesperada a su marido.
- ¡Ay papito que miedo tengo! ... Ay... Aquí hay... hay... ¡fantasmas! ... No... Sí... ¿Qué ha sido eso? ¡Qué ha sido! Papi no me dejes ahora... Sí... Sabrosón... Sí... No me dejes ahora...
Mientras hablaba se arrastraba a cuatro patas hacia las escaleras. Alguien que la viera salir de la sala pensaría de pronto que los animales habían cobrado vida, que tenían hambre de movimiento y de carne, y mucho miedo.


Durante el eclipse todo lo que vive está quieto. Pensamos sí. Decimos no. En una pequeña mecedora apenas alumbrada por una vela el vigilante de seguridad lee sus revistas, de día y de noche, pensando en las novias bonitas que tuvo, en la lenta muerte de sus zapatitos de color, en lo que pudo haber sido y no fue, en tonterías.
Es el museo de historia natural, la sección de los animales disecados. Camino con mi querida del Ensanche. Cubierta de abalorios me habla de la moda inmóvil de los escaparates, de las polillas nocturnas que la mordieron siendo niña y de increíbles recuerdos de amores que no son el mío ni el suyo, el de los otros.
Avanzamos. Nos detenemos a veces. Me interesa el pelaje pulido de los zorros, las bocas abiertas, silenciosas, de los peces: comulgo con los dioses menores de la disección y detrás de este silencio, en la calle, los coches; pies que se posan en el suelo, arranques o frenazos, serenidad en estado de catástrofe.
Me coge de la mano:
- ¿Por qué me has llevado a este museo?
- Si lo supiese, te lo diría.
En realidad me gusta llevarla a sitios así. Fanfarronear delante de las vitrinas, mendigar un poco de su admiración. Aún en especies monógamas, una hembra puede estar unida al territorio de un macho más que a él personalmente. Buscar la unión intelectual. Nos detenemos frente al estante de las arañas. Hablo al vacío, monologo esperando que ella capte al menos el sentido de alguna frase.
Cuando una araña se encuentra amenazada y tiene que abandonar su refugio, suele buscar asilo en el refugio de otra araña de su misma especie. La araña que ve invadida su casa no se defiende. Abandona también ella su refugio y busca uno nuevo. Esto es lo raro: cada vez que una araña pierde su casita, todas las arañas pierden su casita, como un dominó de piezas que caen o se intercambian.
Parece aburrirse, Calla y me sigue cabizbaja. Por la muerte del orangután, a través del cuerpo mullido de una morsa polar damos vueltas y el vigilante nos observa medio dormido. Nos detenemos junto a un espécimen raro: el pájaro paraguas. 
Ella se desprende de mí y apoya las manos contra el cristal, de pronto entusiasmada: en su genoma están tatuadas las ostentaciones, las pastelerías, los maniquís de la tienda de bikinis.
- Me recuerda a ti.
Queda carmín en sus labios cuarteados. Podría haber escogido el león salvaje, el inteligente elefante, incluso la hiena, pero se ha fijado en el pájaro paraguas. 
- ¡Es idéntico a ti! ¡Todo un botarate! -sólo espero que el guardia no escuche esta ridiculización. El hombre tiene un ojo abierto y apenas esboza una sonrisa: nos ha escuchado.
- ¡Ja ja ja!
- Bueno, ya está bien, no es para tanto -me gustaría que cambiásemos de tema.
- ¡Cu-cu!
Me separo de ella ofendido, yo no me parezco en nada al pájaro paraguas. Busco en las vitrinas algo con lo que contraatacar. Podría decirle: te pareces a las vacas, labios de oso hormiguero, eres como un lenguado de la lonja. Pero incluso su risa de mamona me da gusto en este otoño fangoso de lentas disecciones; un insulto semejante no sería honesto con su cuerpo, y no puedo sino ser honesto. Nada de lo que es feo me recuerda a ella. No sé jugar. Sus deditos de sastre señalan mi pelo piramidal, se burla, pájaro paraguas, chaval; bien y mal. 
- Róbamelo.
- ¿Cómo has dicho?
- El guardia ese no se entera de nada, es un carcamal. Te pones el pájaro debajo de la chaqueta y nos piramos de aquí.
- ¿Eso quieres?
Las queridas del ensanche tienen antojos extraños. Habitan casas de largos pasillos oscuros, gozan de criadas viejas con candelabros, y encargan taxis por telefóno...


Cada día la silla. Diríase que sí, pero no, no surge de la repetición de la silla un amor por la silla, esto lo supo cuarenta años atrás, en su primera semana de trabajo cuando aún era joven y los carros festoneaban con sus caballos las cunetas y los campos de trigo se veían desde las ventanas del museo.
El curtido de la piel es la primera técnica que debe dominar el taxidermista. Un buen curtido asegura el engaño mineral de las piedras, una piel perdurable.
Ya desde joven, cuando quería imaginarse un amor puro o la vida futura, se quedaba quieto escuchando el crujir de los caños, se detenía durante horas frente a las vitrinas: para cada amor posible la contemplación de un animal distinto. Normalmente zorras o cucarachas. Tal vez al principio las mariposas. Pero ahora ya ni se levantaba de la silla. Se dejaba ser en ella guardando bajo el hombro la pistola reglamentaria y cerraba los ojos o leía revistas antiguas compradas al kilo en los Encantes, papeles amarillos dedicados a la caza, que ya no practicaba por falta de ganas, bosques y animales.
Poliuretano. Un buen molde recrea al animal sin sus órganos.
El chico entrelazaba los dedos y daba explicaciones, ella buscaba su reflejo en las vitrinas, se miraba las uñas. En los últimos cuarenta  años nunca había tenido que levantarse de la silla más que para las rondas de turno, para fumarse el cigarrillo. La pistola aún no había sido desenvainada. Sí, era uno del montón. El rostro arrebolado, presión arterial, la lengua violeta apoyada contra unos dientes postizos, pronta para salirse pero en verdad descartada ya, como amputada: no hablaba ni con los animales.
Cuando el chico cogió el Pájaro paraguas y se lo guardó bajo la chaqueta él tardó en reaccionar: las piedras, los minerales. Cuando se encaminaron muy juntos y amorosos y pasaron junto a él incluso les devolvió el tenue saludo que esbozaron. Se quedó quieto: el koala dormido. Le dieron la espalda y fueron hacia las escaleras: el pico carroñero de los buitres. Cuando quiso reaccionar no pudo levantarse, le salió un grito apagado:
- ¡Alto ahí! -lo dijo inclinando el cuerpo sobre el respaldo de la silla, las piernas aún cruzadas hoteleramente.
No se detuvieron.
- ¡Alto o disparo! -la mano dura sujetó la empuñadura de la pistola. El sol era un recorte fotográfico tras las ventanas. Los destellos de la plata, cierta quietud-. Os lo advierto, no os mováis, por Dios.
El goce de encañonar. Recuerdos infantiles: la escuela de tiro, el tejido cartilaginoso de las sepias en la boca. Hay algas en la sopa, espesuras; es lo tenebroso de no ser capaz, siquiera, de desdoblar las piernas, la femenina postura.
Clic.
El arma, su arma, la vieja compañera de un drama que nunca arrancó, la excéntrica, bello infierno de un solo ojo, hermafrodita agujero que penetra, también estaba descargada.





3 comentarios:

  1. Jules, Jim y Catherin se dirigen al portal de los seres primitivos. "¿Quiénes son?", los turistas japoneses preguntan indescriptiblemente. "Nadie los conoce de verdad. Son los amantes de las cavernas de Minecraft"

    "El infierno de los pixeles fluorescentes," él profetiza.

    "El mismo. El que aguarda más allá del puente," ella confirma.

    Más allá del puente. El castillo y el cuchillo.

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  2. Echaba de menos "esto". Muy bueno, de veras.

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