24 junio 2012

El puente sobre el río de orina


No sería capaz de aceptarlo. No bastarían todos los años de regalos y sumisiones para ablandar mi rechazo. Y aunque gozásemos de momentos de cercanía, éstos coincidirían siempre con el reposo que sobreviene después de cada pelea.
Lo supe cuando mi padre me la presentó en el interior de un coche. Nos llevábamos diez años. Recuerdo la incómoda tapicería. El reposacabezas había sido colocado para sostener la nuca de otra persona y ahora tenía que lidiar con mi cráneo de hijo apócrifo. 
Bajábamos por la calle Viladomat sin frenos hacia el puerto. A esa hora los vecinos paseaban a sus perros. Los regueros de orina se derramaban por los arcenes. Ella apretaba el acelerador a medida que mis contestaciones luchaban por disimular la hostilidad natural que me caracteriza. Me cago en mí, veintiséis años de conflicto, espasmo e idiocia tiranizada; no pude evitar la sequedad de la frase concisa, el monosílabo ofensivo. Recuerdo el movimiento de la lengua pulsando cada una de mis muelas mientras ella me hablaba. El baile táctil: cuando estoy nervioso una fuerza desconocida me obliga a limpiarme la boca.
Sonaba la radio. Ella me preguntaba por mis estudios. Los años baldíos en el Liceo Italiano. Yo evitaba contestar. Decía sí o no y a través del retrovisor que nos separaba contemplaba la cara desesperada de mi padre. Figura totémica. El gran submarinista. La piel cubierta por un sudor fetal que no correspondía tanto al calor que hacía –era invierno- como al deseo no reconocido de inventar un plan para regresar a la infancia donde todo fue mullido y fácil, indigno de ser masticado.
Siempre he creído que a mi padre no le hará falta la muerte: se desvanecerá en la impalpabilidad mucho antes.
Su conducción era precaria pero desapasionada. Adelantábamos a los coches entre bocinazos y derrapes; esos eran los únicos sonidos descifrables en nuestra representación de títeres dolidos.
Y por fin desistió. Dejó de hacerme preguntas repentinamente. Yo no tendría tanto interés por la psicología si alguna vez fuese capaz de imponer mi voluntad. Sentí vergüenza y resentimiento cuando se dio por vencida. Tras haber fracasado conmigo se dirigió a mi padre. Le habló a través del retrovisor. Trataron de decidir cuál sería el restaurante en el que cenaríamos esa noche. La expresión tergiversada de los dos fue lo que me impulsó a levantar el volumen de la radio con el pretexto de que estaba sonando una de mis piezas favoritas.
Eso es mentira. Mis piezas favoritas nunca suenan en la radio. Ellos a su vez alzaron el tono de la voz. Qué restaurante visitaríamos, qué precios, qué película sórdida terminaríamos por ver en los multicines del puerto deportivo. Seguí subiendo el volumen de la radio. Ni siquiera recuerdo qué canción sonaba. Sus voces forzadas bordeaban peligrosamente la pulsión obvia de la declaración sexual. Esa es la forma de crueldad que prefiero. La que se recubre de pretextos, la que parece en todo momento necesaria y justa.
Lo que había detrás de las ventanillas, el mundo, sucumbió tras el sonido de los altavoces. Ellos vociferaban y yo luchaba desesperadamente por destruir esa conexión. Daba igual que la conversación se cifrara en la dialéctica inútil de las cosas mundanas. Ni siquiera en ese ámbito toleraba que mi padre y ella estuviesen de acuerdo. En el intento de esconder la ternura de la que me avergüenzo y el afecto que me asusta he acabado por ser lo que soy, un paria desconfiado que se revuelca asustado por las noches. 
No busco en la agitación sin razón la razón para agitarme. Como una bala cuyo destino es el polvo de un disparo errado cruzábamos la calle ensordecidos. Busco en el témpano de hielo de los glaciares una hendidura que me cobije. Sé de la consistencia transitoria del frío y no me importa. Busco en el paisaje un solar vacío libre del trazo agrimensor donde al menos quede el resto calcinado de lo que fue una roca. Quiero encontrar el lugar donde se representó una tragedia familiar sin trascendencia, acontecida hace mucho, que diga algo de lo pusilánime de la mía. Busco un túmulo, la tímida forma de un altar, el panteón breve sobre el que arrodillarme y decir, si se me concede, el deseo irrefrenable que siento cada día de amar como lo hacen las piedras: con peso y quietud, dulce arrogancia sin mensaje.




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